El gesto más radical

Aportar luz, humor o cariño en mitad del bombardeo es un gesto radical.

 

El gesto más radical podría no ser quemar un contenedor o lanzar un proyectil. Ni prender hogueras junto a fachadas. Otros quizá los superen. O al menos así pienso yo. Me explico.

Hacía semanas, meses que habíamos buscado la fecha para un reencuentro. Tres amigos separados por temas laborales, por la vida. Pero no distanciados. Teníamos todo listo: el lugar, la fecha, el restaurante donde cenar. Lunes 14 de octubre. El tiempo no amenazó lluvia pero las noticias sí alertaron de conflicto en las calles. Por un momento dudamos pero decidimos quedar.

Sorteamos calles cortadas, manifestantes y banderas. Nos encontramos para cenar. Durante algo más de dos horas el mundo fue nuestro y  la ciudad fue otra. Disfrutamos del momento, de nosotros, de la conexión. Nos despedimos acordando comunicarnos haber llegado bien a casa. Tomé un taxi. Sorteamos calles cortadas y controles. Llegué bien. O mejor que bien.

Martes 15 de octubre. Un colectivo de pediatras me había pedido, junto a otrxs dos profesionales, que participara en una charla sobre infancia trans*. A las 19 horas, en el norte de la ciudad. No se anuló pese a las posibles dificultades logísticas. Todo el mundo fue. Hasta las 21h estuvimos ahí, hablando de cómo llevar a cabo una atención mejor, más humana y diversa. La vuelta volvió a tener su complejidad. Zonas cortadas, policía. Llegué a casa satisfecho. Todxs lo estábamos.

Miércoles 16 de octubre. Una marca de ropa organizaba una fiesta para celebrar su aniversario. En una probable zona caliente. Horas antes enviaron un comunicado a lxs invitadxs: el evento seguía en pie. Y fuimos, para evitar otro espacio vacío en la ciudad, para algo más que celebrar ese aniversario. La convocatoria superó cualquier expectativa. Todxs habíamos pensado lo mismo. Fue, probablemente, el mejor evento al que he ido en mucho tiempo. No sólo por la organización o el catering o los looks, sino por la actitud de la gente. Cualquiera diría que se trataba de la fiesta del fin del mundo. Pero no, era más bien la celebración de la vida frente a la oscuridad.

La vuelta a casa fue difícil. Hogueras inmensas en plazas, contenedores fundiéndose en mitad de la calle, coches en llamas, encapuchadxs adolescentes corriendo de aquí para allá. Policía, prensa y servicios de atención sanitaria. Un caos irreal. Parecía irreal. Pero no lo era.

Algunxs intentábamos encontrar una calle por la que alcanzar nuestro barrio, nuestro hogar. Hablé con la policía y me permitieron acceder al casco antiguo. Yo iba en bicicleta. Tuve que pasar junto a las llamas para ello. Lo hice. Incrédulo, disociado. Dejé la bicicleta donde pude. En mi plaza algunas personas continuaban llenando los bares; los badulaques permanecían abiertos e incluso algunxs niñxs jugaban en el parquecito. El helicóptero, sobrevolándonos continuamente, no conseguía desanimarnos.

Subí las escaleras. PITICLI ya estaba en casa. Nos abrazamos. Preparamos la cena. Apagamos las noticias. Avisé a la gente de que estaba bien. El helicóptero seguía, el olor a quemado continuaba. Cenamos en el sofá, sintiendo el contacto del otro.

Y ahí me di cuenta: el gesto más radical es vivir, amar, celebrar la amistad.

Sed muy Felices.

Pd: Mañana hay anunciada huelga general. Trabajo en un hospital. Como en otras ocasiones, incluso cuando hubo el atentado, intentaré llegar para prestar mis servicios. Como otra tanta gente. Y constataré que más allá del lícito derecho a huelga, las ciudades, las sociedades, evolucionan por la voluntad de ayudar de las personas.

Seguimos en contacto vía Instagram (@agustinkong

Para saber más sobre mis librosun click aquí.

🙂 Grupo de Hong Kong Blues en FACEBOOK.

 

 

Deja un comentario

Tu correo electrónico no será publicado.

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer