
Nadie necesita más unas vacaciones que el que acaba de tenerlas
(Elbert Hubbard)
¡FELICES VACACIONES! Nos vemos en septiembre...

Nadie necesita más unas vacaciones que el que acaba de tenerlas
(Elbert Hubbard)
¡FELICES VACACIONES! Nos vemos en septiembre...
Jamás ha habido un niño tan adorable que la madre no quiera poner a dormir
(Ralph Waldo Emerson)
¿Son los padres responsables de nuestra personalidad? ¿o eso es sólo un recurso facilón?. ¿Son nuestros padres los causantes de nuestros miedos, traumas, desasosiegos y ansiedades?. No son ni uno ni dos los estudios que opinan que efectivamente es así... pero hay opiniones para todo.
No voy a ser yo quien cuestione ciertas teorías, ni me voy a mojar poniéndome del lado de la víctima de una infancia difícil. Tampoco me decantaré por el lado de unos padres que, en su momento, también fueron hijos victimas de sus padres. No voy a debatir nada, sólo dejaré la pregunta en el aire: ¿es inevitable que, de alguna manera, acabemos siendo un espejo de nuestros progenitores?. ¿Nacemos o nos hacemos?.
Lo que está claro es que esto es la pescadilla que se muerde la cola.
Piénsenlo señores, recapaciten y háganlo con total sinceridad. Evitémonos los aspavientos diciendo que por nada del mundo podrían llegar a parecerse al cabeza de su familia y analicen este tema de forma objetiva. Estoy segura de que, un alto porcentaje de los lectores, se habrán sorprendido más de una vez diciéndose a si mismos "¡horror!, me parezco a mi madre/padre...".
Mi propia experiencia me dice que sí, que lamentablemente me parezco a mi madre. No sólo porque físicamente soy calco de su persona, sino porque según cumplo años, el parecido es tan asombroso que he decidido dejar de luchar contra lo evidente: me parezco a mi madre y cuanto más empello pongo en no parecerme a ella, la semejanza se convierte en algo terriblemente impactante.
Mi madre no quería tener hijos, pero de todos modos nací un frío y helador día de invierno. Las malas lenguas (exactamente la lengua viperina de mi abuela que era igual o peor que la de mi madre -con lo que se vuelve a ratificar la teoría de los parecidos entre los padres y lo hijos-) cuentan que cuando yo tan sólo contaba con unas horas de vida, alguien se aventuró a decir que era clavadita a la madre que me parió. Mi reflexiva madre sólo pudo responder con un desgarrador "eso es sólo lo que me faltaba".
Mi madre no me dio de mamar para que no se le estropearan sus bonitos y turgentes pechos (cosa que no sirvió para nada ya que las tetas, antes o después, se caen y a día de hoy le llegan más o menos a la altura de la cintura). Mi madre jugaba poco o nada conmigo porque mi energía, literalmente, le producía una jaqueca que tardaba días en remitir. Mi madre nunca me llevó ni me recogió del colegio... porque para eso estaba "la chica".
Mi madre hizo de la puesta en escena, de los modales y del vestir, una forma de vida y yo he seguido sus pasos a píes juntillas: aún habiéndola odiado por haber dedicado todo su tiempo a ello, por dedicarse a algo tan superficial y por ser prácticamente ése su único tema de conversación.
Mi madre le daba al bebercio, empinaba el codo o simplemente era una borrachuza, como ustedes quieran llamarlo, pero mi madre era de la alta sociedad y para esas personas lo adecuado era decir que bebía para "matar el gusanillo" o que simplemente era un "hábito social". El mismo hábito que le hacía tener resacas tan brutales que en casa no podía oírse ni a una hormiga caminando por la alfombra... o el mismo hábito social que le hacía tomarse, de cuando en cuando y para desayunar, un pelotazo de Chivas.
El caso es que, para qué negarlo, yo he llegado a odiar a mi madre, y creo que como yo, muchas personas en su época adolescente. Verdaderamente era muy complicado hacer comprender ciertos asuntos a nuestros padres, sobre todo en una época tan compleja como es la del pavo, ya que las hormonas y el vello corporal hablaban por nosotros.
Pero en defensa de ellos he de decir que lamentablemente desconocíamos lo que pasaba por sus cabezas; sólo nos ocupábamos de mirarnos el ombligo, de pretender ampliar la hora de llegada casa y de obtener el último grito en pantalones vaqueros. Nunca nos paramos a pensar en que podrían estar con el morro torcido porque tenían problemas matrimoniales, de trabajo o porque habían sido victimas de una infidelidad. Ésas cosas también las han vivido nuestros padres... aunque no lo queramos creer. Todo está inventado...
Sí, lo siento, tu madre pudo ser infiel a tu padre (o viceversa)... no pienses que porque hiciera las mejores tortillas de patatas y las más exquisitas croquetas, porque pasara el aspirador a diario a tu dormitorio o porque te bordara las iniciales en tu ropa interior cuando te ibas de campamento, no fuera capaz de ponerle los cuernos a tu padre. Efectivamente eran otros tiempos, pero estaban hechos de lo mismo que nosotros: de carne y hueso. Ellos también tenían impulsos sexuales y aunque se reprimieran más, a veces también daban rienda suelta a sus instintos animales.
El caso es que mis padres no eran los padres al uso. Mientras yo crecía comprobaba como en casa de mis amigas lo normal era tener la foto de boda sobre el mueble del salón y como sus madres prepararan sandwiches de foie gras y piñatas en sus fiestas de cumpleaños. Nada de eso tenía yo... aunque sí tuve otras cosas que no tenían mis compañeras, olvidándonos de lo material, yo disponía de la simpatía y sabiduría de los amantes de mi madre.
No fueron ni uno ni dos... pero siempre fueron muy amables conmigo. A uno, mi predilecto, le recuerdo con gran ternura: Don Álvaro Ignacio de Irazabal, el gran señor que me regaló, por mi octavo cumpleaños, la colección de libros de Pollyanna, de Eleanor H. Porter, y al cual le debo mi afición por la lectura.
