“LA CASA HERIDA”, HORST KRÜGER

Las sensaciones que produce en el lector la espléndida obra La casa herida, de Horst Krüger (Magdeburgo, 1919-Fráncfort del Meno, 1999) abarcan un amplio arco que trasciende lo literario y se extiende a lo emocional. Cada página es un testimonio, una expiación y un ejercicio terapéutico de la existencia del autor y de su país, repleta de acontecimientos de una extrema dureza.

Como testigo de una época tan apasionante como devastadora —ascenso del nazismo, guerra, muerte de Hitler y juicios posteriores por crímenes de guerra— Krüger va recorriendo episodios clave, tanto de su vida como de Alemania. La casa herida es la historia de una generación malograda y resquebrajada, que creció oscilando entre la vergüenza y la confusión. Krüger contempla su país, reconstruido, y confiesa que “es como si apenas hubiera pasado nada, como si todo aquello no hubiera sido más que una espantosa alucinación, una pesadilla, un error de la historia”.

La casa herida es un texto necesario, de una intensidad y sinceridad conmovedoras, por parte de un hombre que necesitó escribir acerca de su familia y de su nación para intentar comprender, para sanar heridas o, al menos, paliar su aflicción. En sus propias palabras, “no me distancié, no me desmarqué, no me entregué a la indignación. Lo que me movía era la pregunta por mi propio pasado”.

Desde la infancia en su pueblo, Eichkamp, en compañía de sus padres, pasando por el trágico suicidio de su hermana, hasta llegar a los años de la guerra, el auge y caída del nazismo, y su testimonio como espectador de los juicios de Frankfurt. En todo momento, la forma de escribir de Krüger transmite una extraordinaria lucidez y contundencia a la hora de narrar los hechos.

Horst Krüger contempla su propia vida y a su país sin concesiones, admitiendo el dolor, las dudas y los errores cometidos por aquella buena Alemania que no era nazi, que admitía y respetaba a los judíos, pero que terminó por aceptar la visión de un líder demente. La casa herida —qué espléndido y acertado título— habla del propio hogar familiar del autor en su juventud, pero también del triunfo de la pasividad de una nación ante la violencia y acerca de las consecuencias que aun persisten en el pueblo alemán. De nuevo, en las duras pero serenas palabras de Krüger, “soy el hijo típico de aquellos alemanes mansos que nunca fueron nazis, pero sin quienes los nazis no podrían haber realizado su obra”.

Como colofón del libro, un epílogo en el que, diez años después de la primera publicación de La casa herida, el autor retoma y reflexiona sobre su texto, demostrando de nuevo su enorme calidad humana y literaria.

Una novela extraordinaria y un texto necesario. Muy recomendable.

Un abrazo para todos desde El Primer Marca páginas.

Me puedes encontrar también en Twitter @pedro_brotini y en Facebook Pedro Brotini Villa.

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