
La decisión de tener un hijo, es trascendental. Es aceptar por siempre que tu corazón ande vagando fuera de tu cuerpo
Siempre repudié a esas parejas que anunciaban su futura paternidad soltando un unísono y vomitivo ¡Estamos embarazados!. Me prometí a mí misma que, de llegar el día, jamás diríamos semejante incongruencia. Me parece una auténtica y redomada estupidez. Hace falta ser idiotas.
Pero yo, a diferencia de ellos, me permito el lujo de anunciároslo con dicha incoherencia porque verdaderamente en mi casa no sólo soy yo la que está embarazada, sino que ÉL, por mucho que lo niegue, sobrelleva sin remedio el denominado Síndrome de Couvade (sufre antojos, aumento de peso, cansancio, calambres en las piernas, ciática, dolor de espalda…). Sin embargo, de una manera inteligente, se ahorró el honor de sufrir un dolor agudo en los pezones cuando se pasa frío. Así cualquiera.
Las cosas han cambiado mucho desde que en casa, a una prueba de embarazo, le salieron dos rayitas confirmando que el tamaño de mis pechos no era gratuito. Ahora, dormimos más (si cabe). Sabemos que a este lujo asiático le quedan los días contados, así que aprovechamos cualquier momento para sucumbir a los brazos de Morfeo. Lo mío es una cuestión de necesidad, lo de él es ¿simbiosis?.
Evitamos los tugurios y los humos y nos las damos de sanos cuando bien sabemos los dos que, por mucho que lo intentemos evitar, somos insanos por naturaleza. Nuestros mejores amigos se llaman Carbohidrato y Glucosa. Son gente maja a la que tenemos mucho cariño. Ya no nos hablamos con Nicotina, dicen que no es de fiar, aunque yo aún me acuerdo de ella.
No os lo voy a negar, estamos viviendo el momento más dulce y feliz que jamás pudimos imaginar. Esta permanente ilusión y la ternura del ambiente que respiramos nos hace vivir este embarazo como algo mágico. Es vivir el milagro de la vida en primera persona. Es la felicidad en mayúsculas.
Y ya. Hasta aquí me permito y os deleito con párrafos azucarados. Nosotros vivimos a nuestra manera este embarazo, pero vosotros no tenéis por qué soportar el empalago que esto conlleva. No quisiera castigaros. También a vosotros os tengo cariño.
Ahora que vivo este estado de, como dicen las abuelas, buena esperanza, mis blogs, libros, revistas y fuentes de información en general, han cambiado como de la noche al día. Al final siempre acabo leyendo algún artículo en cuya portada aparece una tía buena de piernas flacas, tripa gorda y cara de satisfacción, haciéndonos creer que eso que soporta, no pesa. Y un carajo que se coma.
Y es que el embarazo, como todo, está lleno de leyendas urbanas y topicazos. Señores, cada pareja vive su embarazo de una manera diferente y el afán por compartirlo TODO no es absolutamente necesario. No hace falta dar una opinión o contar tu propia experiencia sin que nadie te pregunte. Hay muchas cosas que pueden ser ahorradas o, al menos, dosificadas.
Tanto es lo que he leído y tanto lo que me han contado, que ahora vivo con el miedo de que, cualquier día de estos, me despierte como una almorrana del tamaño de un melón. Vivo sin vivir en mí pensando que en cualquier momento se me hincharan los tobillos y mis dedos se convertirán en morcillas. Vivo con el terror de que el día del parto una matrona maligna me trate a patadas y me pegue un tijeretazo que me llegue hasta la garganta. Vivo con angustia porque las plastas que ya han pasado por esto, no dejan de martirizarme con historias para no dormir. No quiero escuchar más, por favor. Callaros de una maldita vez.
