Antelope Park, el reino de los leones

Ya nos habían avisado que Hwange no está vallado y que los animales entran y salen a sus anchas del parque. Después de un día inolvidable en Hwange, de cenar y ¨tertuliar¨ al calor de la hoguera, y descansar al ritmo solar en Gwango Heritage Resort, nos levantamos rodeados de elefantes. Literal. La verdad, nunca hubiera imaginado que una vez en mi vida, abriría la puerta de mi habitación y me encontraría de frente con una gran familia de elefantes desayunando los arbustos de mopane a la entrada de nuestros cuartos. Impresiona, y mucho. Esto es Zimbabwe, dije en mis redes sociales, y aquí lo repito. Un país donde es posible hacerse amigo de los animales más salvajes.

Después de desayunar unos buenos huevos fritos con bacon preparados por Henri, el chef de Ankawa Safari, un yogur y fruta, levantamos el campamento, me chifla ayudar en esas labores. Jugué un poco con los monos verdes que suplicaban por restos del desayuno (se ganaron un plátano) y pusimos rumbo al siguiente destino. Otro lugar único, esta vez para entablar una relación muy especial con los leones.

Son las 7:30 de la mañana cuando emprendemos viaje, nos esperan 400 kilómetros de carretera. Los viajes en el camión, no importan lo largos que sean, se hacen amenos, entretenidos y dan para mucho. Silver, el conductor, domina el volante y el grupo se siente seguro. Es el momento para escuchar más historias de Dani y de otros miembros del grupo. Poco a poco todos nos vamos conociendo más. El paisaje es tan igual como variado, una carretera recta y sin fin, a sus lados mopanes, acacias, termiteros, pequeñas comunidades, de pronto vacas, cabras, niños y mayores. De nuevo nadie, al momento más gente. Algún control policial rutinario y muchos kilómetros por delante. La conversación a veces se detiene, alguien duerme, de pronto arranca otra tertulia, alguien pone música, leemos el horóscopo chino, otro se atreve con un chiste…

Ese camión tiene algo especial. Entonces mi amiga Begoña lo lee. En sus manos un libro, Paisajes Sublimes de Remo Bodei, y en sus páginas la clave: “Intentamos enumerar los secretos de lo sublime…” Tras la lectura lo comprendo, Zimbabwe es sublime, y Ankawa uno de sus secretos.

Aún no se ha puesto el sol cuando llegamos a Antelope Park. Justo a tiempo para jugar con los niños que se alojan en el camp y ver el atardecer. Es el cumpleaños de Irina y Henri le ha preparado una gran tarta a fuego de leña. La cena es un no parar de reír. Y en la hoguera, volvemos a admirar las estrellas que Dani tan bien conoce.

Pero estamos en Antelope Park y aquí, los leones están muy cerca. Eso significa que al caer el sol comienzan a rugir. El rugido de un león es inolvidable. Ese sería el concierto que Antelope Park tenía reservado para nosotros las dos noches que allí estuvimos. Tranquila sí, se duerme sin miedo. Más aún con Fat, el gato que decidió que lo adoptara durante esos días.

Por la mañana, Inzwi nos explica algunas reglas básicas. Vamos a pasear con los leones, no a pie, pero casi. Un todoterreno sin puertas ni ventanas nos lleva por el parque para ver como pasean, descansan, beben, bostezan y por supuesto, cazan.

Antelope Park es un parque privado fundado en 1992, se encuentra en zona Ndebele, al sureste del país. Es auditado anualmente y su misión no es otra que proteger a los leones y repoblar con las crías que van naciendo en libertad. Los leones también están siendo víctimas del furtivo, de la caza descontrolada, del cautiverio y del cambio climático.

Al haber cada vez menos, la endogamia es un problema. Nacen más débiles, por eso es tan importante el trabajo que hacen en Antelope Park. Al repoblar otros parques llevan sangre nueva y poco a poco la raza volverá a fortalecerse.

Durante el paseo de más de dos horas, Inzwi me va explicando como los primeros leones llegaron víctimas del cautiverio e incapaces de vivir por sí solos en la sabana.

Allí les cuidaron y consiguieron que pudieran reproducirse en libertad. Los hijos de aquellos primeros leones son los que ahora vuelven a repoblar con sus camadas los parques de Zimbabwe, son crías que jamás tendrán contacto con humanos.

