To smoke or not to smoke, that is the question

España anda revuelta por la reciente implantación de la Ley Antitabaco, el pasado 2 de enero, una ley que prohíbe fumar en  lugares publicos como bares o restaurantes,  con el consiguiente resultado de un 20 % de pérdidas en el sector. Parece ser que, en el ámbito de la cultura progresista que nos invade, es comprensible la prohibición y todo es una pura incongruencia. 

Pasaron los tiempos en que se consideraba al tabaco como “un delicado manjar que mitiga las penas y engrandece los placeres” (Ver mi post anterior “Saber comer, saber vivir”). Pasaron también los tiempos en que los beneficios del tabaco eran: calmar los nervios, perder peso y dar energía. En la actualidad, intentas encontrar en Internet una página que hable de los beneficios del tabaco y te las ves y te las deseas porque hoy EL TABACO MATA o, cuando menos, perjudica seriamente tu salud. Los beneficios son sólo para el Estado que grava cada cajetilla con el 80 % de impuestos y creeríamos en su deseo de proteger la salud de los ciudadanos si suspendiera por completo la venta del tabaco. Además, si es cierto que los cigarrillos actuales contienen la mitad de tabaco que hace cincuenta años, debido a las sustancias que les añaden para enganchar a los fumadores, el Estado debería prohibir taxativamente la venta de tabaco, ¿o no? 

Yo he sido fumadora y lo dejé voluntariamente hace años. Por eso, me considero autorizada para decir que sí, que el tabaco te calma los nervios; que sí , que te ayuda a no engordar y también te da energía. Esta experiencia la he vivido yo y también millones de españoles que fumaron un cigarrillo o varios antes de examinarse; que se apoyaron en el cigarro para poder soportar las largas y tediosas jornadas de trabajo burocrático o se calentaban el cuerpo y el alma con un cigarrillo en la mano; que fumaban en las discotecas para darse fuerza y romper su propia timidez ante los avances del sexo opuesto, fuera este femenino o masculino; y tantas y tantas razones que, si las enumero todas, el papel se quedaría corto. Conclusión: si el tabaco mata, que a veces mata, la vida también lo hace.

Un país sin humos (tabaco, coches, fábricas, etc.) sería algo así como una Arcadia feliz y yo no creo en las utopías. Forneas

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