¡El Apocalipsis! ¡Y yo con estos pelos!

     Con esto de vivir sin televisor por poco no me percato de que el mundo se está yendo al garete. Menos mal que al final de un modo u otro te enteras.

     Claro que yo ya empecé a intuir algo cuando en mitad de todo este desmadre de desempleo y pesimismo (una compañera dice que un título de ciencia ficción actual sería “El Optimista con trabajo”) un amigo arquitecto me comentó emocionado que por fin le habían ofrecido un proyecto de gran envergadura tras meses de “sequía”.

     ¿Estábamos frente a la reactivación de la economía? Bueno… no del todo. El encargo sí era la obra con el presupuesto más importante que había visto en mucho tiempo, pero resultó también ser el burdel más grande que había podido imaginar. Por otro lado, cuando quiso hablar en profundidad con los promotores para aclarar ciertos detalles que le olían a chamusquina descubrió que la mayoría no podía asistir a una reunión por estar en la cárcel. No asumió el proyecto pero le sirvió para descubrir que el negocio está en uno de sus momentos más dulces. El fin de las obras públicas está dando paso a la época dorada de las púbicas.

     Imagino que con tanto panorama desolador las iglesias y los locales de alterne recibirán más visitas que nunca (y hasta aquí puedo leer, no sea que me echen a los leones, como a mi admirado J.M. Miró, al que desde aquí envío un fuerte abrazo), y eso no se puede desaprovechar.

     Mira, ahora que lo pienso, le diré que se dedique a reformar iglesias. O plantas nucleares, que falta nos hace. Porque eso es un dramón que ni todas las tragedias clásicas juntas en plan Juegos Reunidos Geyper. Si algo ha supuesto todo esto es mi devoción incrementada por el pueblo japonés (I ♥ JAPAN).

     Llega a suceder en cualquier otro país, por ejemplo en el nuestro, y entre que decidimos qué hacer, encontramos sustitutos para todos los que están de baja, comentamos la situación a todos nuestros superiores (que deberán dar respuesta por escrito) y miramos cómo nos apañamos con el personal resultante del ERE… ya no nos hacen falta microondas nunca más. Bueno, eso que nos ahorraríamos a la hora de calentar las pizzas con que alimentarnos mientras vemos el fútbol o el Sálvame (lo verdaderamente importante).

     Por cierto, no sé si os habréis percatado, pero estoy intentando ver siempre el lado positivo de cualquier asunto, pues es un ejercicio buenísimo según la Musa Escritora y El Secreto. A mí me cuesta un poquillo, pero a la Musa le sale solo.

     Según ella este momento de crisis está sirviendo para que la gente se plantee seriamente qué está haciendo con su vida y qué querría verdaderamente hacer, lo que la estaría impulsando a llevar a cabo decisiones valientes respecto a sus sueños. Que si un amigo suyo ha dejado el trabajo para viajar, que si otra se ha metido en política… Yo tengo claro mi sueño, pero al paso que vamos para cuando publique mis novelas ya no habrá planeta Tierra ni lectores. ¿Deberé empezar a sondear editoriales en Marte?

     Por lo pronto, ando metido en un ejercicio para principiantes que trata de no dejarse llevar por la desesperación e intentar centrarse en cualquier cosa bonita en cualquier situación.

     Ejemplo: estás en el metro, va atascado de gente y encima se demora más de lo habitual entre paradas. ¿Qué hacer? ¿Mirar los titulares fantasmagóricos del periódico gratuito? ¡No! localizar cosas bellas. Resultado: sí, el metro va fatal, pero mira qué bien huele esta persona en comparación al aroma cetrino de esta otra. O: mira qué manos tan cuidadas luce esta persona en vez de los mejillones de su vecino. Y lo que fue más revelador para mí: ¡Oh! ¡Qué pelo más bonito lleva este chico en vez del mío!

     Porque ahí lo vi claro: si el Apocalipsis se venía encima, yo no quería que me pillara con semejantes pelos. Porque una cosa es lucir un corte natural, y otro es llevar un cogote a lo Bisbal, que en Twitter descanse.

     Así que lo mismo que la Musa S, que ante el fin del mundo, y cansada de tantos meses de dieta draconiana para lucir estupenda en el verano, decidió darse un atracón de bollería industrial y cava, yo también decidí actuar.

     Y no, no me fui a mi peluquería habitual, ésa en la que cuando me preguntan si quiero dejar algo en el perchero y digo: “sí, el cardigan, por favor”, no saben a qué me refiero. Ni a la que cuando les digo que deseo “un corte inspirado en Cary Grant, y en la publicidad de los 40-50” me sonríen intentando procesar la frase en busca de “coincidencias” en su base de datos. Ni en la que se da una escena de “cat-fight” entre dos peluqueras por ver quién me corta el pelo. No, esta vez, y aunque las adoro (y el precio es muy competitivo), decidí cambiar.

     Así que me fui a un salón de ultramodernos, en el que te recibe un chico con los ojos perfectamente maquillados, te atiende una mujer con una belleza turbadora (interna y externa) y te realizan el corte mientras tomas una bebida a la vez que hojeas libros de Andy Warhol o el Vanity Fair.

