La Habana, los sabores del contraste

En 1519 bajo la sombra de una ceiba se fundó definitivamente San Crsitóbal de La Habana, después de varios establecimientos efímeros. Aquella primera ceiba murió siglos después y se repuso para perpetuar el momento histórico. Desde entonces las ceibas junto al Templete, vuelven a ser sustituidas cada vez que mueren. La historia de la fundación de La Habana no quiere olvidarse y este año celebra su 500 aniversario.

Para proteger la ciudad de la piratería francesa y los múltiples ataques que sufría, los españoles construyeron fortalezas y murallas para convertir la Bahía, la ciudad de La Habana y su puerto en lo más protegido del Nuevo Mundo. El escudo de La Habana luce aún hoy en día, tres torres que representan aquellas tres primeras fortalezas, La Real Fuerza, el castillo de los ‘Tres Reyes del Morro’ y el castillo de ‘San Salvador de la Punta’. Una gran llave dorada hace alusión a lo que fue en un tiempo la ciudad, llave maestra para el nuevo mundo.

La ciudad fortificada fue en su día imponente e infranqueable.  La fortaleza y Castillo de los Tres Reyes del Morro protege con su mirada la ciudad como siempre hizo, antes a golpe de cañón, ahora con su hermosa silueta al otro lado de la Bahía. El cañón que a las nueve marcaba el cierre de la ciudad, aún continúa sonando, puntual y parado a la vez en el tiempo.

El Malecón fue protagonista de la historia de una gran ciudad que crecía. De las murallas protectoras a la construcción de este gran muro comunicador de barrios. El banco más largo del mundo se convirtió con el tiempo en un icónico punto de encuentro. Ocho kilómetros para observar la vida habanera, un gran sofá tapizado con historias y desde el cual se puede disfrutar del bello y melancólico atardecer de La Habana.

La Habana es pura contradicción, y entenderla puede llegar a costar si uno no entabla conversación con sus habitantes. Casas destruidas, portales ruinosos, niños jugando entre escombros y enjutas mujeres cargando la canasta se mezclan entre personajes sofisticados, edificios patrimonio de la Humanidad, turistas y grandes cruceros que atraviesan la Bahía. Miles de preguntas atacan la mente. La respuesta te la dan los habaneros, ‘en breve volveremos a ser una gran nación, Cuba Libre de verdad’.

Un reloj parado en el tiempo que, sin embargo, avanza por arte de magia. Como paradas en el tiempo quedaron las muchas esculturas que decoran La Habana, John Lenon, Chopin, Antonio Gades, Cervantes o su hidalgo caballero, entre otras.

El afán del cubano por el conocimiento no pasa inadvertido. En La Habana Vieja se van poco a poco rehabilitando los antiguos edificios, joyas de la Humanidad, que durante 60 años sufrieron el envite del comunismo. Ahora, estos edificios, paletas de color, acogen en sus bajos y soportales variopintas galerías de arte que enriquecen a propios y extraños.

Cualquier habanero puede ser el mejor de los guías, todos tienen universidad gratis siempre y cuando demuestren con buenas calificaciones que desean estudiar. Ese afán por aprender les lleva a mostrar una gran curiosidad por el turista. De ahí que sea tan fácil entablar conversación con cualquier cubano. Cómo no amar una ciudad donde todo es aprender. Aprender para no repetir el daño causado, aprender para ser más tolerante y generoso, aprender que se puede vivir con poco, pero sin perder la sonrisa, la esperanza ni las ganas de vivir.

La Habana Vieja es para descubrirla sin seguir las pautas turísticas, ni las recomendaciones de los más cautos. Algunas calles ya fueron restauradas, pero no la gran mayoría. Con la misma precaución que uno caminaría por cualquier calle de Europa, hay que adentrarse en el corazón de la Habana Vieja para sentirla realmente. 500 años de historia que no han pasado en balde. El mejor libro de economía.

Una ciudad que poco a poco fue creciendo en torno a sus plazas. Plazas que ahora ponen de manifiesto las antítesis que definen Cuba. La de Armas, epicentro militar, acoge muy cerca un gran mercadillo de libros antiguos: milicias versus cultura. La Plaza de San Francisco de Asís, aquella que comenzó siendo lugar de intercambio comercial y terminó expulsando a los mercaderes por molestar con su ruido la meditación del fiel. Espiritualidad versus frivolidad.

La Plaza Vieja que comenzó siendo la Plaza Nueva. Sus dos nombres ya lo dicen todo. Contradicciones habaneras que se explican con la historia. Fue a esta plaza donde el clero envió a los comerciantes de San Francisco. Una vez instalados prohibieron que allí se construyera ningún lugar de culto. Hoy es foco social, con multitud de restaurantes, bares, galerías de arte y exposiciones.

Nuevo o viejo, viejo o nuevo, qué más da, todo es uno en La Habana. Y por último La Plaza de la Catedral, la más moderna. Con sus bellísimos palacios de época parece esconder su Barroco del mundanal ruido. Tan discreta como imponente, una plaza sin vanidad.

