Después de un amplio catálogo
de líos, broncas, insultos
y otros follones de bulto,
“Sálvame” lanzó un decálogo
de obligado cumplimiento
con el que intenta frenar
el zafio comportamiento
-hecho norma general-
de sus colaboradores,
desenfrenados señores
que, a veces, más que hablar, ladran
y saltan- de una manera
más guerrera que torera-
el turno de la palabra.
Más que normas especiales,
son normas elementales
de lo que es educación
porque da la sensación
que algunos, por sus modales
o por ir siempre de listos,
ni por el forro la han visto.
“No abandonar el plató
sin causa justificada”
es- ¿cómo les diría yo?-
tamaña perogrullada
como dejar el trabajo
porque nos sale…de abajo.
De hablar con la boca llena,
de eso no se dice nada.
Pero exigen “masticar
con las fauces bien cerradas”.
“Que prohibido insultar
a los que son compañeros”:
y a los que no lo son…¿qué?
¿Les rompemos el florero
encima de la cabeza?
Esto no es ningún decálogo
sino el perfecto catálogo
del colmo de la torpeza.
Más….todo quedó al fin en nada:
Se les vino todo abajo
cuando se escuchó al marrajo
-léase Rodríguez Menéndez-
que arremetió contra Mila
con tamaña retahíla
de turbias barbaridades,
que, de ser verdad, serían
el colmo de las maldades,
pero que son invención
de un tipo sin corazón
que pone el pie en los peldaños
en los que causa más daño.
Es exceso de manga ancha
y es mayúscula injusticia
darle libremente cancha
a un personaje innombrable,
peligroso y despreciable,
y al que busca la justicia.
Mila estuvo muy valiente
y le supo plantar cara,
refutó de forma clara
y de modo contundente.
Pero cometió un error
de enorme bulto y eslora:
empleó un vocabulario
francamente tabernario
…y ahí dejó de ser señora.






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