Nacho

Ni un apellido es necesario. Se llamaba Nacho, ¿qué digo se llamaba? Se sigue llamando Nacho. Un hombre que va de paso, en el sitio donde nació, en Ferrol, responde al periodista que le pregunta por él.

– Es formidable. Querían matarlo y lo hicieron inmortal.

Cierto. Por eso hoy lunes de calor insoportable, solo me refresca y mucho, la buena nueva, el retrato fascinante en su propia sencillez pero igual en su grandeza, la historia de este muchacho, de treinta y siete años, que se llamaba y que se va a seguir llamando, en la memoria, en el ejemplo, Ignacio Echevarría, que dio su vida, con un patinete en la mano, en Londres hace unos días por salvar otra vida que no era la suya. Lo asesinaron con un cuchillo, de una puñalada traidora, cuando intentaba salvar una vida con dos armas en la mano, un patín de esos de calle, que a veces nos molesta ver venir por la acera, y sobre todo con su necesidad de ser lo que siempre hizo, ayudar a los demás, como fuera, donde fuera, y a quien fuera, aunque para él fuera un desconocido.

Una mujer a la que preguntan por él también en la calle, en estos días de micrófonos largos, que le conoció de niño, responde, entre lágrimas verdaderas.

– Ya de chiquillo, que no alzaba del suelo, ya tenía muy buenos sentimientos.

Siempre por los demás. Se ha escrito, contado, ofrecido, estos días por esta criatura hasta ahora desconocida, que ha pasado de ser una persona -un joven- a pesar de su edad ya casi madura, a ser ni más ni menos que un héroe conocido, admirado, llorado, querido, ejemplar.

Dicen que hablaba cuatro idiomas, pero no, hablaba cinco, porque además practicaba con frecuencia, a todas horas, el lenguaje de la solidaridad. Con todo el mundo, desde su sonrisa, con ese hueco entre las dos paletas que le hacía más cercano. Dicen que era un sabio con aspecto de atleta. Cierto. Pero había otra cosa en él, que no había aprendido en los libros ni en la universidad siquiera. Era tu hermano mayor o menor, aunque no lo fuera de sangre, pero sí de sentimiento. Sonreía, era un tsunami de amistad, era un líder, sin querer serlo.

Ha sido condecorado con la más alta condecoración civil. Ha vuelto a casa en un avión como un soldado hasta entonces desconocido. Ya le han dado su nombre a un parque de su pueblo, un premio, incluso sus amigos han elevado a pieza de museo el arma de combate con el que quiso agredir, en el último momento decisivo, al enemigo que, como eran más, al ofrecer la espalda le acuchilló sin piedad con un largo cuchillo de cerámica. El de los locos, los asesinos que creen que tras la sangre van a subir al cielo de los mártires, con todos los honores. Pero no, no es cierto que lo diga su religión, ni mucho menos. No es lo que Alá ofrece con su ejemplo. Habrá tal vez que volver a leer el Corán, que yo tengo cerca de mí hace ya mucho tiempo, releyéndolo, este cristiano viejo que soy, para estar al día del mensaje.

Ya ha recibido honores militares, incluso, este campeón de la buena voluntad, este hombre fuerte, del que ya se han abierto sus álbumes familiares. Hay una educación, una asignatura que se recibe en la familia, en la propia sangre, en la propia vida, una levadura que nadie enseña y que se multiplica. Es la forma de ser. Por eso Ignacio, Nacho, ahora mismo, es eso que se llama aun héroe a narrar, y lo digo precisamente hoy, que Rafa Nadal también un fenómeno de la constancia y la voluntad, de ser y de estar, ha vuelto a morder por décima vez, la copa de plata del Roland Garros en París, ni más ni menos.

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Por eso está aquí hoy, en este día de calor infinito, la alegría en vida de este gallego-madrileño, que ya ha encontrado sepultura en la tierra en la que se criaba, donde todo el mundo le conocía. En esa ciudad cercana a Madrid que se llama Las Rozas. La misa hoy, ayer el funeral, el sitio en el camposanto, la certificación de su historia de ganador, vestido con el uniforme sencillo, mundial del joven que va de paso. Hasta el sitio donde se hizo grande en Comillas -donde veraneaba-, patinando, patineando, va a llevar su nombre, y habrá un premio anual que lo recuerde. Por eso, porque ya se sabe todo de él, o casi todo, se publican fotos desde niño, se cuentan cosas que nadie o casi nadie sabía, se abre el libro casi sagrado de la memoria, y se dice Nacho, sin añadir siquiera lo del “héroe del patinete”, ni su apellido tan español, hoy hay que reseñar todo lo español, con urgencia, con fuerza, sin nostalgia, y recoger lo de ese hombre mayor, por no decir anciano, que llevaba en una camiseta encima de su bicicleta por la vía permitida de una de mis calles de Chamberí. Se leía: HOY TODOS SOMOS NACHO.

Incluso yo, que me muevo menos que un pez de barro. Incluso este viejo, abuelo, que este año si que iba a pedir a los Reyes Magos que le traigan, si lo pide, un patinete a mi nieta Macarena, si es que me lo pide. Y de la marca Nacho, a ser posible, y yo porque ya no puedo, con los años que me pesan, con los años que me quedan.

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