Las minas del rey Salomón

De reino en reino, esto es Zimbabwe. Y cuando ya pensabas que nada podría ser más emocionante las minas del rey Salomón te demuestran que sí, que en Zimbabwe aún hay mucha fuerza escondida y misterios sin resolver.

Salimos de Antelope Park con la misma pena que lo hacíamos de los otros parques. Ya nos resulta habitual en este viaje con Ankawa Safari, en cada lugar nos quedaríamos un poquito más. Pero el misterioso encanto de la Ciudad Perdida del Oro nos aguarda 225 kilómetros rumbo sureste.

En esta parte de la ruta, el mopane está repleto de hojas de un verde intenso, luminoso, casi flúor, la explicación tan simple como que aquí no hay elefantes, ni jirafas. Es un camino precioso, donde la carretera sigue siendo una eterna recta. Grandes formaciones rocosas comienzan a aparecer a ambos lados del camino.

Me recuerda mucho a las gigantescas piedras de granito que hay en Ávila. Dani nos cuenta que es una zona granítica que se formó hace miles de millones de años. También tiene mucha piedra jabón, muy parecida al granito, pero menos pesada, es un tipo de piedra que en esta zona utilizan para esculpir, nos aclara.

Llegamos al Gran Zimbabwe, las ruinas arquitectónicas y arqueológicas más antiguas, grandes y misteriosas de África. Cuando en 1980 Rhodesia adquiere la independencia del Reino Unido, el país adquiere su nombre de esta mega construcción que tantos quebraderos de cabeza ha dado a los historiadores.

Nuestro camión aparca en pleno parque del Gran Zimbabwe y montamos las tiendas de campaña. Esta noche habrá auténtica acampada.

Pero antes vamos al recinto fortificado a dar el primer paseo y a ver otra de las puestas de sol africanas. Esta vez rodeados de misterio y de áloes excelsa. Pienso que no se que es más bello, si el propio atardecer os el tono anaranjado-rosado-grisáceo que adoptan las piedras del gran muro con el reflejo de los últimos rayos de sol.

Henri prepara unas chuletas de cerdo con arroz y verdura, de postre flan con Amarula. Dani nos lleva un rato a pasear por las estrellas. Cuando todos se acuestan, Francis y yo nos quedamos un rato conversando, el lugar es tan especial que nos quita el sueño. Y decido dormir con el cielo como techo y las estrellas de protección. Quiero dormir bajo la colina del Gran Zimbabwe, como quizá hiciera Carl Mauch y, tal y como dormirían los habitantes del mayor conjunto arqueológico de África, ahora Patrimonio de la Humanidad. Un gallo me despierta a las cinco de la mañana.

Zimbabwe significa “Casas de piedra”. No en vano, está compuesto por más de un millón de ladrillos apilados sin argamasa formando gigantes estructuras con formas redondeadas, laberínticos pasillos que llevan a salas circulares y grandes muros de 11 metros.

De esta macro construcción hay datos a partir del siglo X y hasta el XIV cuando sucedió la “Gran Caminata” o éxodo de sus habitantes. Fue habitado por los Shona, cuando era una zona próspera. Aquí llegaron a vivir casi 20.000 personas, hasta que el lago Kyle se secó, hacia el 1450, y el rey de los mutota emigró con su gente a un territorio más productivo.

Tras Carl Mauch y los primeros exploradores llegaron los cazadores de tesoros y saquearon todo. Encontraron piezas de 1500 a.C y monedas de países lejanos. Aquí empezaron las elucubraciones y la leyenda fue tomando forma. ¿Quiénes realmente construyeron aquello? Debía ser una civilización muy avanzada. Las últimas investigaciones apuntan a la etnia antecesora de los Shona.

La leyenda tejida por Mauch habla de que aquí estaban las minas del rey Salomón, y el palacio de la reina de Saba. Lo cierto es que nada se sabe hasta el siglo X. Pero el mito envuelve al pasear por los laberintos, y uno se imagina elefantes cargados de oro y a la bella reina Makeda eligiendo lo mejor para su admirado Salomón.

En mi artículo de Luxonomist cuento el origen de la leyenda, hoy nos quedamos con el aurea de la magia, que este lugar sin duda tiene. Algo debe haber de cierto en la leyenda porque el misterio es embriagador y casi puede tocarse.

El Gran Zimbabwe esta dividido en tres zonas, la colina, la zona central con las casas de los pobladores y el recinto amurallado. La colina parece que fue el primer asentamiento y donde se encontraron las aves de Zimbabwe, la sala recubierta de oro, una escultura de Tutmosis IV, y las monedas y piezas milenarias. Acabó siendo la zona espiritual donde aún hoy día una vez al año se reúnen sacerdotes y ancianos para invocar a los ancestros. Hay aquí una gran piedra tallada por la erosión con la silueta de un águila, a sus pies, el trono.

Es la sala que encontraron recubierta de oro. La colina ofrece vistas inolvidables, eso sí, para subir hay que tener paciencia y buena pierna, pero una vez arriba uno solo quiere gritar de felicidad. Desde lo alto veremos claramente las otras dos zonas y sin duda el recinto fortificado atrae todas las miradas.

Las jacarandas cuajadas de flor morada son el toque que convierte la magia en realidad.

El recinto fortificado era donde vivián el rey y su familia. Es una fortificación ovalada con pasillos entre grandes muros de piedra que llevan a salas y amplios espacios circulares, allí hacían la vida en común.

Es aquí donde esta sala de trono  y  la torre cilíndrica cuyo significado tampoco se ha resuelto.

El ejercicio arquitectónico es descomunal. Lo más impresionante es que no hay nadie.

El Museo guarda las ocho águilas de piedra jabón que primero robaron los enviados de Cecil Rhodes y luego fueron recuperados. Hay hasta grandes clavos de oro, vasijas persas, platos chinos y varias piezas de valor incalculable. Pero no hay luz y tenemos que leer los carteles explicativos con la linterna de nuestros móviles. No esta permitido tomar fotografías. Seguimos solos.

 

 

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