Orbaneja del Castillo

Hace ahora un año, un amigo burgalés, respondió a mi curiosidad por conocer su lugar favorito de la provincia de Burgos. “Sin duda alguna, Orbaneja del Castillo y alrededores”, respondió sin dudarlo. Lo marqué para una escapada en coche, sola y con ganas de aventura. Al comenzar en agosto mis vacaciones cántabras, pensé que era un buen momento para tomarme la excursión sin prisa.

Y así llegué a este pequeño pueblo medieval y de difícil acceso en coche, pero sin duda un lugar que todos debemos ver una vez en la vida.

Como belleza llama a belleza, motivada por otro amigo, probablemente uno de los mejores conocedores de su provincia, José Luis del Mesón del Cid en Burgos, puse primero rumbo al Mirador del Río Ebro.  A veces es mejor no saber bien a dónde vas, dejarte sorprender y volver a tener la emoción de un flechazo. Mi coche y yo circulábamos despacio por carreteras serpenteantes entre formaciones rocosas y muy caprichosas.

Sentía el placer de viajar sola y poder parar donde me viniera en gana sin que nadie me metiera prisa o me llamara la atención por perder la noción del tiempo haciendo fotografías. En lo alto de una gran peña y gracias a unos prismáticos, descubrí una ermita, aún sigo investigando para llegar algún día hasta ella.

El Mirador del Ebro se esconde entre las coronas de los dioses que quedaron petrificadas hace millones de años. Estamos en el Parque Natural Hoces del Alto Ebro y Rudrón. Abajo el Ebro recorriendo sus primeros kilómetros, lleno de vida y con ganas de cruzar España.

Los buitres leonados que habitan en las cumbres me llevaron directa a mi infancia cuando quedaba ensimismada con los programas de Félix Rodríguez de la Fuente. Eso sí, el mirador no es apto para quienes padezcan de vértigo. Estuve casi dos horas embebida en aquel descomunal paraje hasta que motivada por ver atardecer desde Orbaneja del Castillo, continué la marcha.

Orbaneja del Castillo es un pequeño pueblo divido por una gran cascada que brota de la Cueva del Agua, en pleno Cañón del río Ebro.

El agua recién salida como por arte de magia de la montaña, forma después de caer valiente por la impresionante cascada, pequeñas piscinas naturales donde los menos frioleros se bañan las cálidas tardes del verano.

Tiene bastante turismo durante el día, pero por la tarde-noche queda casi vacío. Lo perfecto es llegar al atardecer, ver la puesta de sol entre las almenas que forman las rocas calcáreas que lo coronan y por la mañana pasear por sus calles antes de que lleguen los visitantes. Cristianos, judíos y mozárabes convivieron aquí durante siglos y los Templarios atendían a los peregrinos.

El aurea medieval perdura y el sonido de la cascada facilita el ejercicio de transportarse a aquella época. Disfruté el atardecer, aún con cielo nublado, no daba crédito a tanta belleza natural, me había quedado atónita con las formaciones rocosas que dominan la Villa.

El único pequeño inconveniente fue que a pesar de haber escogido una casa rural que indicaba tener restaurante, lo tenían cerrado, como todos los del pueblo. Llevaba sin comer desde un temprano y escueto desayuno y mi paladar soñaba con cenar las ricas propuestas burgalesas. En uno de los pocos bares que encontré abiertos, me ofrecieron cecina, queso y pan. Perfecto para reponer fuerzas y hacer hambre para el próximo desayuno.

Aquella mañana paseé tranquila y prácticamente sola recorriendo a mi aire las empedradas calles de Orbaneja del Castillo.

Durante horas estuve observando y disfrutando con cada rincón. A pesar de recibir bastantes turistas, el pueblo conserva su esencia. No se ha plagado de tiendas de recuerdos, ni artesanía. Hay pocos lugares donde alojarse y mantiene el espíritu de lo auténtico. Entré en la Cueva del Agua y deseé bañarme en las piscinas naturales que forman la cascada.

Cuando los visitantes diurnos comenzaron a llegar puse rumbo a Ojo Guareña. Crucé campos de brezo en plena floración y carreteras comarcales que dejaban claro que el 8 era su número favorito.

Y sin saber muy bien donde iba llegué a Ojo Guareña. Se trata de uno de los más grandes complejos kársticos del mundo, con más de 110 kilómetros de galerías subterráneas. No está permitido fotografiar el interior, pero sobrecogen las ermitas de San Bernabé y San Tirso.

Un lugar sorprendente y especial, de los que dejan sin palabras.

Los buitres leonados volvieron para despedir mi presencia. Les prometí volver.

 

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