El día que crucé el Pongo más peligroso de la Amazonía peruana

 

Cuando un río se estrecha, por cañones, acantilados o montañas que conforman su geografía, se le llama Pongo. El más peligroso de Perú es el Pongo de Manseriche, bajo cuyas aguas del río Marañón se han ahogado cientos de aguarunas y huambisas, pero también conquistadores y buscadores del Dorado. Yo lo crucé dos veces, bajo una lluvia como nunca antes había visto llover.

El río Marañón, afluente del Amazonas en su vertiente atlántica, tiene un cauce de más de 400 metros, pero al llegar al Pongo, se estrecha hasta apenas 35 metros. Esto hace que las aguas se agolpen para pasar, provocando rápidos, fuerte oleaje y mareas que a veces ni lo peces pueden cruzar. Aguarunas y huambisas, dos de las cuatro tribus que forman los Xibar (jibaros) son expertos navegantes, ya que los ríos son su único medio para ir de una comunidad a otra.

Mauricio Chimpa lleva toda la vida al timón de su canoa y con él nos sentíamos plenamente seguros.

La primera vez que crucé el Pongo fue camino de Borja, llovía tanto que apenas pude hacer fotografías, al regresar llovía menos y filmé un video que podéis ver en mi cuenta de Instagram @Viajaconcarla.  Lo recuerdo emocionante, tantas veces escuché a mi padre hablar del Pongo, hasta su perro se llama así, reflejo de su pasión y dedicación al pueblo jibaro. Oía voces que me recomendaban que me agarrara bien. Estaba calada hasta la médula, pero no me daba cuenta.

Nuestro destino era Borja, una pequeña comunidad Aguajún, antigua base militar ecuatoriana, allí hay una de las pocas marcaciones del río, pintado en la piedra se marca la altura que puede llegar a alcanzar, lo más peligroso es cuando el río Santiago también crece y sus agua van a parar al Marañón. Si pasa de 19 malo, si llega a 21 nadie debería navegar, los niños se quedarán sin ir a la escuela, y nadie podrá recolectar las chacras hasta que baje de nuevo el caudal.

En la comunidad de Borja tiempo atrás mi padre había conocido a Consuelo y a sus nietos. Les llevaba un encargo hecho dos años antes, camisetas del Real Madrid. Desgraciadamente, pero tan frecuente en las comunidades jibaras, uno de los nietos había fallecido.

La historia de cuando crucé el Pongo de Maseriche, el más peligroso del Condorcanqui, es la historia de un gran día, de los muchos que pasé junto a las comunidades Aguajún y Huambisa.

Consuelo y su nieto Domingo no sabían que íbamos a llegar. No se trataba de dar una sorpresa, sencillamente las comunicaciones son bien distintas a las nuestras. Calados como una lechuga recién lavada, entramos en el único bar de la comunidad. Todos recordaban a mi padre y se fundieron en abrazos y alegrías. Un niño salió corriendo mientras gritaba, ¡el padre Abraham ha vuelto! (Mi padre lleva una larga barba blanca a juego con su melena) Debió ir directo a casa de Domingo porque a los pocos minutos apareció junto a su abuela.

Luego ella nos convidó a la suya, me enseño sus árboles de noni y le confesé que yo lo tomaba cada día. Para ella y sus nietos era la mejor medicina me dijo. Y me dejó cogerlos de su árbol.

Comimos en el bar, charlamos, nos puso al día de los problemas de la comunidad, el tifus que mata sin tregua, las aguas contaminadas por el mercurio que se utiliza para extraer el oro, la falta de agua potable o la electricidad que solo tienen unas pocas horas al día.

Minas de oro en el río Marañón

Tragedias que para ellos son tan normales que la naturalidad con la que las cuentan resulta escalofriante. Nos presentó a su nueva mascota, una tortuga bastante tímida, dimos un buen paseo por toda la comunidad, no dejaba de llover y el barro era como pintura sin secar.

Fuimos también a ver la última obra maestra de Carlos Botero, el maestro astillero que hace los barcos de tornillo, que así los llaman en el Bajo Marañón. Embarcaciones de más de 25 metros y preparadas para navegar en ríos amazónicos. Allí hablamos de árboles milagrosos, de los grandes peces del río, y por supuesto, de los peligros del Pongo.  (En @viajaconcarla de Instagram tenéis vídeos de toda la jornada)

Dos hijos de Consuelo se ahogaron en el Pongo, así que nos colmó con sus bendiciones antes de despedirse.

Volviendo a Santa María de Nieva, el Marañón se despidió sacando sus colores.

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