Don Álvaro le duro mucho tiempo y se convirtió en uno más de la familia, no sé si mi poderosa imaginación me traiciona, pero juraría que le recuerdo cenando con nosotros y con mi padre presidiendo la mesa.
Nunca subestimes la curiosidad de un niño, puede llegar a ser brutal: les espié hasta que un día dejó de parecerme gracioso y me di cuenta de que el estar fisgoneando quitaba mucho tiempo a mis estudios y lectura. Al fin y al cabo, ya no veía nada nuevo. Curiosamente, cuando espiaba, lo hacía con mesura, para poder otorgarles algo de intimidad en mi propia casa. Llegado un momento puntual de la escena de amor, no sé si por pudor o por no querer ver lo evidente, retiraba la vista y me marchaba a mi cuarto.
Don Álvaro Ignacio de Irazabal desapareció de la noche a la mañana. Con los años, la curiosidad volvió a poder conmigo e intenté localizarle. A Don Álvaro se le había tragado la tierra.
A mis 25 años, le confesé todo esto a mi psicólogo y horas después se lo recordé a mi madre. Mi psicólogo guardó silencio y mi madre se limitó a tragar saliva, mirar para otro lado y aguantarse las lágrimas en unos ojos terriblemente enrojecidos. No quise preguntar más, estaba claro que fue alguien sumamente importante y se lo dejé para su intimidad y recuerdo. Hay cosas que es mejor no saber.
Pero el paso de los años, la madurez y las vivencias te hacen comprender a los que antes eran "los mayores". Ahora, con más edad con la que mi madre me tuvo, he llegado a perdonarla y hasta a quererla. No puedo vivir con ella, pero tampoco sin ella. Al fin y al cabo le debo grandes cualidades como la obsesión por la limpieza, el enfermizo orden, la afición por las cosas caras y una importante colección de hombres.
He comprendido que también ellos tuvieron debilidades y que sus formas no fueron las perfectas. He aceptado que tengo un padre y una madre que, aunque ninguno de los dos sean modelos a seguir, son los que me convirtieron, para bien o para mal, en lo que soy. Al fin y al cabo se tomaron muchas molestias en hacer de mí una mujer de provecho y aunque ambos creamos que no lo han conseguido, yo me siento muy orgullosa de haber tenido a una madre, que en los años de la transición española, este país se le antojaba rancio para unas expectativas demasiado altas para aquel entonces.
Y aunque inevitable y desafortunadamente me parezca a mi madre (de mi padre hablaré otro día porque él también tiene para dar y regalar), acepto gustosa la herencia.
Para que el sueño, la riqueza y la salud se disfruten de verdad, es necesario interrumpirlos
(Jean Paul)
Nadie sabe más de tendencias, moda, portadas y revistas que nuestra querida, adorada y entrañable Heidi y por tanto, a nadie más que a ella se le puede permitir el abrir una web cuyo nombre sea fashionisima.es.
Si te interesa la moda, las celebridades y cual es el último grito para este verano, pues ya estás haciendo de fashionisima tu Biblia, tu libro de cabecera y tu credo: sin ella, no serás nada.
Heidi puede actualizar la web hasta 10 veces en un solo día y sus artículos, claros, concisos, participativos y muy divertidos, os alegrarán la existencia de manera prodigiosa.
El caso es que el otro día Heidi me habló de su nueva sección: "la obsesión de la semana", y me invitó a que participara con una de las mías... ¿Tenéis vosotros obsesiones?, si es así, ir mandándoselas ya que por lo que a mí respecta, tengo tantas que no sé por cual empezar....: digamos que no recuerdo una sola semana en mi vida que en mi cabeza no floreciera una nueva obsesión.
La comida macrobiótica: Un buen día y sin ayuda de nadie, decidí que los alimentos que tomaba eran los causantes de todos mis males y, de nuevo, yo solita y sin ayuda de nadie, decidí también que la solución estaba en comer única y exclusivamente comida macrobiótica. Durante un tiempo me pasé los días comprando vegetales, frutas, algas y productos de soja fermentados. Y fue más o menos cuando se me puso cara de acelga, cuando decidí que me había aburrido de esta nueva filosofía tan poco apetitosa.
Esto me recuerda a cuando me hice vegetariana... Dejé de serlo en el momento en que me metí, creo que sin darme cuenta, un muslo de pollo grasiento en la boca... La verdad es que nunca tuve mucha credibilidad con esto del vegetarianismo, ya que sostenía que era de una nueva ola de vegetarianos que pueden comer huevo, pescado, calzar zapatos de piel y que sostienen que el pollo y el pavo no son carne de verdad, sino un genérico o algo así.
El maletín del maquillaje: Recuerdo que me encontraba yo un día sentada en el baño de mi casa (sentada porque sí, con la tapa cerrada y mirando al infinito...por dios, que yo soy un ser puro; al igual que me gusta sentarme en el sofá, pues también me gusta sentarme en mi taza del váter) cuando me sorprendí a mí misma dándome cuenta que no podía seguir viviendo si no me compraba urgentemente un maletín de maquillaje de esos profesionales y enormes con millones de compartimentos. Nunca imaginé que la búsqueda de un maletín me fuera a resultar tan complicada, porque yo tenía un maletín en mente y no me valía cualquiera. Después de visitar absolutamente todas las tiendas en las que vendían este tipo de maletines y dedicar dos semanas a la búsqueda, acabé comprándomelo por Internet en Bobbi Brown un maletín que consiguió que durmiera tranquila hasta mi próxima obsesión.
