La partida

Dicen que las palabras no enseñan, sólo las experiencias lo hacen. Sin embargo mi abuelo nos enseñó con palabras y actos.

 

Mi abuelo era un genio en el dominó. Sabía perfectamente qué ficha debía poner o reservar.

Mi abuelo le ganó unas cuantas partidas a la vida y a la suerte, y el premio no fue otro que tiempo y experiencias. Sí, como decía alguno de sus amigos –supervivientes al igual que él a la guerra, a la posguerra y a tantas calamidades- mi abuelo consiguió un destacable logro: saltarse el turno de la muerte unas cuantas veces.

Porque mi abuelo amaba la vida, la naturaleza y el conocimiento, y aunque repetía que había nacido con el pie izquierdo, a cambio le tocó una mente maravillosa.

Mi abuelo era feliz y aprendía frente a un árbol, un río o un hormiguero. Porque sabía observar.

 

Mi abuelo era capaz de comprender el universo en un panal de abejas. Creía en la sabiduría de los animales, respetaba enormemente lo que el mundo vegetal nos aporta y desarrolló un sistema de injertos para fortalecer a los frutales débiles.

Como a los árboles también intentó fortalecer a sus nietos, no siempre con los métodos más habituales (desde que te picaran las abejas a saber conducir un tractor, enseñarte árabe o llevarte algún pescozón, dependiendo de lo que la situación requiriera).

Él no fue un hombre típico, fue un hombre luminoso.

Una mañana tuve el privilegio de poderme sentar junto a mi abuelo y algunos de sus amigos, escuchar sus historias, admirar sus vidas. Ellos deberían ser los verdaderos influencers.

 

Realizó inventos, recuperó recetas antiguas, aprendió a leer prácticamente solo, luchó por los derechos civiles y siempre siempre defendió que no hay una edad para hacer las cosas en la vida.

Se sacó el carné de conducir a los cincuenta años, se reencontró con su primer amor a los ochenta (y se fue a vivir con ella), defendió la causa LGBT a los noventa.

Mi abuelo me llevó al altar y hubiera acompañado a cualquier persona que hubiera sufrido discriminación por su condición sin dudarlo.

 

A quien le quisiera escuchar (que solía ser bastante gente) le daba la receta de su longevidad: dejar el rencor a un lado, alimentarse bien, amar (y hacer el amor) todo lo que se pueda.

Fue un conquistador hasta que fue persona y, como decía otro de sus amigos, uno es persona hasta que el cuerpo da sombra.

En sus últimas horas sus nietos estuvimos ahí, rodeándole, agradeciéndole todo lo que nos había enseñado y continuaba enseñando (tuvo tiempo hasta para un último discurso).

“Hay dos tipos de pareja: la que te aleja de tu familia y la que te acerca a ella. Me gusta Víctor, porque te acerca a la tuya”. Esto me dijo mi abuelo, que era capaz de eso, de invitarte a desayunar churros y de reivindicar el sexo en la tercera edad.

 

Marchó sin hacer ruido, habiéndole ganado un montón de partidas a la vida.

Y cuando él partió, sus nietos, bisnietos y algún tataranieto (es lo que tiene casi alcanzar la centena) decidimos rendirle un pequeño homenaje: fuimos a recordar anécdotas y a celebrar su existencia al bar donde mi abuelo jugaba al dominó.

Hay que vivir, decía mi abuelo. Ésa es la mayor victoria.

 

Hubo lágrimas pero también alegría, pues sabíamos que habíamos sido afortunados.

Fue ahí cuando constaté que el amigo de mi abuelo se había equivocado: la sombra de mi abuelo, como la de otra gente luminosa, no había desaparecido. Y tardará en desaparecer.

Gracias abuelo, gracias a toda la gente que nos enseña con su existencia.

A vivir.

 

Sed muy Felices. VIVID.

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