Chavela Vargas: Llorando a ‘la llorona’

Nada que celebrar, ni mucho menos. Si acaso recordar, que es más hermoso. Tal día como hoy, hace tres años, se nos murió a todos, a usted y a mí, en Cuernavaca, aquella tica nacida en Heredia, en Costa Rica, que se llamaba de verdad Isabel Vargas Lizano. Atendía por Chavela Vargas y era lo nunca visto, lo nunca oído hasta el día que rompió a cantar. Bueno, lo suyo no era cantar precisamente, era llorar, mandar, matar, porque cantaba con la placenta, con el corazón en la boca, temblando. La dama, ni fea ni guapa, aquella que nunca aprendió el dicho que decía: “No se pueden ahogar las penas en el alcohol, porque las penas saben nadar”.

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Chavela inmensa, triste Chavela, a la que el periodista que ésta historia os cuenta conoció aquel día en una isla, que fue cárcel de presos, en Costa Rica, donde había nacido. Porque no era mexicana, como se creía, aunque lo fue después y siempre al mismo tiempo. Su patria fue el dolor, su bandera el amor, su himno la ranchera. Chavela, aquel día en el monte amarillo, otoñal, de la Residencia de Estudiantes, cuando hablamos por última vez:

–  ¿Sabes lo que digo, chamaco? Que yo no le temo a la vieja dama, a la muerte. No. La veo muchos días sentada a un lado de mi cama cuando despierto. Y no es un sueño. Y voy y le digo: mira, cuando quieras, ya estoy dispuesta. Vamos.

–   Y también le podrías decir, niña Isabel…

–   Es hermoso eso que dices. Dices las palabras de Federico…

–   Soy de la misma tierra… la metáfora es mi asignatura.

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Envuelta en aquel mantoncillo, un echarpe de seda india, la Chavela, sobre sus zapatillas de Michoacana, caminábamos por el jardín literario donde en su día dibujaba Dalí y Buñuel, con su ojo salido, tocaba el tambor como los de su pueblo de Teruel, con las cucharillas del café.

– Y además, ya sabes Chavela, cuando te vayas, digo yo lo que dice la copla aquella de: “Que me quiten lo cantao”

– Claro, pero también lo sufrido y lo llorado, que si dicen que te bebiste cuarenta mil litros de vino…

– Bueno, y de tequila, y de whisky, y de veneno…

– Pero lo necesitaba, hasta que un día dije hasta aquí y me paré, me quedé quieta, y hasta hoy.

Chavela Vargas. Recuerdo guardo cuando Mamen Sánchez, la directora de ¡HOLA! México que escribe con la fuerza de las grandes, me contó un día su larga conversación en el bosquecillo de su casa en el corazón verde de México, para ¡HOLA!. Chavela, inmensa, mientras suenan las trompetas, las guitarras.

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Siempre la conocí enamorada, pero malquerida. Me explico, que ésta no es una canción de Alfredo Jiménez: me temo que siempre daba más que recibía, amor hasta partirse, sin medida, como ella misma confesaba, amor hasta el borde de la copa de cristal de Jalisco.

– Sin embargo, tú has dicho muchas veces, y se ha recogido en lo que es la pura filosofía de tu vida, que “nadie se muere de amor, ni por falta, ni por sobra”. Eso no es verdad, niña Isabel…

Y con la voz ronca y las manos de venas azules, la piel de la tierra, como los afluentes de los grandes ríos, me confesó:

– Es verdad. Lo digo cantando, pero a veces se dicen cosas que son de otra manera.

La vi, la sentí cantar en México D.F., en Madrid, claro, en Granada incluso. Tengo que encontrar aquella fotografía que nos hicimos, mi mano en su  hombro -más que manteniéndola, necesitándola-.

¡Ay, Chavela!, que te nos fuiste ayer y no hemos dejado ni un sólo día de tenerte. El pelo a lo garçon, la voz rota como la de Manolo Caracol en la noche, el verso en la sangre, plata en la sien, como esa onda siempre sobre la frente. “Como una ola, amor, a la deriva”…

Las radios la recordaron ayer, aniversario. El fusil bajo la mantita. La palabra como la bala. Siempre matando Chavela.

– ¡Ay, si yo te contara!

– Mejor dime: ¡Ay, si yo te cantara!

6

Murió al pie de las buganvillas, bebiendo ya solo el pulque con gusano abrasador de sus naufragios. Las buganvillas de sus recuerdos regadas con su propia sangre. ¡Es tan fácil escribir de Chavela! Hace poco en mi último, por ahora, viaje a México, donde viví tanto tiempo -tanto-, un viejo mariachi al que alquilaba en la plaza Garibaldi -costara lo que costara porque me cantaba a Chavela-, a su manera me aconsejó:

– Podemos ir a ver, a oír, a quedarnos al galpón donde canta Paquita la del Barrio. Le va a recordar a la Vargas…

Fuimos. Bebimos sangre de nopal, con gusano incorporado. Sí, la escuché, cantaba “Rata de dos patas”, pero Paquita no era Chavela…

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