Un par de zapatos (uno de tantos): Creo que los zapatos en general (y este par de zapatos en particular), son el objeto de mis mayores obsesiones. Recuerdo la vez que me enamoré de un par de zapatos que yacían en el escaparate de una tienda en la zona de Taksim en Estambul. Yo iba con prisas y no tenía tiempo para entrar, pero me ocurrió lo que suele pasar con este tipo de obsesiones: que yo ya me había enamorado y que los zapatos no podían salir de mi cabeza. Durante tres días no encontré el momento para volver a esa zapatería y comprarlos, esto sucedió durante un viaje de trabajo y no encontraba ni el modo ni el momento de acercarme hasta ahí. El último día, ya subida en un taxi camino del aeropuerto, pedí al taxista que diera la vuelta y me llevara a Taksim para poder comprarlos. Cuando llegué, me dieron la trágica noticia de que no los tenían de mi talla: ni corta ni perezosa opté por comprarme los de un número menor (siempre creo que el dilatador de calzado va a hacer el milagro que nunca hace). Perdí mi vuelo, tuve que hacer otra noche en Estambul y a mi empresa el par de zapatos le costó un nuevo billete de avión y otra noche de hotel. A mí, sin embargo, no sólo me costaron un ojo de la cara, sino que la única vez que me los puse, conseguí que se me quedaran los pies como los de esta geisha.
La Vaporera: ¿Qué es una vaporera? Pues simplemente un artilugio que te permite cocinar los alimentos al vapor. Cualquiera que me lea pensará que soy una sibarita de paladar fino: pues nada más lejos. Pero esta obsesión la tengo muy reciente y no puedo más que compartirla con vosotros. Desconozco como empezó la historia de la vaporera, sólo recuerdo que un día amanecí completamente obsesionada con adquirir una. Como últimamente ando mal de tiempo y no puedo recorrerme todas las tiendas que me gustaría, "sólo" pude optar por ocupar toda una mañana de trabajo en buscar y comprar vía Internet, la vaporera que me hiciera feliz. Como no conseguí decidirme entre la vaporera clásica de bambú y la ultra moderna de silicona de la marca Lékué, pues acabé comprándome las dos. Durante una semana y media sólo cenamos pescado al vapor. Ahora, tanto mi novio como yo sabemos que las vaporeras nunca volverán a salir del armario de la cocina donde las he guardado pero... ¿y lo feliz que me hicieron ellas durante esas dos semanas?.
El reciclaje y el cambio climático: No sé de donde me saqué que el ponerle freno al cambio climático dependía en exclusiva de lo que hiciéramos nosotros dos en casa. Fue tal mi obsesión por el calentamiento global, por las corrientes marinas y por el balance radiactivo terrestre, que durante días tuve unas terribles pesadillas donde comprobaba que nunca más iba a poder tirarme en el césped, ni darme baños de espuma y que tendríamos que vivir en una casa muy fea y yo no podría peinarme nunca más (¿?). A todo esto, el espíritu de Al Gore (también sin peinar) me acechaba y me culpaba a mí del mal global ya que nunca puse en mi casa un bonito cubo de basura para reciclar. Estos sueños me hicieron comprar el maldito cubo y como no me valía cualquiera, gasté más gasolina, más energía y más papel (había que consultar revistas de diseño), de lo que Al Gore hubiera podido imaginar en sus peores pesadillas.
La rosa mosqueta: ¿Alguien sabe la cantidad de maravillosas propiedades dermatológicas que tiene la rosa mosqueta? Pues son muchas: muchas y muy buenas. Más o menos os lo resumiría de este modo: la rosa mosqueta es la octava maravilla del mundo y si no te haces con al menos una crema que tenga como base la rosa mosqueta, morirás. Y si no mueres, tendrás una piel horrible el resto de tu vida. El caso es que yo, inocente de mí, un buen día di con un aceite de rosa mosqueta, lo compré y desde entonces me creó una adición terrible y una obsesión aún mayor. No me bastó ni con el aceite ni con leer todo lo que encontrara sobre este tipo de rosa: tuve que comprarme todas las cremas y aceites del mercado que contuvieran rosa mosqueta. Hasta me alegré de que a mi amiga la operaran de apendicitis para demostrarle lo buena cicatrizante que es. Y no, no tengo acciones ni nada parecido. Es una obsesión como otra cualquiera. Probadla y veréis.
Me queda hablaros sobre la obsesión por un bolso deportivo de Merc (muy cachondo teniendo en cuenta que yo no hago nada de deporte), por cuando me dio por comer únicamente brotes de soja, cuando me dio por llenar mi casa de orquídeas salvajes. La obsesión que sufrí por una gabardina, por una casa (sí, también por una casa) y un largo etcétera.... Pero sería imposible escribir un solo artículo sobre todas mis obsesiones. Necesitaría una colección de 12 tomos de esos que si se te cae uno en el píe, te lo rompe en dos.
A las obsesiones hay que tratarlas bien y con sumo cuidado y darles todo aquello que piden, si no lo haces, te sale un eczema horrible en la cara que no podrás curártelo ni con rosa mosqueta.
Hay una cosa más terrible que la calumnia: La verdad
(Charles-Maurice Talleyrand Périgord)
No sé qué habré podido tomar últimamente que me ha producido, como efecto secundario, diarrea verba e incontinencia oral. Bien es verdad que nunca he sido muy de callarme las cosas aunque, bien es verdad también, que siempre me ha gustado hacer uso de la diplomacia. Pero es que de un tiempo a esta parte, carezco del talento de adornar las palabras y tengo la imperiosa necesidad de decir las cosas tal y como las pienso. Así, sin anestesia ni nada. A pelo.
Vamos, que si antes alguien sufría de halitosis y a mí me tocaba hablar con esa persona largo y tendido, podía hacérselo saber con decoro y disimulo mientras le metía en la boca un puñado de caramelitos de menta. Pero ahora, debido al terrible efecto secundario que sufro, no puedo disimular ni una décima de segundo. Según me aguanto la respiración y hago como que me abanico, le hago saber que su aliento huelo peor que la comida de tortuga.
La semana pasada tuve que hacer unas compras de urgencia y me metí en uno de esas tiendas que abren los 365 días del año (venga, vale, si insistís os diré que la tienda en cuestión era el OpenCor de la calle Fuencarral de Madrid). El caso es que nada más entrar me topé con una enorme estantería con ideas para regalar en el Día de la Madre...