Impresiona ver tan cerca al rey de la sabana. Vamos en un coche todoterreno de asientos corridos y sin ventanas. Podemos seguir cada paso de los leones mientras Inzwi nos va contando sus costumbres. Son las leonas las encargadas de cazar y, cada animal tiene ante ellos un comportamiento diferente.

La cebras por ejemplo, suelen darles la espalda (el trasero) y quedarse muy quietas, ya que los leones, como otros felinos, son incapaces de distinguir el blanco y el negro. Solo cuando el peligro es inminente corren en grupo con la confianza de agotar a la leona. Las impalas y otros antílopes, en cambio, les miran fijamente y también muy quietos hasta la estampida final. Los leones trazan su estrategia de acorralamiento y emboscada.

La velocidad es clave pero también las ganas de comer que tenga la manada. Vimos varios lances a cebras, impalas y ñus.

Las jirafas parecen tranquilas, observadoras  y siempre esbeltas. Es uno de los animales que menos duerme, apenas media hora al día y nunca seguido.

Su lengua mide 45 centímetros y es clave para lograr su alimento ya que, gracias a ella, envuelven las hojas de la acacia y las separan de sus espinosas ramas. Los romanos pensaron que eran una mezcla entre camellos y leopardos, de ahí que su nombre científico sea ¨camelopardilis¨. Su cuello tiene 7 vértebras cervicales, como todos los mamíferos a excepción del perezoso.

Después del paseo entre leones tuvo lugar otro de los grandes momentos del viaje; un safari a caballo donde pudimos acercarnos a las jirafas y admirar de cerca su bella estampa.

Casi tres horas a caballo por la sabana, entre jirafas pero también cebras, kudus, ñus, impalas y en este caso no leones, para nuestra tranquilidad. He montado mucho a caballo, siempre en el campo, y es difícil de explicar la sensación de libertad y a la vez de armonía y paz que uno siente.

Aquel paseo en Antelope Park fue de los momentos más intensos, que he experimentado a lomos de un caballo. El contacto con la naturaleza, su aroma, la brisa fresca que fue bien recibida, y la posibilidad de aproximarse a todos esos animales que siempre fascinan. Cabalgando entre mopanes y euphorbias virosas, esa especie de cactus gigante cuya savia tóxica usaban los bosquimanos para envenenar las puntas de sus lanzas y paralizar la presa, sentí como mi corazón también se paralizaba. Solo arrancó de nuevo regado por las lágrimas que brotaron del fondo de mi alma. No pude evitar el recuerdo a los seres queridos que desde algún lugar, también viajaban a lomos de mi caballo.

El grupo avanzaba pausado, admirando y disfrutando. Desconozco sus pensamientos, pero los míos hicieron un balance a mi propia vida, desde mi infancia cuando subí a un caballo por primera vez hasta la fecha, y no podía dejar de dar gracias por tanto. Conversar con un amigo que cabalga junto a ti, no tiene precio.

En Antelope Park pudimos ver también aquellos primeros leones que cautivos y maltratados, llegaron aquí un día para cambiar, al fin, sus vidas. Ahora son leones viejos y con la edad, han adquirido la belleza del tiempo.

Deben ser alimentados una vez a la semana, y tuvimos la suerte de estar en el momento oportuno. Aún a sabiendas de que una reja nos separa y protege, la adrenalina casi puede tocarse, pues se sale del cuerpo. Su rugido, colmillos y sobre todo la impresionante magnitud de su figura no dejaron indiferentes a nadie.

Sintiéndolos tan cerca, comprendí también su fragilidad ante un rifle. Dani contó la triste historia de Cecil, el león icono de Hwange, a quien engañaron con comida para que cruzara hasta una finca vecina y allí vendieron una presa fácil.

Dani e Inzwi seguirían contando historias, como haría yo en este momento, pero en algún punto hay que parar para seguir avanzando.

Otra noche mágica nos espera, otra hoguera con más historias que nunca olvidaremos. Otro desayuno al fuego de leña. Otro día con Ankawa Safari.

 

Tantenda (Gracias)

En el próximo post os llevaré hasta las minas del rey Salomón…

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