El gran poder

Es día 3 de noviembre, sobre las seis de la tarde, y las calles de Sevilla empiezan a llenarse de gente, sobre todo el recorrido que va de la plaza de San Lorenzo a la sagrada Catedral. Se respira un ambiente solemne, los teléfonos no paran de sonar de llamadas de amigos para quedar en algún punto de ese recorrido.

Se nota el nerviosismo y se palpa la emoción, esas sensaciones que sin lugar a duda se sientes distintas en esta mágica ciudad. Aquí se entiende el silencio de una manera distinta, por eso aunque las calles están abarrotadas de gente solo se habla entre susurros, esperando… Todos nos hemos vestido para la ocasión con nuestras mejores ropas, un momento único que vamos a poder presenciar, sentir, como solo aquí sabemos hacerlo, con respeto y toda la devoción a flor de piel.

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Cuando te encuentras con un amigo es imposible reprimir ese abrazo en el que no solo transmites esa ilusión y esos nervios, una tarde noche como la de hoy en la que se renuevan nuestros votos de amor al prójimo te da esa alegría especial de compartir el momento que estás a punto de vivir con la gente que quieres. Poco a poco se va haciendo de noche y ya llegan los mensajes de que ya ha salido… Entre los murmullos escuchas un “¡ya viene!” y el pulso se te acelera.

Ves como una coreografía perfectamente ensayada cada uno de nosotros nos vamos colocando en nuestro lugar , en ese sitio en medio de la calle y esperas, aunque notas como el pulso se te acelera cada vez más,  esperas…

Y de pronto, el silencio se adueña de Sevilla entera.

El olor a incienso te llega, embriagando todos tus sentidos, llenando de esa fragancia cada rincón de tu corazón, y ya los latidos de tu corazón son el galopar de un caballo desbocado que recorre tu cuerpo llamando a la piel a ponerse de gallina cual orden militar.

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La noche se hace más noche cuando se apagan las farolas que alumbran sus calles.

Y entonces la oscuridad es rota por la luz de las velas, luz de fe, luz de amor, luz que nos marca el camino a seguir como un faro a los marineros en noche de tempestad, porque el señor de Sevilla, nuestro padre, el gran poder está ante nosotros.

En su andar pausado que solo rompe el silencio el racheo de sus costaleros. Su túnica morada bombea al viento en cadencia de quién carga con los pecados de todos nosotros. Sus manos se agarran al madero dándonos esa lección de humildad. Y su cara, qué decir de su cara…

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Como ya se ha dicho…

“Solo le falta hablar”.

Su cara refleja dolor, serenidad, amor.

Nuestros ojos se llenan de lágrimas, que ni quieres ni puedes controlar, porque aquí la vergüenza es no rendirte ante su soberano poder.

La vergüenza es no arrepentirte de tus pecados.

La vergüenza es no pedir perdón.

La vergüenza es no darle  gracias.

Aquí la vergüenza sería no sentir lo que él y sólo él nos transmite.

Verlo andar, en su andar.

Y cuando pasa, y lo ves alejarse, tu alma estalla, está llena de esto que solo él te hace sentir, está preparada para presentar batalla a la vida con las enseñanzas que solo él nos ha sabido transmitir, está a rebosar.

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Ves cómo se aleja, pero nadie se mueve. Lo sigues con la mirada hasta que se pierde en la siguiente revira. Todos los corazones siguen en vilo y sientes como la emoción flota en el aire con aromas a incienso. Se aleja, pero no se va. Él nunca se va, siempre está con nosotros y hoy nos ha vuelto a dar fuerzas.

Nadie se va, todos seguimos quietos, casi paralizados diría yo por su grandeza, por el amor que va derrochando paso a paso, sin prisa y siempre para delante.

Nadie se mueve, incluso al perderse de nuestra vista solo atinamos a mirarnos unos a otros con los ojos llenos de lágrimas, lágrimas de amor, lágrimas de ilusión. En el fondo nadie se mueve y nadie se moverá, porque si él quiere, el año que viene aquí estaremos todos otra vez para rendirle respeto, para que en su agarrar el madero sienta nuestro amor.

Nadie se mueve…

Este año hemos tenido suerte de verlo dos veces por las calles de su Sevilla, en Semana Santa y ahora por el jubileo del año de la misericordia, el sábado volverá a su casa, derramando esa esencia y dándonos la paciencia para esperar hasta poder verlo otra vez.

Aunque él está siempre en su casa y se alegra mucho de que vayamos a visitarlo.

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