Toros de Guisando

Vetones llamaron los romanos a los pobladores que habitaron la Península Ibérica entre los ríos Duero y Tajo antes de su llegada. Y fueron los vetones quienes nos dejaron los Toros de Guisando. Manuel Gómez Moreno, ha identificado hasta 165 toros y jabalíes de la época en esta zona. Nos vamos hasta la Edad de Hierro, siglos III y II a. C.

Esta joya escultórica tallada en granito puede verse a una hora de Madrid, muy cerca de El Tiemblo y de San Martín de Valdeiglesias. De todos los toros vetones hallados hasta la fecha, solo estos cuatro y un quinto en Ávila, tienen adornos en sus cuartos traseros, lo que hace suponer que se utilizaban para algún tipo de rito. Nada de extrañar, pues se encuentran en el centro exacto de la Península ibérica, en plena Cañada Real, lugar de paso de la ganadería desde la Meseta Norte hasta la Sur. Los vetones eran guerreros, pero sobre todo ganaderos, así que bien podía ser este un lugar de rezo representado por toros, símbolo de nobleza y virilidad, monumentos esculpidos para rogar por la protección del ganado. Más mérito histórico tienen aún por ser los únicos que se han encontrado juntos. Miran hacia poniente y uno de ellos, tiene una inscripción romana.

Lo que hace suponer que el vandalismo ya existía en tiempos romanos. Si los toros no se hicieron por los romanos imitando el estilo vetón, entonces el vándalo fue Longino, quien a golpe de cincel escribió “LONGINUS PRISCO CALAET Q PATRI FC”, algo así como que a Longino le hubiera gustado esculpir ese toro en memoria de su padre. Razón por la que los historiadores les atribuyen su valor como monumento fúnebre. Puede ser que todos tengan parte de razón, y los vetones los construyeran para proteger el ganado y los romanos después aprovecharan los toros para hacer su propio monumento funerario. Lo cierto es que los toros siguen siendo un misterio al que un rayo casi destruye en el siglo XVI y los restauradores en 1920 lo solucionaron a grapazos.

De ellos escribió Cervantes, para describir tantos lugares que había recorrido el Caballero del Bosque, aquel que se preciaba de haber vencido al mismísimo Don Quijote. “Antiguas piedras de los valientes toros de Guisando”, escribió Don Miguel. Siglo y medio antes, el rey Enrique IV firmaba el Tratado de los Toros de Guisando, buscando la paz en Castilla y prometiendo reinado a su medio hermana Isabel a cambio de esposarse con el rey de Portugal. Esta concordia que duraría hasta que Isabel se casó con Fernando de Aragón y no con el rey de Portugal, parece ser que se firmó en este lugar, en lo que ahora son las ruinas de la llamada Venta Juradera (por el juramento real)

 

Ruinas de la Venta Juradera

Era la venta un lugar para el avituallamiento y descanso de los ganaderos que pasaban en trashumancia por la Cañada Real. En el siglo XVII, los frailes del Monasterio de San Jerónimo de Guisando la mandaron destruir para que no se alterara la paz del lugar, ni se ofendiera a Dios con los actos que allí pudieran cometerse.

Otra de las menciones en la literatura de los fabulosos Toros de Guisando, es en uno de los más bellos y emotivos poemas de Federico García Lorca. El que dedicó a su amigo el torero y escritor del 27, Ignacio Sánchez Mejías, empitonado y muerto en plena faena; La Sangre Derramada.

 

¡Que no quiero verla!

Dile a la luna que venga,
que no quiero ver la sangre
de Ignacio sobre la arena.

¡Que no quiero verla!
La vaca del viejo mundo
pasaba su triste lengua
sobre un hocico de sangres
derramadas en la arena,
y los toros de Guisando,
casi muerte y casi piedra,
mugieron como dos siglos
hartos de pisar la tierra.

 

Si vais a saludar a los Toros de Guisando, no dejéis de hacer la excursión hasta el Monasterio de San Jerónimo de Guisando. La entrada se compra en el mismo lugar, pero hay que reservar la cita antes y merece mucho la pena. No solo por las vistas del entorno, sino también por el recuerdo de la historia de España.

Fue uno de los primeros monasterios de peregrinación que se fundaron en España en el lugar donde llegaron unos ermitaños italianos que acabaron construyendo un pequeño monasterio. A lo largo de los años sufrió varios incendios. Tras el primero en tiempos de Felipe II, se amplió considerablemente, y se levantó un claustro gótico y una iglesia de la que solo quedan las ruinas. Fue su artífice el mismísimo Pedro de Tolosa, principal arquitecto de el Monasterio de El Escorial y oriundo del cercano San Martín de Valdeiglesias.

Ruinas iglesia

Durante la guerra de la Independencia con Francia, también sufrió mucho y tras la desamortización de Mendizábal, fue definitivamente abandonado por los frailes. Completamente en ruinas pasó a manos privadas que volvieron a rehabilitarlo para acondicionarlo como casa palacio de estilo romántico. Las columnas del claustro se utilizaron para decorar los jardines y todo apuntaba a un nuevo buen futuro. Pero otro incendio a finales del siglo XX lo dejó una vez más derruido.

La familia realiza obras puntuales de conservación de jardines y poco a poco ira recuperando su esplendoroso pasado. Dicen que aquí gustaba de retirarse a Felipe II y que planteó este lugar como posible ubicación de su monasterio.

En la excursión también puede visitarse la ermita de San Miguel de estilo neoclásico situada a media ladera del monte Guisando y una gran cueva. A nuestros pies quedarán los restos del monasterio y unas increíbles vistas al valle de la Iruela y el Tiemblo.

El centro de la Península Ibérica, con sus toros, reyes y conventos, bien podría ser una alegoría a otros tiempos.

 

  • Que entrañable visita virtual nos has hechos, de los Toros de Guisado y del Monasterio.
    El sábado 8 de agosto tengo reservadas las entradas al Monasterio.Ya te comentaré.

    Gracias por compartir tus conocimientos y vivencias.

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