Crónica de Sociedad (1ª Parte)

( Extracto y primera parte del artículo del mismo nombre que publiqué en Historia y Comunicación en la España Contemporánea – Facultad de Ciencias de la Información – Universidad Complutense de Madrid, 2010)

Yo diría que la crónica y la noticia se pueden considerar los géneros periodísticos más antiguos. Luego, ya hay que distinguir, por ejemplo, las crónicas de Indias y los cronistas reales de las diversas clases de crónica que se van configurando a lo largo del siglo XIX: cronistas viajeros, que ya existían, pero proliferan en esta época; cronistas taurinos, cuyo pionero es Santos López Pelegrín, Abenámar; cronistas parlamentarios etc. Y después viene el reportaje, un producto posterior.

En la crónica de sociedad (o crónica social) se comenta la actualidad. O sea: un baile flower-power en Ibiza; los asistentes a la última corrida de José Tomás o al Master Series de Madrid; los romances sonados; una boda del año, de cuento de hadas, de rumbo; o simplemente boda de famosos o de hijos de famosos, por no hablar de las bodas y bautizos reales.

La estructura puede ser narrativa, episódica, con planos paralelos, intercalados, de aluvión, estilo directo e indirecto. Los temas van desde los hechos históricos y la actualidad periodística hasta otros temas que están claramente sobrevalorados. Ahora bien, la crónica es siempre el cronista; es decir, un escritor, y no sólo en el terreno que nos ocupa (la crónica de sociedad) sino también en el resto de las crónicas periodísticas: política, parlamentaria, viajera, de costumbres, etc.

Su pequeña historia

El cronista de sociedad (llamado también “revistero de salones”) apareció durante el reinado de Isabel II (1830-1868). Hablamos de Ramón de Navarrete (1818-1897), más conocido como Asmodeo y relacionado con “La Época”, el elegante periódico conservador. Su público era selecto: aristócratas, mayormente; financieros, hombres de estado, banqueros y otros miembros de las clases privilegiadas, tal como recuerda Pequeñeces, la pequeña obra de ficción que el Padre Coloma publicó en 1890. “La crónica de sociedad es un culto a la aristocracia”, escribió Luis Araujo Costa en su “Biografía de la Época” , Madrid, Libros y Revistas, 1946. “La Época” era vendida mediante suscripción privada, raramente se podía adquirir de otra manera y era también más cara que los otros periódicos. Los suscriptores, aunque pequeños en número, se decía que leían el periódico de cabo a rabo, deteniéndose con suma satisfacción en las páginas de Sociedad, tomando nota del último detalle de los atavíos, peinados, etc.

Muerto Ramón de Navarrete, “La Época” se quedaba sin uno de sus más firmes pilares periodísticos. Al director, Alfredo Escobar y Ramírez, segundo marqués de Valdeiglesias, se le planteaba un grave problema: cubrir una vacante de revistero de salones. Se daba el caso de que resultaba más difícil encontrar un cronista de salones que un reportero y hasta que un articulista político. Los que mostraban aptitudes para el cargo estaban acaparados por otros diarios, llegó a comentar Escobar, quien tuvo que hacerse cargo de esta sección por un tiempo. Y parece ser que lo logró con gran éxito. Es más, según José Altabella (“Crónica de Sociedad” – Gaceta de la Prensa Española, Madrid, 1952) , “Escobar recreó el género, le dio un tinte especial y, además, revalorizó el adjetivo, tan traído y llevado en esta función tan acosada por las vanidades humanas” . Siempre se dijo que con las crónicas del marqués de Valdeiglesias podría redactarse documentalmente toda la historia de la sociedad española de la Restauración, la Regencia y el reinado de Alfonso XIII.

Los literatos

Tres grandes literatos del siglo XIX fueron cronistas de salones: Gustavo Adolfo Bécquer, Pedro Antonio de Alarcón y Juan de Valera.

Bécquer hizo crónica de salones en “El Contemporáneo”, desde las últimas semanas de 1860 hasta 1864. Parece ser que Bécquer era un suplente del elegante Juan de Valera. (José Altabella atribuye a su amistad con el ministro González Bravo, su generoso protector, su introducción en algunos de los más destacados salones de la época)

Pedro Antonio de Alarcón sustituyó en una ocasión a Asmodeo, en “La Época” y durante un tiempo se deslizó entre fiestas , flores y perfumes… Ahora bien, con gran dificultad. No le era tan fácil el empleo del oportuno adjetivo, el uso del eufemismo discreto, de la perífrasis ingeniosa, de la velada alusión. Parece ser que el autor de El Escándalo no tuvo ese tacto que consiste en no herir susceptibilidades, en no aventurar juicios, en no humillar la altivez del amor propio. Mientras actuó de cronista de sociedad cosechó disgustos, lances y desazones si cuento.