Y es que nunca están lo suficientemente a gusto con tu sufrimiento. Si tienes nauseas te dirán que te prepares para cuando tengas barriga. Cuando tienes barriga te dicen que te prepares para cuando tengas más.. y cuando tienes más, comienzan con el martirio del parto. Tengo historias de partos, para dar y regalar. Me las sé de memoria, con pelos (púbicos) y señales. Yo nunca les pedí que me contaran nada. Pero eso les da igual. A ellas les gusta ver tu cara de pánico mientras hablan. Una fuerza imperiosa les hace contarte su experiencia (casi siempre trágica). Si no disponen del tal experiencia, te cuenta la de su prima y si no, la de su vecina y si no tienen vecina, se la inventan. El caso es darte el día.
Cuando terminan, las muy cachondas, siempre acaban diciéndote que cualquier cosa merece la pena cuando, por fin, ves la cara de tu bebé. Pero para cuando llegan a esa parte, mi cuerpo está del revés y sólo puedo imaginarme con exceso de kilos, retención de líquidos y abierta en canal mirando a un niño que vete tú a saber si es el nuestro (dispongo de un gran surtido de historias de cambiazo de niños). Intentado dar el pecho con una teta tres veces más grande que su cabeza y con un pezón lleno de grietas sangrantes por culpa de una mastitis que me hará recordar, por los siglos de los siglos, lo importante que es el maravilloso mundo de la lactancia.
Esas mujeres me dan miedo. Mucho miedo. Son el vivo retrato del diablo.
El caso es que tenemos una ligera idea de los padres que queremos ser. No aspiramos a nada del otro barrio, queremos que nuestro hijo crezca con mucho amor y cariño. Intentaremos hacerlo lo mejor que podamos. Somos conscientes de la difícil tarea que nos espera pero estamos ansiosos por comenzar.
Pero no he llegado hasta este blog para hablaros de los diferentes métodos de educación que tenemos pensado aplicar… eso, como tantas otras cosas, quedará en nuestra casa. Vine hasta aquí para contaros la clase de madre y mujer en la que no quiero convertirme por nada del mundo:
- Quiero poder seguir manteniendo una conversación con mis amistades sin recordarles, cada dos por tres, que yo soy madre y que eso me convierte en un ente distinto a los demás.
- Respetaré, entenderé y trataré como a una igual a aquella mujer que, por el motivo que sea, no tiene hijos (esto os puede parecer obvio, pero os aseguro que no lo es para mucha gente).
- Jamás diré una frase del tipo “cómo se nota que no eres madre”, “cuando tengas un hijo ya me lo dirás”. Nunca haré una diferencia de ese calibre a una igual ni consideraré que una mujer tiene que ser obligatoriamente madre para comprender ciertos asuntos terrenales.
- No pronunciaré jamás algo semejante a “¿y tú para cuando?” “tú lo que tienes que hacer es embarazarte”. Si alguna vez lo habéis hecho, dejad de hacerlo. Anotaros este consejo si no queréis seguir quedando como cretinos/as. Tener un hijo es la decisión más personal en la vida de alguien. Si esa persona no te ha hablado del tema, es porque no quiere compartirlo contigo. No te metas donde no te han llamado. Métete en tus asuntos y ocúpate de tu triste vida que seguro que tienes mucha porquería que limpiar.
- Buscaré, en la medida de lo posible, momentos para seguir escuchando a mis amistades y seres queridos. Nuestra vida es la que girará sobre la de un nuevo ser, pero no la de ellos que, aunque sufran los efectos colaterales, no habrán perdido, de ningún modo, a una amiga.
Todo esto, a groso modo. Por cierto, que nadie me pregunte para cuando la parejita. Hay personas que nunca están satisfechas con el recorrido de tu vida y siempre quieren más. Os recuerdo lo citado anteriormente: “Tener un hijo es la decisión más personal en la vida de alguien. Si esa persona no te ha hablado del tema, es porque no quiere compartirlo contigo”. No lo olvidéis. Tatuároslo si lo creéis necesario.
He querido compartir, como siempre y a mí modo, otro momento importante en mi vida. El más importante. Sinceramente, no sé que será de este blog… hace tiempo que vengo rumiando la idea de un cambio de aires pero aún no tengo nada claro. Os sugiero que os apuntéis al grupo de Facebook aquí y así os podré mantener al tanto de futuras novedades que conciernen a este invento.
Se os quiere. Mucho.