Cual fue mi sobresalto al comprobar que entre tanta horterada tipo cojines en forma de corazón, estuches de maquillajes, aparatos de electromusculación para elevar glúteos y reducir tripa, bisutería barata y CD's de Eros Ramazzotti, no se hallaba ni un solo libro. Creerme, ni uno solo. Es que ni por error.
Mi problema es que se me ha dotado, entre otras cosas, de una muy buena memoria y, recordé, que para el Día del Padre, esas misma estantería se había llenado de máquinas de afeitar, radios despertadores y libros. Muchos libros.
No pude más que sacar a la feminista que llevo dentro (y que, todo hay que decirlo, suelo tener oculta) y mientras echaba espuma por la boca, maldecía en arameo y ante la mirada estupefacta del dependiente de metro y medio que le tocó soportarme, exigí hablar con el encargado... Y ya puestos, con el encargado del encargado.
Parece ser que, para el encargado de tres al cuarto, a nosotras, mujeres, madres y no madres, lo que más nos gusta hacer en nuestro tiempo libre es abrazar cojines de rayón, enchufarnos a la gimnasia pasiva mientras escuchamos al llorica de Eros Ramazzotti y nos pintamos las sombras de azul celeste. Valiente imbécil.
Daros por defendidas. Porque después de soltar todo tipo de improperios le hice saber que si no añadía un solo libro en la estantería (tal y como hizo para el día del padre) íbamos a salir en los papeles.
Al día siguiente tuve que ir para comprobarlo. Podéis estar tranquilas, nuestro honor está a salvo. No eran muchos los libros que el imbécil había ordenado poner, pero menos daba una piedra. Súper Kiku, defensora de los derechos humanos, había hecho su buena acción. Por el rabillo del ojo pude comprobar como el encargado no me quitaba ojo, creo que con cara de "pobrecilla, está loca" pero esa noche dormí como una bendita.
Pero ése es sólo un pequeño ejemplo. Mi necesidad de decir lo que pienso y de aderezarlo con palabras malsonantes, ha ido mucho más allá.
Si antes alguien se atrevía a comentarme que tenía mala cara, corriendo me iba al baño e intentaba solucionarlo. Pero ahora, soy otra, y el destino hizo que la misma petarda de siempre se cruzara en mi camino para volver a decirme que no tenía yo mi mejor fisonomía. Como dios me quedé cuando le solté algo sobre su analfabetismo incurable y que hiciera el favor de comerme el miembro viril que desgraciadamente no tenía.
Decir palabrotas es una gran terapia. Os lo recomiendo con vehemencia... Según echo un sapo y una culebra por la boca, siento que me quito tres kilos de encima y que soy invencible y todopoderosa. Tenemos una lengua rica en lo que a tacos se refiere ¡hagamos uso de ésta riqueza lingüística!.
Hoy, que visto un precioso vestido globo de Lurdes Bergada, alguien ha tenido a bien el decirme que era raro y de harapienta. Craso error. Haciendo uso de mi riqueza lingüística malsonante y gracias a su comentario desacertado, por fin he podido decir absolutamente todo lo que pienso de ella, empezando por reconocer que fui yo y solamente yo, la que le bauticé con el apodo de "Repu la cerda".
Está feo decirlo, pero cuando ha roto a llorar, sólo he podido sonreír de medio lado y encenderme un cigarrillo. Hay placeres que no se pagan con dinero.
En fin... que voy a darme una vuelta por el blog de Sheila Morataya, a ver si se me pega algo de bondad...
Para tener buena salud lo haría todo menos tres cosas: hacer gimnasia, levantarme temprano y ser persona responsable
(Oscar Wilde)
Llevo treinta y pocos años haciendo de mi existencia una película... o mejor dicho: un peliculón. Dependiendo del día puede ser una peli porno, un dramón, una comedia, un melodrama o, incluso, una de terror. He tenido temporadas en las que he llegado a concentrar todas las categorías en tan solo 24 horas. Soy así de intensa, que le voy a hacer.
Y es que siempre he sido muy dada al melodrama. Creo que ver Lo que el viento se llevó siendo yo un renacuajo, me creó un trauma hasta ahora insuperable. Desde entonces, mi pose preferida cuando se me lleva la contraria, es ponerme la mano en la frente, echar la cabeza para atrás y simular un desmayo la mar de vaporoso.
Mis problemas (si es que se le puede denominar así a lo trivial) han ido dependiendo del momento. Sobrellevar una adolescencia, los estudios, el trabajo, convertirme en "alguien"... El amor, el amor, el amor. Tener una casa, cargar con una hipoteca, pagar facturas. Trabajar, trabajar, trabajar... Conseguir dinero para más tarde gastármelo a mi antojo. Viajar, viajar, viajar...
Y mis relaciones, siempre centro y eje principal de mi vida, las que me han hecho tomar decisiones tajantes, locas e incluso divertidas. Mi principal fuente de problemas, de energía y alegrías. Encontrar el amor, perderlo, reencontrarlo, vivirlo, llorarlo, odiarlo...
El amor, viajar, el dinero, el amor, el trabajo... Uf. Yo que siempre he pensado que llevaba una vida intensa, nunca imaginé que lo mejor estaba por llegar...
El caso es que siempre he tenido algo entre manos de lo que preocuparme. Si no tenía dinero, tenía amor, pero si tenía amor y dinero entonces no tenía el trabajo adecuado. Cuando creía tenerlo todo, me buscaba alguna inquietud... y si no la encontraba, me la inventaba.
Y resulta, que de un tiempo a esta parte, mi vida era plena y yo estaba encantada de que así fuera. Había llegado el momento de disfrutar de lo que, en teoría, tanto me había costado encontrar y lograr.
En el amor no podía estar mejor, el dinero no era algo de lo que tuviera que preocuparme, mi trabajo el aceptable, físicamente me veía mejor que nunca, las uñas no se me rompían y mi pelo estaba la mar de brillante. ¿Acaso se le puede pedir más a la vida?.
Y un día, de la forma más tonta, me veo haciéndome un reconocimiento ginecológico de rutina. Y ese día, de la forma más tonta también, siento en mis carnes que algo no marcha del todo bien.