     Y oye, valió la pena. Eso sí, la tarifa era el doble. Pero no sólo entendían lo que les decía, sino que hasta hablamos de Hedi Slimane. Pero no penséis que ahí terminó la cosa. No. También decidí hacerme con un “pochette” masculino para aderezar mi nueva (y exitosa) imagen. ¿No sabéis de qué os hablo? Pues las dependientas de las tiendas de bolsos tampoco, al menos al principio.

     Escena:

–          Buenos días, buscaba un bolso pequeño de caballero

          ¿Como éste?

–          No, mire, uno de este tamaño, con un asa…

–          ¡Ah! ¡Una mariconera! Sí, sí tenemos.

     Pues eso, que me compré una mariconera, que promete ser lo más si el mundo no acaba (y resulta enormemente práctica). Y como por arte de magia no sólo mi exterior, sino también mi estado anímico cambió a mejor.

     Llamadme frívolo, pero en los tiempos que corren la frivolidad terminará considerándose tratamiento homeopático.

     Yo ya le digo a PITICLI que se apunte a la frivolidad, pero no hay manera. Y eso que estoy notando los efectos del Apocalipsis también en su persona. Y me tiene preocupado, porque en su caso, tanto colapso por el panorama adverso está produciendo, por ejemplo, que de repente se ponga a cantar “soy una rumbera” de Melody a las doce de la noche entre semana (palabrita del niño Jesús). Y eso sí que no.

     Nada, que hay que rodearse de personas y cosas bellas, que el escenario está muy feo. Y colaborar en la medida posible. Y viajar antes de que sea imposible. Y si no puedes viajar, disfrutar de donde estés.

     ¿Queréis una propuesta? Pues ahí va.

     Llegó a mis oídos que el Hotel Claris, ubicado en el antiguo Palacio Vedruna, en pleno centro de Barcelona, dispone de un estupendo restaurante en su terraza acristalada. Además de la carta, cuenta con un menú de mediodía entre semana, y por las noches también se puede ir a tomar una copa o cenar con música en vivo jueves, viernes y sábados. Pero lo más sorprendente viene ahora: el hotel cuenta con un museo privado en el que encontraréis una importante selección de piezas del Antiguo Egipto.

     Si coméis o cenáis en el restaurante podréis solicitar visitarlo. Está abierto hasta la una de la mañana. ¿Os imagináis poder recorrer tranquilamente el museo por la noche tras una buena cena?

     En fin, a soñar, a disfrutar… ¡y a ser muy felices!

  • Jajaja.. Sí, todo tiene su lado positivo. Jajaja… Yo también siempre intento buscarlo, y si no lo encuentro, pues me lo invento..jejeje… Lo de la mariconera es un must…. En fin.. En cuanto a la terraza del Claris, es una pasada. Comí en ella hace un par de meses (en un acto privado) y me encantó poder comer casi en manga corta en pleno mes de enero, con el solecito sobre mi cabeza!!! Un lujazo!! (Lo que desconocía era lo del Museo. Tendré que volver al Hotel Claris). Besos!!!!!!!

  • Cari, siempre genial, jajajajjajaja. Y dile a PITICLI que quiero una actuacion en vivo y en directo, jajajjajajajaj, me estoy imaginando la escena: “soy una rumberaaaaaaaa”. Total.Seguro. Besitos a los dos.

  • Pues sí que es un ejercicio de superación el conservar el positivismo con los tiempos que corren… también me niego a la televisión y los periódicos gratuitos catastrofistas, pero ¿dónde se puede meter uno? Sólo se me ocurre la clausura – y tampoco tengo tan claro que la iglesia inquisitorial de nuestros días sea la solución… pero veamos sólo lo bueno, aunque cueste sangre: el retorno de las mariconeras (accesorio de mi padre en modo veraneo año sí y año también); miremos hacia el Claris y su selección de arte egipcio; fijémonos en Melody, ¿ein? bueno, mejor esto justifiquémoslo como delirium tremens por exposición al tremebundismo contemporáneo… ánimos para Piticli y que se mejore de lo suyo… ;-P

  • Que el Apocalipsis le pille a uno bien peinado ya es otra cosa (dígaselo a Tita Thyssen, que no se ha enterado). Y más que en tratamiento homeopático, la frivolidad se va a convertir en un antibiótico de amplio espectro. Igual de curativo que sus artículos.

  • Me ha encantado tu post, sobre todo tu reflexión en tiempos de crisis. También me ha gustado tu nueva peluquería y tu recomendación hotelera, gracias, besos…

  • Maestra Gemma: ¡ya sabía yo que por algo eras la MAESTRA!

    Colega Forneas: pues dentro de poco prepararé una lista que te encantará.

    Musa Cata: miedo me da esa actuación, y más contigo, jaja.

    Genial UtR: ¡josú, has hecho un comentario que resume mejor que yo la esencia del post!

    Adoradísima Sra. Palo: jajaja. Usted no puede ser más GRANDE.

    Colega María: ¡es que eres un SOL!

  • Ayssssssssss, Agustin sabes que aunque catalana, soy canaria en alma (por lo de llegar siempre tarde), mira que deberia leer tus posts más amenudo, me ahorraria una pasta en Flores de Bach.
    Preocupada estaba yo por estar llevando demasiado lejos mi alter ego de cabaretera Velma Kelly o por el exceso de Gintonics pre-catre…pero ha sido leer lo de “soy una rumbera” y de pronto sentir que estoy fenomenal…Dioooos, cuida a PITICLI…¿que va a ser lo siguiente? ¿Perales en “¿y quien es el”?

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