Se nos fue Paquita Rico

Hoy quiero decir la verdad, siempre la verdad, toda la verdad, como en el juramento legal, iba a escribir de los noventa años recién cumplidos de la actriz italiana Gina Lollobrigida, a la que entrevisté varias veces, incluso en su casa de Vía Apia de Roma, aquel día de primavera…

Pero, de pronto, en la mañana del lunes día 10, o sea de hoy mismo, la actualidad cuelga la noticia en mi despertar de verano tormentoso con que “ha dejado de existir la actriz y cantante Paquita Rico”.

O sea, a ver que más siento, y de lo que más siento, escribo, como siempre, que es mi maldición y mi gloria al mismo tiempo. Lo que manda en mi memoria. Y por eso escribo, titulo arriba, lo de que “se nos fue Paquita Rico”.

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Y desde luego es verdad, sobre todo a los del sur, se “nos” fue la actriz más bella, bella que es más que guapa, del trío aquel del que solo permanece viendo sin ver en su residencia, Carmen Sevilla.

Ya se nos fue Lola Flores, a la que tanto escribí y de la que estuve tan cerca, mi libro Lola en carne viva es sin duda uno de los veinte libros que he escrito no con más ganas, sino con más dolor incluso, aunque ella estaba viva cuando se nos fue aquel día…

Así que adiós a Paquita Rico. Hoy los periódicos, los medios, como ahora se dice, los de papel y los del aire, las radios, que esta misma mañana han escrito su copla en la Cope, en el programa de Carlos Herrera, un bello poema para ponerle música incluso Luis del Val, con todo el amor del mundo, las teles, sean o no del color que sean, claro que sí, los telediarios…

Y yo aquí me tienen, con mi llanto de recuerdo, porque la conocí, y aunque en principio era grande y un tanto distante, la entrevisté muchas veces, en muy distintos lugares, en la alegría y la tristeza, que sufrió mucho en su vida aunque siempre sonreía, y hasta le di los dos besos de protocolo. Olía muy bien, a nardo, creo, cuando la encontraba en la Cope haciendo radio con Carmen, a la que tanto quiero, y hasta con Encarna Sánchez, la reina de la radio entonces, para la que yo hacía en el programa una carta diaria, con la que después hice un libro…

Era muy bella, insisto, Paquita Rico, que se llamaba lo mismo, y que se ha ido en silencio como le gustaba vivir últimamente. Y también incluso en su vida misma. Manuel Román, que es un sabio en el mundo de las estrellas, contaba hoy en su página que “fue una estrella que jamás dio un escándalo”. Cierto, maestro Manuel. Más les digo, cuando su marido primero Juan Ordoñez, hermano de la leyenda Antonio Ordóñez, busca la muerte de su propia mano porque no estaba de acuerdo con la vida que llevaba, una historia de romance siempre el segundo en su vida, primero como torero, hermano de un maestro que no pudo llegar a ser torero y se quedó en banderillero, hombre de plata en una dinastía de hombres de oro, y que siempre tuvo la sensación de que la que traía el dinero a casa, era su mujer sin que él aportara otra cosa que su sombra…

Paquita Rico

Lloró mucho en aquel día y los siguientes, y siempre, Francisca Rico Rodríguez, nacida en el barrio de Triana, el corazón del duende del mundo, y que tenía ya de pequeña su propia apasionante vida.

– Fui de todo un poco, peluquera de ayudante, niña que hacía pantalones a medida, vendedora de garbanzos tostaos por la calle, en cucuruchos… Y hasta llegue a ser cuidadora de niños, con muy mala suerte en esto, porque me pillaron un día comiéndome la papilla que tenía que dar al crío… ¡y es que tenía tanta hambre en mi cuerpo!

Hasta que primero llegó el descubrimiento. Fui muy amigo de su representante iniciático, y después todo lo demás, el cine, aquella de Manolete, ahora que es el centenario de su nacimiento, en la que ya apareció como era, graciosa, más actriz que ninguna de las tres que fueron, hasta El Balcón de la Luna, que ahora mismo recuerdo.

Pero en medio hizo su película más legendaria, aquella con el argentino Amadori, que era marido de la actriz Zully Moreno, aquella de ¿Dónde vas, Alfonso XII?, que fue un gran suceso, y en el que ella hacía de María de las Mercedes, su esposa, tan joven, que se le murió al joven rey, cuando aún era casi una niña…

El rey lo hizo Vicente Parra y, aunque en general, bien que lo recuerdo, le entrevisté más de una vez en su casa de la plaza de España, en aquel ático cerca de Sara Montiel desde el que se veía a Don Quijote y Sancho Panza abajo… la promoción fue para el rey, pero ella estuvo inmensa en todo, en la propia canción, que fue un hit en el romance contado y cantado, y ella de la triste criatura que lloraba a su amor perdido…

Cuentan que la madre del rey emérito, Don Juan Carlos , doña María, le gustó tanto la película que le regaló una joya de su joyero real como agradecimiento, y que ella, de la que hablaba muy poco Paquita, la guardó en un banco y aunque la verdad es que además fue buena administradora, y vivio sencillamente aunque de nada le faltara, nunca quiso desprenderse del regalo. Paquita, tenia ademas, esa gracia sevillana, que solo da Triana, donde había venido al mundo. Hizo teatro, no demasiadas películas, treinta o así, más o menos, hizo discos, fue elegante en la calle y en su casa, la encontré en su casa de Madrid, cerca de la Avenida de América, siempre guapa, perdón, bella, siempre señora, porque fue una gran señora, insisto y de pronto un día me dijeron:

– La querencia es lo más grande, después de enterrar a su segundo marido, aquel hombre que era canario platanero, se fue a Sevilla, al barrio de los remedios…

Y allí se nos ha ido, ya instalada en el silencio de donde ya nadie vuelve. Rodeada de los suyos, según la nota de la familia que le quedaba en aquellos dos pisos juntos, desde los que veía el río Guadalquivir con su abanico en la mano…

Paquita Rico

Fue grande Paquita Rico, en su vida nada fácil, sobreponiéndose a la amargura y, me cuentan que están hoy buscando dónde instalar su capilla ardiente, que bien podía ser en el Palacio San Telmo, digo yo, donde se hizo gran parte de su película señera, la historia del rey enamorado…

Cantaba con una voz que a mí me gustaba mucho, de fuego y de oro, sus vestidos, de flamenca, eran elegantes, discretos. Tenía una sonrisa distinta, recuerdo que en su dentadura había un diente, especial, que a mí me gustaba mucho…

Era más, mucho más, que lo que dicen. Se fue de mayor, que es una enfermedad implacable, en el hospital que tenía u nombre de Infanta. Una vez no hace mucho la vieron pasear, ausente por el parque María Luisa, y las palomas, me cuentan, seguían sus pasos… hizo El Balcón de la Luna, que tampoco fue un desmadre. Pero no le hacía falta tampoco a ella, que ya no concedía entrevistas, y me indican que al final ya tiene sitio, en el Camposanto de los grandes… aunque al final llega otra nota que asegura que será guardada para siempre, al pie mismo de la Esperanza de Triana, de la que fue muy devota…

Adiós, niña, siempre Paca Rico, que sé que me veías sin verme, en tu casa de Sevilla. El miércoles, o sea, pasado mañana, seguro que hablaré de ti, siquiera para agradecerte, que nunca será del todo, las veces que me abriste las puertas de tu casa, en Madrid, o en Sevilla incluso. Adiós dama de romance. Permíteme que termine de esta manera.

¿Dónde vas Paquita Rico?

¿Dónde estás triste de mí?

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