Días después, sin comerlo, beberlo y mucho menos esperarlo y mientras me doy cuenta de que no me está gustando nada la cara de la ginecóloga. Sólo pude oír: bla bla bla, no te preocupes, bla bla bla, cáncer de útero, bla bla bla, células atípicas, bla bla bla, no tienes de lo que preocuparte...
¡¿Qué no tengo de lo que preocuparme?! La enfermedad más grave que he sufrido, ha sido una resaca de espanto y ¿¡tú me dices que no tengo de lo que preocuparme!?.
Estaba claro que no sabía con quien hablaba, si he logrado hacer un drama, remover cielo y tierra por algo infinitamente menos importante, con esto, te aseguro que yo, reina de la tragedia, puedo montar el número más grave de la historia del celuloide.
Y así fue...
Yo, adelantándome a los acontecimientos, poniéndome en lo peor, lamentándome por mi sensatez al no haberme quedado embarazada con 16 años (o, en su momento, de la persona no adecuada) y llorando por los rincones, no supe como canalizar todo eso.
No, mi útero no por favor. Eso es un golpe bajo.
Durante estos días, sólo he sabido buscar información sobre lo que tengo (craso error, demasiada información no es buena), lamentarme y lloriquear. Pero, oiga usted, mis dramas también tienen un límite y ya me he agotado de ser la Magdalena. Por fin he conseguido afrontar que lo que tengo, ni es nuevo para la medicina, ni es nada que no tenga solución, ni tiene porque convertirse en algo irreversible.
Así que, como Ave Fénix, resurjo de mis cenizas y ya estoy (casi) preparada para todo lo que me echen. Me esperan tiempos de estar abierta de piernas más de lo que me gustaría y en escenarios y situaciones no idílicas... pero ¿quién dijo que la vida era fácil?.
"A Dios pongo por testigo que no podrán derribarme. Sobreviviré, y cuando todo haya pasado, nunca volveré a pasar hambre, ni yo ni ninguno de los míos. Aunque tenga que mentir, robar, mendigar o matar, ¡a Dios pongo por testigo que jamás volveré a pasar hambre!"
Hoy no salir en televisión es un signo de elegancia
(Umberto Eco)
No sé ni me importa quién ha sido la actriz más elegante en la ceremonia de entrega de los Oscar y la verdad es que me interesa bien poco quién era el diseñador del horrible vestido de Anne Hathaway.
Sin embargo, como carezco de principios, no puedo más que pararme a ver las fotos de las celebridades… y es entonces cuando me agarro un cabreo yo sola que no se lo salta un gitano. Parece que nos olvidamos del motivo de tanto despliegue de trapos. ¿Qué importa si la película era una ful de Estambul? Parece que lo que importa de verdad es si a Calista Flockhartle le hace falta un cocido o si el color del vestido de Amy Adams era el perfecto para su color de pelo y piel.
Creo que este año he superado mi propio récord viendo instantáneas de la ceremonia y, para colmo de males, sólo he podido asquearme viendo el cuasi morreo que se pegan Javier Barden y su madre: ¿Alguna vez alguien les ha hablado de lo que es el complejo de Edipo?. Hombre, por dios, que los demás también tenemos estómago…
El caso es que a mí ver ese tipo de fotos y/o revistas de belleza me hacen mucho mal. Dañan mi autoestima profundamente. Si un día salgo de casa viéndome más bonita que un San Luís y luego me veo uno de esos reportajes, cuando voy al baño y me miro en el espejo, sólo puedo ver el granazo que está a punto de salirme o comprobar que la celulitis que yo creía haber combatido, ahora se ha vuelto más evidente que nunca.
Y ya no digo nada si me veo un “Especial Culos” que de año en año saca alguna que otra revista, o me chupo un reportaje de la Pasarela Cibeles. Ipso facto me veo como una vaca polaca y tengo que comerme tres tabletas de chocolate y un litro de helado para combatir la depresión.. y claro, eso efectivo, lo que se dice efectivo, no es.
Sin embargo, las fotos que me ponen, las que me hacen sentir una tía estupenda, son las del tipo Britney Spears comiendo pollo con las pezuñas y limpiándose los dedos en un vestido de Chanel. A Sarah Jessica Parker sin maquillaje o la celulitis de Scarlett Johannson (porque tiene, que lo he visto yo). Es entonces cuando me siento humana, dichosa y maciza.
Dicho todo esto, reclamo reportajes más humanos, que alimenten mi ego (y el de más de una que me consta que es como yo). Fotos de mujeres de andar por casa. Reclamo el que semanalmente nos nutran con reportajes del tipo “Pierce Brosnan en la playa con Keely Shaye donde nos muestra orgullosa sus carnes como un cachalote en el agua” o, como el reportaje de nuestra querida Heidi en Trendencias mostrando a Katie Holmes con las tetas por la cintura.
Eso sí, pueden ahorrarse a Pilar Bardem morreando a su hijo…

No me digas que me quieres. Demuéstramelo
(Omage Jossy)
Tengo un novio que es más rojo que un clavel… y eso, aunque no lo parezca, me repercute muchísimo en el puñetero día de San Valentín.
Yo, sinceramente, creo que se hizo rojo para no tener que regalarme nada en el día de los enamorados. Es más, voy a atreverme a ir más lejos: creo que a los hombres se les educa para ser rojos y, de este modo, no tener que regalar nada en el día de San Valentín.
Esta teoría tiene, evidentemente, sus excepciones: aquellos tipos que mandan flores y compran regalos, suelen ser los que se han criado entre mujeres, los huérfanos de padre y los hijos de progenitores muy de derechas. No me pregunten por qué, es así y punto.
Al final, siempre es la misma historia… no sé como me lo monto pero yo siempre le acabo escuchando la misma cantinela chirriante sobre el capitalismo, el dinero, la industria, el comercio, etc.
