Naturaleza y misticismo en lo más profundo de Japón

Nos vamos hasta la isla más mística de Japón. Shikoku esconde una vegetación apabullante, de esas que a uno le dejan boquiabierto. Además, tiene el único camino de peregrinación circular del mundo. Como alojamientos no solo ofrece hoteles occidentales o casas de turismo rural, la isla tiene además, varios hoteles al más puro estilo nipón para vivir plenamente las tradiciones del país del sol naciente. Yo me alojé en el Dogo Onsen en Matsuyama y en el Onsen Sakaranosyon. “Onsen” son los balnearios japoneses, toda una experiencia nudista que os contaré otro día.

En la ciudad de Matsuyama podéis visitar el Castillo feudal al que se llega en teleférico. Es uno de los pocos que se conservan, aunque fue restaurado. Sus esquinas en abanico le otorgan unas siluetas muy curiosas, pero se construyeron así para dar mayor seguridad y firmeza a los muros. Entre las piedras que lo levantan hay bastantes espacios, para que el agua de las lluvias drene mejor. En su interior podremos sentir el espíritu Samurái, una filosofía que caló hondo en el sentir de los japoneses y aún hoy es parte esencial de su manera de vivir la vida. “Honrados y siempre dispuestos a sacrificar, incluso su vida, por otras personas”. El símbolo del agua decora los frisos del exterior, y su función era proteger al castillo de los incendios. Todo son detalles, por eso os recomiendo ir con un guía.  En 1933 algunas partes del castillo fueron bombardeadas, pero se restauró en 1968

En Kagawa se puede aprender a elaborar udon con Matchan,  una de las maestras de udon más famosas de Japón. Su escuela se llama Nakanoya, tiene 65 años y lleva toda su vida haciendo ¡solo udon! Enseña a amasar los ingredientes, harina de trigo, sal y agua, con mucha energía. Incluso nos puso a bailar sobre la masa (metida en una bolsa de plástico). Después de hacer la masa y cortarla, los aprendices pueden comer ahí los udon.

Muy cerca se encuentra el Teatro Kabuki Konpira más antiguo de Japón. Representan Kabuki una vez al año, y para ello vienen los actores más famosos del país. El resto del año es un museo sobre kabuki.

Al santuario sintoísta de Konpira se llega después de subir 785 escalones entre ofrendas y vegetación. Está dedicado a los marineros, que dejan sus peticiones y deseos de buena pesca. No está permitido hacer fotos a los altares, para los japoneses el respeto a sus dioses es primordial y contagioso.

Si buscáis absoluto retiro, la casa de cedro Chiiori tiene capacidad para 10 personas. Está en mitad de la montaña, en un lugar mágico. Fue restaurada por un americano para ayudar a preservar el entorno natural de la comarca. Funciona como fundación y las personas que trabajan son voluntarias.

También merece la pena ir hasta la cascada Biwa-no-Taki y el puente Bejuco. Los hacían con lianas para poder cortarlas en caso de que llegara el enemigo. Cruzarlo sin sentir un poquito de vértigo es complicado, pero el lugar es absolutamente absorbente y único.

Hemos entrado en el Japón más profundo. El Valle de Iya, una zona muy poco explorada y donde apenas llegan turistas. Fue aquí donde se escondieron los samuráis de Kioto tras perder una guerra contra los samuráis de la familia Minamoto en el siglo XII.

 

El valle de Oboke, también es espectacular. Para atravesarlo hay que cruzar varios puentes de colores. Resulta tan hermoso como original y desconcertante.

El agua de los ríos en esta zona es la más limpia y transparente de Japón, hay escuelas para alquilar kayaks y piraguas y disfrutar del valle, contemplando la magnitud de los desfiladeros.

Otra de las maravillas de Shikoku es el jardín japonés de Ritsurin en Tokushima. Roca, piedra, césped, musgo, helechos y agua. El fondo del paisaje lo ponen las montañas, como si fueran la prolongación del cuadro. Lo construyó un señor feudal amigo del “shogun” en el periodo Edo y no se abrió al público hasta 1875. Los jardines japoneses están pensados para poder meditar en ellos. Los novios acuden ahí para hacer sus retratos de boda, el marco no puede ser más bucólico. En otoño dominan el rojo y el verde, mientras que en primavera los cerezos en flor lo pintan todo de blanco. Se puede pasear, pero también alquilar una barquita tipo góndola y recorrerlo desde el agua.

Termino con la ruta de peregrinación de Shikoku. La única circular ya que recorre la silueta de la isla. Los peregrinos tienen que ir parando en cada templo, hay 88. La ruta recorre playas, bosques frondosos, montañas, pueblos, caminos… Después de rezar el “Hannya-Shingyo en cada templo, un monje budista sella el libro del peregrino, es todo un ritual. También hay que ir ataviado de una forma característica. De nuevo el respeto lo invade todo, naturaleza y paz, en una de las islas más místicas del mundo.

Shikoku, el color de la naturaleza invita a meditar

Durante el viaje encontré a bastantes personas de todas las nacionalidades viajando solas. ¿Os animaríais?

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