En busca de la cintura perdida

La expedicionaria Lolita Plus dice que ha encontrado mi cintura… en un viaje al pasado.

 

Si fuera un planeta sería Saturno, pues me adorna un cinturón de asteroides. Aunque en realidad me parezco más a un lápiz que tuviera en el centro una goma de los pollos, así, rompiendo la línea recta, aportando dinamismo. Muy Bauhaus.

Según mis cálculos, la última vez que vi mi cintura fue en 2017.

Vamos, que estoy en un momento de mi vida en que lo que más me favorece es la ropa y el photoshop.

Las trillizas Candemor Denau pensaban que entre dejar de comer y dejar de beber optaban por “la A”.

 

Esto el resultado de la lucha de dos fuerzas cosmogónicas enfrentadas: la de mi genética filiforme y la buena vida que me pego, que no como saludable ni en defensa propia. Vamos, un drama pre estival en toda regla (agravado porque todo el mundo a mi alrededor parece estar haciendo régimen y torneando su body).

Por eso he decidido seguir el ejemplo de la Musa Maestra -que ha recuperado su cintura perdida yendo a una clínica estética-  y me he lanzado al banderillazo de lorzas (o, como dicen los franceses, las asas del amor).

Amelia Nicaso pensaba que lo mejor de las dietas era terminarlas.

 

Por todxs es sabido que las penas y las grasas compartidas son menos, y a mí ver su entereza me motiva. Porque ella tiene mucho aguante (supongo que cualquier mujer, después de ser madre y/o de haberse hecho la láser o la cera lo tiene).

Cuando la doctora se pone en plan “ahora voy a subir la intensidad de la carboxi hasta tal punto que vas a arrepentirte hasta del último torrezno que probaste” ella aguanta. Y cuando la dietista le repasa el menú, ella supera con nota.

Carmen Edition realizaba una dieta súper eficaz: sólo podía comer alimentos que empezaran por “ñ”.

 

Yo, en cambio, intento mantener el tipo (o, mejor dicho, la compostura) pero entre lo que sudo por intentar aguantar el dolor y que por lo visto cambio de color cuando me duele, se me ve el plumero y me ponen en “modo principiante”.

Eso, junto a que mi mayor logro en la dieta ha sido reducir las veces en que ceno pizza con gin tonic (probadlo, veréis con qué cara de admiración os mira el camarero) hace que mi avance sea muy lento.

Amanda Perico Delospalotes mostrando el modelo de bañador que luciré este verano.

 

Dos cosas me consuelan: pensar que si no fuera aún estaría peor, y que he descubierto una nueva app que te estiliza en un plis – plas. Definitivamente esto de sufrir para lucir no va conmigo.

Ay, no sabéis cuánto me gustaría tener la perseverancia de la Musa, o la de mi vecino, estudiante de clarinete, que CADA TARDE A LA HORA DE LA SIESTA ensaya la misma pieza una y otra vez.

Tener un vecino que estudia un instrumento es igual o peor que tener una amiga a la que le quede tu conjunto mejor que a ti. O eso pensaba Piluca Powers.

 

Si no fuera porque lo odio me generaría ternura, y eso que dicen que la música amansa a las fieras. Hay tardes en que fantaseo con ponerlo en la camilla de la clínica, a lo Hellraiser, como premio por sus conciertos en el patio de luces.

O lo enviaría en un cohete a Saturno. Y hablando de dicho planeta, mejor acabo este post de relleno y me pongo a hacer la tabla de ejercicios que me pasaron.

A ver si en una de éstas encuentro mi cintura… o una buena excusa para volver a cenar pizza con gin tonic.

Lo bueno de ser un planeta es que la gravedad es relativa y puedes tomarte fotos en órbita.

 

¡Sed muy Felices!

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