Y, que quieren que les diga, no me lo trago… y no me lo trago porque, entre otras cosas, cuando termina de soltarme el rollo y yo aún estoy ojiplática intentando encontrar la relación entre el pobre San Valentín y Karl Marx, el colega va y se marcha a trabajar a un banco. Sí señores, han oído bien: a un banco.
He de reconocer que siempre he tenido muy mala suerte en lo que al día de San Valentín se refiere. Siempre me han tocado los rojos que, si no lo eran, se volvían unos pocos días antes del 14 de febrero en anticonsumistas radicales, activistas ecológicos y altermundistas que, sin saber lo que era, quedaba bastante bien como excusa para no comprarme una jodida y puñetera rosa roja.
Hasta la punta de la boina estoy de escuchar lo que sigue:
- El día de San Valentín es un invento de los Centros Comerciales
- No te sorprendo el día de San Valentín porque ya te sorprendo todos los días
- Prefiero hacerte regalos otros días sin que venga a cuento
- Para mí todos los días es el día de los enamorados
¡Anda ya!, eso se lo cuentas a otra que yo ya te tengo calado. Todas esas frases estarían geniales si fuéramos un poco consecuentes con lo que decimos y, entre otras cosas, tampoco compráramos en los Centros Comerciales en Navidad, Reyes, rebajas, el día de la madre, el día del padre y el día de la madre del cordero.
Por otra parte y en lo que se refiere a las sorpresas, ¿cuántas sorpresas crees que me das el resto del año? Hummm, déjame pensar: NINGUNA.
Y sí, queda genial eso de que para ti todos los días es el día de los enamorados pero da la casualidad de que para mí, el día de los enamorados es el 14 de este mes y, tomando la cita con la que empiezo este artículo: No me digas que me quieres. Demuéstramelo. Y si me lo demuestras con un viaje de fin de semana, con una de esas piezas de bisutería que tanto me gustan o con un ramo de flores reventón, tu testimonio tendrá más credibilidad.
Y, para finalizar, comunicaré a todos los interesados, que los ramos de flores gustan más si con ellos, la beneficiaria, consigue dar mucha envidia al resto de mujeres que la rodean.
Es decir, si le llevas un ramo de flores a casa, estará bien, pero si se lo mandas a la oficina donde todas sus compañeras puedan verlo y envidiarlo, entonces estará mucho mejor. Que a ti te parezca una horterada no es asunto suyo. A ella le gusta y punto.
Feliz Semana de los Enamorados.

Todo hombre tiene su precio, lo que hace falta es saber cual es
(Joseph Fouché)
Feministas, lesbianas activistas, moralistas coñazo, predicadores, catequistas, defensores de los derechos humanos, reformadores y/o todo aquel propenso al escándalo: dejad de leer aquí. Éste es un artículo escrito en forma de opinión personal y como siempre, caricaturizado y satirizado. La gente con tendencia a echarse las manos a la cabeza, mejor que deje de leer ahora y evitaremos comentarios desagradables.
A los amantes de la sátira, pasen y lean.
Hace unos días, en una cena que organizó una amiga, una de sus invitadas (una chica a la que yo sólo conocía de tan sólo dos o tres ocasiones), nos contó algo… y lo hizo llena de lágrimas. Ése “algo” que nos relató, me ha tenido reflexiva este fin de semana.
La amiga de mi amiga es una persona muy formada, habla perfectamente cuatro idiomas, tiene una ingeniería y es, cuanto menos, inteligente. Esta chica trabaja en una multinacional norteamericana…y a ésta chica su jefe, le ha hecho una proposición deshonesta. Resumiendo: el Director General de la empresa donde trabaja, le propuso que a cambio de favores sexuales, ella sería ascendida de forma automática y le daría unas condiciones laborales y un suelo con el que ahora no cuenta ni por asomo.
Esta chica contestó que, por supuesto, no iba a acceder a tal vejación. Se va a despedir de la empresa y pretende tomar medidas legales. Intentará demostrar lo indemostrable y quiere dejarse el pellejo en hundir a ese maldito cabrón. Ésta chica, no para de llorar y tiene un disgusto que no se lo salta un gitano.
La verdad es que la veía llorar y se me partía el corazón. Pero que conste que, sintiéndolo mucho por ella, yo, desde aquí, quiero hacer un llamamiento a ese señor y también al Presidente y Director General de mi empresa:
¡YO QUIERO TENER UN JEFE ASÍ!
Sí, yo quiero un jefe así, de hecho ahora mismo es lo que más deseo. No puedo dejar de pensar en ello. ¡Yo le cambio mi jefe por ese Director General a la voz de ya!.
Si me pongo a analizar, me doy cuenta de que el día que menos trabajo, hago 9 horas. Lo normal es que me tenga que comer un sandwich o una ensalada en mi puesto de trabajo. Lo más normal es que no pueda bajar a la calle a tomar un café y, el día que lo hago, mi móvil no deja de sonar. Lo normal es que haga 12 horas diarias y, os aseguro que como siga mucho tiempo así, yo acabo con camisa de fuerza y unas gafas de culo de botella de dejarme los ojos frente al ordenador.
Tengo un trabajo en el que mi teléfono no para de sonar (¿sabéis lo que estresa eso?). Me entran una media de ochenta e-mails diarios que debo dejar contestados. Mientras, suelo tener una reunión cada dos días de mínimo cuatro horas en las que me suelen caer marrones por doquier que me fastidian el planning hecho. Por otra parte, he de hacer viajes relámpagos que me consumen cada vez más (viajes que me hacen estar pringada todas las horas del día salvo en las que estoy durmiendo que, todo hay que decirlo, suelen ser muy pocas).
Hago una media de 25 horas extras al mes que, por supuesto, no me pagan. Mi sueldo es bastante miserable y tengo más responsabilidades y disgustos de los que debería. Eso sin contar que las vacaciones las cojo cuando lo decide mi jefe, que mi despacho da a un patio interior lleno de ruidos y que si caigo enferma, igualmente tengo que sacar el trabajo.
