Joyas mallorquinas

Aquí veis el nivel de integración con el entorno valldemossí o panteísmo cósmico que alcancé.

 

La lluvia es como la meditación, te permite contemplar la belleza interior. Gracias a ella esta Semana Santa hemos podido conocer lugares maravillosos de Mallorca que quizá, con otro clima, nos hubiéramos perdido al disfrutar de sus playas.

Lo curioso del tema (quizá porque en vacaciones uno tiene mejor humor y todo le parece bien) es que cuando no llovía hacía viento. Pero no una brisa suave, sino uno de ésos que te podrían transportar a Oz. ¿Y qué sucedía? Pues que ese viento arrastraba los aromas de los cítricos y todo olía de forma sensacional.

Volver a Valldemossa y comprobar que era tan bonita o más que en mi recuerdo.

 

Sí, una de las cosas que más me ha fascinado es el olor de la fascinante Serra de Tramuntana, plagada de limoneros, naranjos, tomillo, romero o lavanda. Soy una persona con un olfato muy fino (para mi suerte y desgracia) y estos días pasear por Deià o Fornalutx ha sido una experiencia orgásmica.

Y para que también os deleitéis, aquí os dejo mi ranking de hallazgos mallorquines.

El balcón de nuestra habitación era mejor que la televisión.

 

VALLDEMOSSA. Hacía veinte años de mi última estancia en Mallorca y quería establecer nuestro campamento base ahí, pues la recordaba preciosa. Tanto su arquitectura como su entorno parecen diseñados de tan bonitos. Y lo mejor: al igual que la Plaza San Marcos de Venecia, al llegar la tarde las hordas de turistas se van y la población adquiere un encanto tranquilo y sorprendente. Existen al menos dos Valldemossas: la turística y la local -o secreta-, y tuvimos la suerte de que nos dieran entrada en la segunda.

Ca’n Marió. En el comedor de la planta superior estaba todo el pueblo.

Coca de patata. Las más afamadas, las de Ca’n Molinas.

 

Gracias a eso pudimos cenar en Ca’n Marió (un comedor entrañable y kitsch ubicado en una primera planta) , Can Costa (en la carretera que une Valledemossa con Deià), o Es Taller (local sofisticado de aires milaneses). Lástima que no nos dio tiempo a probar el Quitapenes.

Es Taller. Cocina del mundo y ambiente sofisticado.

Can Costa. Aquí probé unos caracoles y un pollo riquísimos.

Nuestro desayuno en Ca’s Papà era tan tremendo que se nos juntaban todas las digestiones. Y nosotros encantados.

Sopas mallorquinas.

Viva el tombet.

 

Como llovía nos hemos dado tremendos festines, y hemos alucinado con la gastronomía local: las cocas de patata (unos brioches elaborados con patata), la sobrasada, el pa amb oli (pan don deliciosos embutidos), el queso mallorquín, los fritos (tanto del de cuaresma como el de marisco), los caracoles (con una salsa muy aromática) y, especialmente, con mis platos preferidos: el tombet (una especie de milhoja de verduras con tomate), el arròs brut (“arroz sucio” caldoso que lleva de TODO) y las sopas mallorquinas (con verduras y pan, pero sin caldo).

El sorprendente arròs brut. Gracias a la recomendación local nos fuimos hasta Petra, en el centro de la isla, para tomarlo junto a su pan con allioli.

Ambientazo en Es Celler de Petra. Todo el pueblo y media isla estaban allí. Digno de conocer.

Deià en una imagen de google (porque salía más bonito que en las mías).

 

DEIÀ. Otro pueblo de postal, residencia de artistas pero también con una vida real que podías encontrar en fondas elevadas. Las vistas desde su cementerio alimentan a lxs vivxs.

Servirdor en lo más alto de Deià, mostrando las vistas y la importancia de la flexibilidad.

El idílico entorno de Fornalutx.

 

FORNALUTX. La población es incontestablemente hermosa, pero quizá lo más destacable, aparte de su arquitectura, es la increíble cantidad de naranjos y limoneros rodeándola. La carreterita que une la población con Puerto de Sóller es una experiencia amalfitana.

Pollença, o “este calvario no es tan ídem”.

 

POLLENÇA. Como gran apasionado de Agatha Christie tenía muchas ganas de conocerla, pues la autora pasó una temporada allí y además le dedicó un relato. La subida a su calvario no es ninguna pena, y las vistas, al igual que la visita a la cercana península de Formentor, hipnotizan.

Alcúdia es como Kate Moss, cualquier ángulo le favorece.

En los baños árabes de Palma, mostrando que de cada cien fotos en una poso de frente y sin gafas.

 

ALCÚDIA. Para mí uno de los grandes descubrimientos. No imaginaba que fuera tan hermosa. Pasear por su recinto amurallado hace empalidecer los recuerdos de Ortigia, en Siracusa.

Cuando una esfinge de Palma te dice: ¿”ontas”? en vez de otro acertijo.

 

PALMA. La transformación y recuperación del centro de Palma es admirable. Sucesiones de palacios y comercios, mucha vida y el tardeo en Santa Catalina. Un flechazo.

Siurells.

 

Otros elementos que me han sorprendido han sido los “siurells”, figuras de barro con un silbato, tradicionalmente elaboradas por mujeres -y que tienen un aire prehispánico-, y les llengües mallorquines, sugerentes estampados de antaño.

Llengües mallorquines. Sí, esto es un estampado tradicional.

 

Han sido no pocos días, pero ya tenemos ganas de volver. No sólo para conocerla con sol y calor, también porque uno de los grandes tesoros de la isla han sido sus gentes, que nos han tratado fenomenal. Gracias por compartir con nosotros vuestros rincones preferidos.

Espero haber despertado en también en vosotrxs el deseo de conocer más sobre la isla.

¡Hasta pronto!

Formentor. Si queréis ver la versión “amor en Formentor”, tenéis que ir a mi instagram .

 

¡Seamos muy Felices!

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