Y SOPLÓ, Y SOPLÓ…

La recomendación divina de “creced y multiplicaos” tiene una serie de efectos colaterales de los que nadie avisa, y luego, pasa lo que pasa…

 

Tengo la suerte de tener dos hijos que, aparte de quitarme tiempo para muchas cosas y de privarme de la oportunidad de realizar otras, también me regalan muy buenos momentos.  Algunos de ellos han tenido relación con los libros y con la lectura.

 

Uno de los regalos que ha recibido mi hijo pequeño en su segundo cumpleaños ha sido una obra clásica de la literatura de todos los tiempos: “Los tres cerditos”.  Es uno de esos cuentos con pestañas y solapas que se levantan, dejando ver secretos ocultos de la historia, y que hacen que la lectura les llegue a los niños como lo que es,  juego, entretenimiento y descubrimientos.

 

La ecuación de un niño que todavía no sabe leer más un cuento, necesita aun otra variable más para que funcione: un papá/mamá que lea el relato, lo escenifique, lo pinte…todo lo que sea preciso para que la magia de la historia se haga realidad.

 

Me dispongo a ello; nos sentamos, y me pongo a contarle la historia, con voces, sonidos, levantando y bajando solapas…le encanta, lo veo en sus ojos, en su actitud…él disfruta y yo también, claro.  Después de acabarlo, con el consabido, necesario y entrañable “…y colorín colorado…”, cometo el gran error:

 

         ¿Te ha gustado? -le pregunto-.

 

         Sí, más cuento, más ceddito.

 

Volvemos a la portada, buscamos la primera página y proclamo el título: “Los tres cerditos”.  Y allá vamos.  No lo cuento exactamente igual, claro, hago énfasis en lo que antes le ha gustado más, modifico lo que recuerdo que no le ha llamado la atención…y colorín, colorado.

 

 

         – Más cuento -me dice mi hijo-.

         – ¿Cuál quieres ahora?  -le pregunto-.

         – Cedditos. Y el lobo.

         – ¿Leemos mejor otro? -me aventuro-.

        Nooooo -me contesta- los cedditos.

 

Vale, al principio.  Empezamos de nuevo, érase una vez un papá que leía cuentos y un niño que los pedía.  Imposible negarse.

 

…pero tras la tercera vez, llegó la cuarta…

 

         ¿Jugamos a algo? -suplico-.

 

Se queda callado un instante, sopesando mi proposición, mirando la portada de colores, llena de dibujos.

 

         Cedditos -me dice otra vez-. Cedditos más.                       

 

 Bueno, luego me quejaré de que no leen, de que sólo quieren jugar con las consolas de videojuegos.  Esto es una inversión de futuro, me animo a mí mismo. 

 

                                    

 

Volvemos a la casita de paja, a la de madera, a la de ladrillo, al desfile de soplidos…

 

 Cuando termino otra vez el cuento, me dispongo a levantarme sigilosamente, pero de repente mi hijo empieza a hacer palmas entusiasmado, solicitando otro recital de soplidos, y casas que vuelan por los aires.  El lobo empieza a caerme bien incluso.

 

Intento una fuga desesperada.

 

         Cariño, espera un momento, voy a la cocina a beber agua -y me escabullo con rapidez-.

 

Cuando estoy en la cocina, oigo unos pasitos inconfundibles que se acercan.  Me doy la vuelta, y miro abajo, sabiendo a quién me voy a encontrar.   Ahí están los cinco: mi hijo, los tres cerditos y el lobo.  Mi pequeño, libro en mano, me mira.

 

Vale, no pasa nada, ya crecerá, echaré de menos este momento, seguro, intento motivarme…

 

         ¿Quieres que te lo lea otra vez, cariño? – me entrego-.

         Noooooo -me contesta-.

 

Sorprendido, le digo:

 

 -¿Quieres otro cuento, o prefieres jugar?

 – No, cedditos y lobo.  Ahora cuento yo a tú.

 

Y allá fuimos, camino de nuevo hacia el sofá, las tornas cambiadas, yo de oyente y el de contador de historias…y no atino a decir cuál de los dos iba más feliz.

 

Me imagino que en un futuro habrá más cuentos, luego cómics, libros…pero un clásico es un clásico.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¡Ah!, y colorín, colorado…

  • Conocí a un hombre que quería escribir. Quería plasmar en un papel lo que sentía, de su vida, de la vida de otros, de los libros que había leído, de los libros que le quedaban por leer, de películas clásicas, de hijos, de padres, de amigos, de traiciones…
    Conocí a un hombre que quería ver a sus hijos amando la lectura.
    Enhorabuena, Sr. Castelfranco.

  • Hace dias que no leia el periódico por las tristeza que me embarga y este artículo me ha traido unos recuerdos de mi niñez en la Calle Balmes 7º izquierda que jamás olvidaré mientra viva: cuentos para ir a dormir, besos, un poquito de agua papá…
    Te quiero papito

  • Buenas, compañero: me ha encantado la historia. te felicito por haber sabido transmitir la magia de la lectura en el pequeño.
    bien por el pequeño, que promete con su perseverancia.
    un fuerte abrazo y… no te desanimes, sabes que vais por más que buen camino!
    bienvenido!

  • Antes de nada te ruego disculpes mi tardanza en pasarme por aquí, en agradecerte tu visita y, además, en descubrir la maravilla de blog que tienes.
    Ahora, ya descubierto, te diré que me he lanzado a su lectura con hago con los libros, desde el principio pero sin poder evitar una cierta curiosidad que me lleva a, de vez en cuando, espiar furtivamente algún párrafo de las páginas venideras…
    Mi hija cumplió justo ayer un año y medio y Los tres cerditos es uno de los primeros cuentos que le contamos y el más socorrido cada vez que hay que convencerla de que nos permita usar el secador tras el baño: “ahora vamos a que nos sople como hace el lobo, ves, sopla como soplaba el lobo”… y es que, aunque parezca raro mi hija es del Lobo, ella se angustia y casi llora cuando los cerditos castigan y vencen al lobo lo mismo que llora y protesta cuando el cazador salva a Caperucita de sus garras, ella es de el Lobo y yo, la verdad, me alegro porque ¿quién no ha deseado alguna vez que el Coyote termine de una vez con el cansino Correcaminos?.
    Lo dicho, un placer el descubrirte.

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