Y digo yo…: ¿todo eso puedo solucionarlo con una mamada felación?. Por favor, lo SUPLICO, que alguien me diga cómo, cuándo y dónde he de hacerlo. Chupo y hago lo que sea necesario. No quiero perder esa grandísima oportunidad de oro a cambio de un ascenso, mejores condiciones y, por descontado, más dinero.
Por favor, Presidente y Director General de mi empresa, escúchenme bien: hay un señor de una multinacional norteamericana que hace proposiciones muy interesantes y que nada tienen que ver con las tonterías que ofrecen ustedes tipo “apartamentos de verano o clases de idiomas”, ésas ofertas se las pueden meter ustedes por donde les quepa, a mí me interesa infinitamente más lo que ofrece el otro señor.
Yo hago el favorcito una y tres veces, no me importa, de hecho prometo poner todo el interés y buen hacer que pongo a diario en este trabajo. Supongo que por mucho que tenga que chupar y por muy lento que sea, va a ser imposible que me tire las 12 horas que de media echo aquí.
También pueden sodomizarme como hacen ahora, pero háganlo de forma literal. ¿O les parece qué no es suficiente forma de dar por el culo sodomizar el domingo que me llaman mientras estoy en el cine, la llamada urgente de las once de la noche de un lunes o el viaje que me ponen cuando yo ya tenía un fin de semana planeado?
Por favor, háganlo literalmente y, a cambio, dejen que me vaya de vacaciones cuando quiera, pueda salir a mi hora y desconectar los fines de semana con un sueldo digno.
¿Por abrirme de piernas un rato van a darme mi merecido ascenso?. Ok, perfecto, acepto el trato. Abro lo que haga falta y hasta les hago las piruetas de El Circo del Sol. Tanto ustedes como yo, nos vamos a ahorrar un montón de trámites y problemas. Cuándo ustedes me digan, quedamos para los frotamientos y para firmar mi nuevo contrato. Si tengo que esperar a que me lo den por mis propios méritos, puedo morirme del asco; así que hagámoslo por el camino fácil: follando haciendo el amor. A mí me parece una idea estupenda.
¿Ustedes consideran que tengo un sueldo digno?. Si tenemos en cuenta que paso tanto tiempo trabajando que no me queda tiempo a gastar dinero, entonces sí. Pero si por una mamadita felación a mí me triplican el sueldo, les aseguro que va a ser la mejor que les hayan hecho en la vida. Ya me encargaré yo de gastar mi dinero en psicólogos si hace falta, ustedes no se preocupen por eso.
A mí me parece que tal intercambio de favores es un trámite estupendo y lo tomo como un camino rápido y fácil: una forma de atajar. Yo ya sé cuanto valgo y si yo no pongo en duda mis cualidades e inteligencia para desarrollar un trabajo con un buen cargo y un buen sueldo, que nadie lo haga por mí… y si alguien lo pone en duda, a mi plim, ya me encargaré yo de demostrar mi valía profesional.
Medítenlo, piensen que no todas están dispuestas a esto, y porque dentro de unos años dejaré de ser atractiva y ya me habré cansado de demostrarles, durante doce horas, cinco días a la semana, todo lo que valgo. Si no lo hacen ustedes, tendré que echar mi currículo en una multinacional norteamericana y cruzar los dedos para que me acepten: o arrodillarme y hacer de tripas corazón.
Ya saben donde estoy: al fondo a la derecha, en el despacho interior de la cuarta planta. Espero impaciente sus proposiciones deshonestas.
A sus pies.
El secreto de un matrimonio feliz es perdonarse mutuamente el haberse casado
(Sacha Gvitry)
Casarse es una ordinariez y celebrarlo, aún más.
Lo mismo da que se case Paulina Rubio, Eva Longoria o tu prima Pili la de Cuenca, al final, siempre es más de lo mismo. Da igual lo original que se quiera ser celebrando el bodorrio porque, casarse, hace centenares de años que dejó de ser innovador. Rara será la vez que nos encontremos con algo que no hayamos visto antes.
Varían los presupuestos, el lugar y los novios (a veces ni eso), pero los denominadores comunes siempre están ahí: las tías, las abuelas, las adolescentes vestidas de mujer y las mujeres vestidas de adolescentes. Los tobillos hinchados, los chales, las gasas y, como no, el satén. El sudor que corre por la doble capa de maquillaje, los tacones insoportables y el dolor de pies. El borracho de siempre, los amigos gritones, las apariencias y el cotilleo. Las flores naturales, los pelos enlacados, los moños de peluquería de barrio y las medias reductoras.
Los éxitos del verano (del verano del 78, del verano del 85, del verano del 06…)
No puedo olvidarme de las copas, de las barras libres y de la comida en abundancia. Ni de las perlas, las manicuras, los litros de perfume y los bronceados de última hora y, como no, del invitado especial en todas las bodas: del niño que siempre llora en mitad de la ceremonia.
Cientos y miles de fotos que quedaran para la posteridad, despliegues de cámaras digitales, de sonrisas falsas, familiares reencontrados y coches recién salidos del auto lavado.
Puedes hacer una boda multitudinaria o en petit comité, puedes celebrarlo en una masía, en un castillo o en un salón de bodas chapado a la antigua. Puedes creerte innovador y celebrarlo en la playa o en el ático de un hotel. Podrás celebrarlo con vistas a la ciudad, en una casa rural o en un restaurante de lujo. Puedes hacer que salga una tarta del techo llena de bengalas o contratar a un cantante de moda para que amenice la fiesta. Podrás sentirte una persona dichosa, pero la historia se escribe así: ella tendrá sus dudas el día de antes y él tragará saliva en el altar.
Recolectarás dinero o lo perderás, harás un viaje hortera a Cancún o te inclinarás por el turismo de “aventura” yendo a Birmania. Pondrás tu foto de boda en un marco de plata o, creyéndote el más moderno, pondrás un montón de ellas en un marco digital. Amargarás la vida a tus colegas enseñándoles las fotos de la ceremonia olvidándote de que ellos también estuvieron allí. Creerás que una larga vida llena de niños, felicidad y domingos por la mañana con tostadas te está esperando pero, hagas lo que hagas, y sientas como te sientas, estarás cometiendo un desacato a tu independencia y libertad. Habrás firmado (en el 99% de los casos) un régimen de bienes gananciales que significa que, en caso de ruptura, tendrás que dividirlo todo entre dos.