Juan de Valera publicó bellas crónicas de sociedad en “El Contemporáneo”. Como todos los trabajos de aquel órgano conservador, las revistas de salones eran anónimas.

Una hábil y minuciosa confrontación de fuentes, desde el análisis estilístico hasta la consulta de ciertos particulares realizados por Gamayo Fierros, lo que primero fue intuitiva suposición, corazonada de lector avisado y enterado, acabó siendo comprobación fehaciente, afirma José Altabella.

Monte Cristo: El gran revistero de salones

De los cronistas de salones, el más famoso fue sin duda Monte Cristo, que firmaba también Monte Amor, cuando escribía para “La Época”, ejerció su dictadura de 1890 a 1928, es decir, el reinado casi íntegro de Alfonso XIII. Su nombre era Eugenio Rodríguez y Ruiz de la Escalera.

Procedente de Santander, entró en el seno, en lo más íntimo, en el cogollo de la sociedad aristocrática española, de la mano del marqués de Sardoal, un Abrantes muy famoso en su época. Una noche, a la salida del Teatro Variedades de la calle Magdalena recibe un par de bofetadas de un caballero bien portado (frac y chistera), para él desconocido. Todo ha sido una confusión, el impulsivo agresor da sus explicaciones al inocente agredido y así comenzó Monte Cristo su carrera como cronista de salones. Monte Cristo falleció en 1933 y su amigo y discípulo redactó un bello artículo necrológico en el que dejaba entrever, o así lo creía él, la desaparición de todo un género: “¡El último cronista!… Los demás que tratamos de escribir de una sociedad que ya no existe, deberíamos romper nuestras plumas en señal de duelo”

Emilia Pardo Bazán, en el prólogo a Los salones de Madrid de “Monte Cristo” , Madrid, 1870, escribe la siguiente apología del cronista de sociedad:

<<En mi concepto, la crónica de salones, lejos de ser un género fácil está erizada de peligros y dificultades y requiere más brillantez de estilo, galas de dicción, erudición, tacto, sentido de las conveniencias y discernimiento de gentes, sobre todo. El cronista de salones es mucho más hábil por lo que calla que por lo que dice. Su retórica es el eufemismo, la omisión y el silencio. El cronista de salones necesita saberse al dedillo la historia, los antecedentes , hasta las manías de cada uno de los individuos e individuas que desfilan entre las once de la noche y las dos de la madrugada por las casas iluminadas y llenas de gente, sonriendo y estrechando manos; y esa historia y esos antecedentes, después de aprenderlos necesita hacer como si los olvidase, y recordarlos solamente cuando importa, para no cometer esas que en Francia se llaman “gaffes” y aquí con acepción del arroyo que va sancionando el uso, “planchas”. Los que leen una crónica de salones y ven en ella que todos los generales son “valientes”, todas las señoritas “juveniles beldades”, todos los refrescos “delicados”, todas las porcelanas de Sévres y todos los encajes del “viejo Malinas”, acaso no crean que el cronista no tiene ojos o no ha visto jamás mujeres jóvenes y hermosas, y encajes auténticos. Desengáñense: el cronista sabe bien donde le aprieta el zapato, aunque no sea más que por efecto del contínuo roce y la familiaridad con lo bello, lo suntuoso, lo raro y lo precioso. Leedle despacio, entre líneas, y no tardaréis en distinguir la alabanza sincera y entusiasta del forzoso ditirambo.>>

Según el ilustre polígrafo Luis Araujo Costa (Ibidem) las difíciles cualidades de que debía estar adornado un buen cronista de salones pasaban por: “El cronista de sociedad ha de agradar en la casa de quienes ostentan, con razón o sin ella, el centro de la moda y el vivir elegante. La crónica de sociedad exige un conocimiento seguro de la Historia (grande y pequeña); la heráldica; el arte de los estilos que se aprende en Bayard; la manera de disponer las mesas y manjares conforme a las normas de Brillat-Savarin: las artes cisorias aprendidas de Don Enrique de Villena, el Brujo, que no fue marqués ni condestable, ni siquiera conde de Cangas de Tineo; las elegancias en el vestir de las damas y los galanes; la historia de las costumbres; las prácticas y teorías venatorias; el protocolo de las Cortes y Embajadas; la psicología del momento presente; el fino tacto para proceder de uno u otro modo, según la persona, la familia, las circunstancias; sin olvidar los cuadros de los museos y colecciones particulares que han de venir a los puntos de su pluma en más de una ocasión” Para aprender el oficio, Araujo-Costa recomienda la lectura de las Etimologías de San Isidoro, el XIX y el XX, si bien los juegos se tratan en el XVIII. Forneas

./… Continuará

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