Viaje a la Malvarrosa

Debo decir que el título no es precisamente el correcto. Yo no hice exactamente un viaje a la Playa de la Malvarrosa. Yo lo que hice fue inaugurar el AVE a Valencia y NO ME GUSTO. No me gustó porque te agita como si estuvieras dentro de una coctelera; porque <Preferente> va vacío y en <Turista> vamos como piojos en costura; y porque han cerrado la parte baja de los habitáculos del equipaje y, te pongas como te pongas, tienes que aupar el equipaje a la parte de arriba o, lo que es peor, subirlo a las baldas que coronan los dos lados del vagón. Eso sí: va muy rápido, me pareció, y esto es una impresión mía, me pareció más rápido que el de Sevilla.

He estado varias veces en Valencia, pero simplemente de paso. Por ejemplo, nunca había estado en la Malvarrosa y he quedado prendada de ella. Es de muy fácil acceso, desde la plaza del Ayuntamiento: si coges el autobús 19, te deja muy cerquita y si coges el 32, tardas más pero el viaje es más bonito y logras atisbar el ” misterio” de El Cabanyal, ese barrio que tanto dio que hablar hace unos meses. La Malvarrosa es  hoy una buena playa; sin embargo, cuando Vicente Blasco Ibañez inauguró su chalet en 1902, (hoy casa-museo) aquello debía de ser un lugar lejano al que habría que acceder en tartana. Hablando de Blasco Ibañez, este valenciano universal que falleció en Menton (Francia) en enero de 1928, fue un político republicano varias veces diputado a Cortes, pionero fundador de colonias en Argentina y sobre todo escritor de muchas novelas inolvidables de las que voy a destacar una: Sangre y Arena, la mejor novela taurina que yo he leído, que  fue llevada al cine en diversas ocasiones. Lamento no haber leído todavía El tranvía a la Malvarrosa de Manuel Vicent, un tranvía que todavía existe en versión moderna.

 El Museo de Bellas Artes es su más importante museo pictórico y tienen relevancia internacional su colección de tablas góticas de los siglos XIV y XV, si bien sus joyas más conocidas son el autorretrato de Velázquez y Una Virgen con el Niño y Donante del italiano Pinturicchio. La Casa-Museo de Benlliure acoge la colección de la familia y recrea el ambiente donde vivió una de las sagas de artistas del siglo XIX, pero en el Museo de Bellas Artes se ofrecen también diversas piezas de la obra de este artista. Y qué decir del IVAM , Instituto Valenciano de Arte Moderno que cierra los lunes y me obligó a volver otro día.Y Valencia no es sólo eso: es su Virgen y su Catedral, el Palau de la Musica, el Oceanográfic (que volví a recorrer porque me gustan mucho los animalitos), la Ciudad de las Artes y las Ciencias y,por supuesto, el Museo Taurino. Por cierto, El Corte Inglés tiene seis estalecimientos en Valencia y en el de la Avda. de Francia, te traen la milanesa de forma instantánea; o sea, un “milagro” de la ciencia culinaria, aunque también te puedes tomar una buena paella valenciana si la encargas con la debida antelación.

Pero Valencia tiene además recuerdos inolvidables como su mercado central, la casa-museo de Concha Piquer o lo que es mejor: las trufas de Martínez en la calle Ruzafa. Y lo mejor de lo mejor es el Palacio del marqués de dos Aguas, un edificio singular del barroco español, del que sales “renovada” ante tanta belleza.

Y hasta aquí las impresiones de un viaje corto, pero bien aprovechado. Forneas

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