Hurtigruten. Día 2

 

Amanece nublado pero el paisaje es brutal. A las 07:14 horas hemos cruzado el Círculo Polar Ártico, la frontera de las tierras del sol de medianoche. Una línea que a pesar de ser invisible, te hace sentir especial. Ya pertenecemos a la familia de noruegos que desde hace siglos forman parte de la civilización más septentrional del mundo. La Isla de Hestmannen (Hestmona) nos queda al oeste.

Aún no he desayunado pero no quiero perder detalle. He cruzado el Círculo Polar y en este barco siempre sucede algo. El desayuno a bordo es variado, desde cocina típica noruega, con sus ensaladas de arenque, salmón en todas sus formas de cocción, embutidos noruegos, hasta el desayuno más continental. Y ese café calentito me está esperando.

El mar continúa plata y ante nosotros aparece el glaciar de Svartisen. Tras él, los picos de Snotind con más de 1.500 metros sobre el nivel del mar. Vamos rumbo a Bodo.

El Finnmarken avanza mientras no paramos de mirar de un lado a otro del barco. Las conversaciones giran en torno a la maravilla que estamos viendo. Hace frío, lógico, pero no quiero ponerme guantes para no perder sensibilidad en las manos. Hay que fotografiar cada instante. La extrema belleza de todo lo que hay alrededor hace que sea fácil superar la sensación de frío. Que incluso te olvides de ella.

En Bodo el barco estará unas horas atracado en puerto. Tiempo que aprovechamos para visitar en una lancha rápida las mareas de Saltstraumen. ¡Las más fuertes corrientes del mundo! Cada 4 horas una gran marea de más de 372 millones de metros cúbicos de agua lucha por pasar a través de un estrecho de apenas 150 metros. Y en ello pone todo su empeño y una velocidad de 30 kilómetros por hora.

Gigantes remolinos aparecen ante nuestros ojos, pero en la lancha nos sentimos a salvo y vamos a ver la costa de mica que hace millones de años formó curiosas formas y siluetas. Parece que estamos en otro mundo… Estamos en otro mundo.

Embarcamos rumbo a Tromso y las Islas Lofoten. Atrás dejaremos la isla de Landegode, su famoso faro  y a sus valientes pescadores de bacalao. Desde la borda se pueden ver las aldeas pesqueras. Acostumbrados a nuestro clima, se hace extraño pensar en la gélida vida de sus habitantes. Esa rutina tan diferente a la nuestra. Y por otro lado, esos paisajes tan lejanos y exóticos para nosotros, tan habituales para ellos.

La luz del día es breve, pero la luna llena nos guarda su mejor regalo. Ese recuerdo eterno. Finnmarken entra en el fiordo del Troll. Nadie da crédito. Sólo la luna sabe qué es cierto y nos regala su luz para que estemos tranquilos.

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Nos agolpamos en la proa del barco. Veo a gente llorar de la emoción.

Yo sonrío y doy gracias a Dios por permitirme ver este espectáculo. Las montañas se agolpan en la borda del barco. Las nubes hacen su trabajo de rebote iluminador. La nieve de los picos, tan cercanos, tan lejanos, tan reales, tan misteriosos, refleja la luz de la luna llena.

El día termina, la noche empieza. Brindamos en la cubierta 6 por lo que nos espera en el tercer día. Y en mi camarote vuelvo a dar gracias.

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