Durante el siglo XIX La Habana continúa su auge económico gracias al azúcar y el ferrocarril, principalmente. El desarrollo obligó a ampliar la ciudad y los más pudientes comenzaron la construcción de palacetes en el barrio de El Vedado. Preciosos edificios y grandes mansiones se levantaron también en lo que ahora es Habana Centro.

Durante el siglo XX y con la invasión americana La Habana se convirtió en un gran casino, incluso se llegó a plantear la posibilidad de hacer de la ciudad lo que ahora es Las Vegas. Actores, políticos, y personajes del couché americano se daban cita en la que fue una ciudad loca y la mafia se adueñó de los mejores hoteles y locales de moda.

En los años cuarenta Hemingway descubre La Habana gracias a su segunda mujer. Cayó rendido a su encanto, al de La Habana y supongo que al de su mujer también, y allí estableció su residencia los siguientes veinte años.

La Habana de Hemingway es un recorrido por los bares más emblemáticos y una de las rutas favoritas de los turistas. Paseando por la calle Obispo conocí a Camilo. Me explicó que todo el mundo cree que La Taberna del Medio y El Floridita eran los bares preferidos de Hemingway, pero que también le encantaban los mojitos del Escabeche.

Cierto o no, siempre resulta interesante conversar con personas que aman su cultura y disfrutan enseñándola. Hemingway vivió veinte años en La Habana, primero en el Hotel Ambos Mundos y luego en su Finca El Vigía. Su amigo el pescador Gregorio Fuentes, apodado El Capitán, fue la inspiración para su libro El Viejo y El Mar. A él legó su barco “Pilar”, cuando tuvo que abandonar La Habana. Hemingway simpatizaba con Fidel y su concepto de revolución, por lo que recibió presiones de EEUU y tuvo que marcharse en 1960. Otras informaciones dicen que abandonó Cuba al saber que todo le sería expropiado. Unos meses después, aquejado de una profunda depresión, se pegó un tiro con su escopeta de caza. El Pilar quedó anclado para siempre junto a las tumbas de los perritos del nobel.

Su amigo Gregorio permaneció en Cojimar y el “Pilar” le sirvió para no tener que preocuparse de su canasta mensual, ya que tuvo desayuno, comida y cena todos los días de su vida, en agradecimiento por haber donado el barco a la casa museo El Vigía. En el restaurante La Terraza donde Hemingway y Gregorio compartían mojitos y tertulias, hay ahora un coctel que lleva su nombre, coctel Gregorio. El color azul es por el curaçao y un retrato le recuerda en la barra del bar.

De aquella época dorada quedan los Dodges, Pontiacs, Chevroletes, Cadillacs, restaurados con llamativos colores. El taxista que me llevó a recorrer la ciudad en un precioso Pontiac dorado, me contó que pertenecen todos a la Agencia del Taxi del estado, fueron expropiados en 1959 y ahora se utilizan como transporte público a precios superiores que los taxis convencionales. Cada taxista tiene un clásico asignado que al caer la noche aparcará en su casa.

En La Plaza de la Revolución, la que fuera favorita de Fidel para sus largos mítines políticos, es uno de los puntos de encuentro de coches clásicos. Otro ejemplo de los contrastes habaneros. En La plaza del Capitolio, al comienzo de la calle Obispo, también se concentran los clásicos a la espera de un turista ansioso por volver al glamour del pasado.

Los grandes edificios y palacetes de los más pudientes, comerciantes y políticos son ahora solares compartidos por varias familias. El paso de los años hace estragos si las cosas no se mantienen, pero en La Habana nadie duda que pronto todo cambiará.

Historias, leyendas, realidad, todo se mezcla en La Habana, como un buen cóctel caribeño. Ritmo, color, sabor, historia y un agítese bien fuerte. Un cóctel de sensaciones, un chorro de emociones, a veces encontradas, pero emociones, al fin y al cabo. La emoción es lo que perdura y hace que quieras volver.

Seguiría escribiendo, seguramente, continúe en un futuro, pero no me gustaría abusar de vuestra generosidad. De momento os dejo algunas imágenes más del contraste habanero que me hizo vibrar.

    

 

 

 

 

 

 

 

 

  • Gracias Carla, qué recuerdos! EStuve hace 20 años y muchas cosas eran ya como las describes, otras cambiaron un poco. Me has dado muchas ganas de volver!!

    • Gracias por tu comentario Guiomar, yo era la primera vez que iba a La Habana, y desde luego estoy deseando volver. Siempre quedan cosas por ver y otras que gustaría repetir.

  • Hola Carla,
    ¡Qué buenos recuerdos me trae La Habana! Estuve hace poco y reconozco que es una ciudad única en el mundo. Es una ciudad de contrastes que creo que no deja indiferente a nadie! Yo también estoy deseando volver! Una pregunta, ha mejorado ya algo el tema del internet en el país? O sigue solo habiendo en las plazoletas y en la recepción de los hoteles?
    Un saludo!

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