DESEMBALANDO ANTIGÜEDADES

       Como los Reyes Magos, sólo vienen una vez al año.  La Feria de Antigüedades que se celebra anualmente en un pueblo cercano a casa, es una ocasión de abrir el baul de los recuerdos, pero no el de Karina, sino el de nuestra memoria…si digo que encontré de todo, me quedo muy corto.

       Traen un sinfín de objetos curiosos, antiguos, viejos, qué más da el nombre que les demos…la cuestión es que tienen el encanto de las cosas pasadas, de los recuerdos de nuestros padres, de nuestros abuelos, de desconocidos sin cara pero con una historia por descubrir o por inventar.

      

underwood5.jpgCámaras de fotos Zeiss, con su fuelle y su trípode, que sólo fueron capaces de amar imágenes en blanco y negro

       Máquinas de escribir Underwood, tan negras como las novelas que con ellas quizás se escribieron.

       Libros de aventuras de pastas carcomidas pero que siguen pidiendo y mereciendo ser abiertos y acariciados de nuevo.

       Gramófonos y fonógrafos en los que, aguzando el oido, podemos aun escuchar, en un susurro, las canciones de La Voz de su Amo.

       Relojes de manecillas que han decidido no marcar más las horas, para evitar que quizás enloquezcamos.

      Viejos tarros de farmacia, con arcanas y magistrales fórmulas sanadoras.

      Teléfonos de baquelita de diales dorados, en las que una operadora nos anuncia que tenemos una llamada.

      Sables envainados, de quién sabe qué guerras de nuestros antepasados.

      Radios Emerson antiguas en las que Bobby Deglané seguro se hizo oir.

camara00zf6.jpg      Candiles que, aun apagados y quizás sin mecha, sólo saben y desean seguir alumbrando.

      Máquinas de coser Singer, que tal vez cosieron algún vestido de una cierta Mariquita Pérez.

      Tomavistas, postales antiguas, plumas de escribir, cajitas de metal, juguetes de trapo…

      No se si este año he sido lo suficientemente bueno, pero me pareció ver como cierta persona que me quiere bien se disponía a comprar una máquina de escribir Underwood. Si, de esas negras, de teclas, carro retornable…una fábrica de sueños.

        Ignoro quien fue su anterior o anteriores propietarios, ni tampoco se qué uso le dieron, si la utilizaron para escribir cartas, novelas o simplemente fue material de oficina.   Pero tengo claro que no la dejaré únicamente de objeto decorativo.  No se lo merece.  Prepararé una cinta de escribir todo lo nueva que pueda encontrar, me armaré con una resma de papel, una taza de café, y cargaré el carro con una hoja en blanco.  A partir de ahí, como dijeron en cierta película, “esa es otra historia”.

 

 

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