Podrás pretender que los invitados te paguen el convite y también el viaje de novios, pero no estarán para pagarte el abogado que llevará tu divorcio. Podrás darles los mejores langostinos y el menú más elaborado, pero cenarás solo el día que descubras el móvil de tu pareja llenito de mensajes cariñosos que no iba dirigidos precisamente a ti.
A mí, personalmente, no me gustan las bodas, me gustan más los divorcios. He vivido más divorcios que bodas y, estos últimos, me resultan mucho más alentadores y positivos. A los que se casan, ya saben lo que les espera: una vida (en teoría) juntos. El divorciado no sabe que hacer con su vida y un montón de planes y recomendaciones le rondan por la cabeza. La persona casada ya sabe (también en teoría) con quien se va a despertar sea cual sea el día de la semana. El divorciado no lo sabe ni lo quiere saber.
Reconozco que para nosotras es muy tentadora la idea de vestirse de princesita y de ser el centro de atención, pero no es buena la idea de pasar por eso a cualquier precio. Aunque os suene a loca de atar, os recomiendo lo que yo hice hará cosa de un par de años: me compré mí propio vestido de novia sin ningún ánimo de casarme.
Me enteré de que una tienda de alta costura ponía en venta, a muy buen precio, vestidos de novia de la temporada anterior de, nada más y nada menos, Lorenzo Caprile y allí me planté, con mi santa impaciencia, a probarme todo lo que me pusieran por delante. ¿Por qué renunciar a tener mi propio vestido de novia sólo porque no quiero casarme?.
Fue una de las mejores adquisiciones que he hecho en mi vida: me satisfizo todo lo que yo pretendía y vistió mi desmedido antojo. De tarde en tarde me lo planto y me estoy un rato con él: me miro al espejo, me recojo el vestido a lo Sissi y puede que hasta haga alguna reverencia gratuita a alguno de mis gatos cuando me los cruzo en el pasillo. Si tengo que hacerme la cena, pues me la hago con el vestido puesto, porque el día que decido ponérmelo, me cuesta mucho quitármelo. A veces me pongo a ver la tele con el o puede que hasta ponga una lavadora. Hago todas esas tareas aburridas que se tienen que hacer pero que, hechas vestida de blanco y de largo, se tornan de un ligero color púrpura.
Puestos a confesar, revelaré que el vestido de marras no sólo me ha servido para hacer tareas domésticas: en un par de ocasiones ha sido partícipe de divertidos jueguecitos sexuales que pocas novias, el día de su noche de bodas y con un marido borracho en la cama, habrán podido disfrutar.
Con todo esto te digo, a ti, mujer, que no te cases por vestirte de blanco o en su defecto para comprarte un gran trapo. Si es eso lo que quieres, cómpralo, póntelo y disfrútalo. Siempre y en cualquier caso, te saldrá más barato.
Con todo esto te digo, a ti, hombre, que no te cases porque tengas beneficios fiscales. A la larga, esos beneficios se volverán contra ti y se convertirán en horribles monstruos que no te dejaran salir de casa.
Pero que nadie se equivoque, yo estoy a favor de la vida en pareja, del compromiso y de las tostadas con mermelada de fresa los domingos por la mañana, pero no de la necesidad de un acto hortera y poco original, ni de la obligación de firmar un contrato, ni de dar a quien no se lo merece y a quien se ha convertido en un agua pasada, lo que siempre ha sido tuyo.
Y el gustito que da decir que NO a la pregunta ¿quieres casarte conmigo?. Seamos originales, señores. El NO también existe.
(Ah, y ¡Feliz 2008!)

Tengo días que me siento Lucifer. Y no es que haga nada del otro barrio: aún no me ha dado por robar las pensiones de la tercera edad ni por maltratar animales (dios me libre). No fabrico cócteles molotov en mi casa y nunca he echado cicuta en la sopa de nadie (aunque ganas no me han faltado). Manifestarme me da pereza y los sindicatos ni te cuento.
Si cojo el transporte público, y aunque tenga un dolor de pies que se me refleje hasta en el ojo izquierdo, cedo mi asiento a embarazadas y personas mayores.
Pero oiga usted, una tiene su paciencia y, cuando la sobrepasan, suelo tener una ligera tendencia a convertirme en Satanás.
Bien es verdad que sacarme de mis casillas es relativamente sencillo. Por ejemplo, basta con que me des golpecitos en el brazo mientras me hablas o que invadas mi espacio vital (hay que evitar, en la medida de lo posible, hablar tan cerca de tu interlocutor que se pueda averiguar por el olor del aliento, que se cenó la noche anterior).
Pero si hay algo que realmente me desquicia, es que me interrumpan cuando estoy en pleno proceso creativo. Una vez lo puedo soportar, dos también, pero a la décimo cuarta, los ojos se me inyectan en sangre y echo tanta espuma por la boca que parezco un extintor.
Creerme si os digo que una hiena a mi lado, es como un ternerito.
Intentar trabajar una mañana desde casa es poco menos que imposible. No sólo porque los malditos carteros comerciales llaman al telefonillo cada 5 min. y porque todos los empleados del gas, agua, teléfono y un tropel de mensajeros, llaman a mi puerta, sino porque un día tuvimos la brillante idea de poner teléfono fijo en casa y nos castigaron con un número heredado que, para más INRI, acaba en 00 y es como la centralita del teléfono de la esperanza.
Así que me inspiración suele verse truncada con frases del tipo:
- No, se ha equivocado
- No, está llamando a un domicilio particular
- Lo siento, esto no es una clínica
- Que no, señora, que no me sé el teléfono de ninguna inmobiliaria
- Que no, joder, que esto no es ningún centro comercial
- Siento ser yo quien se lo diga, pero sus dedos marcando en el teclado deben ser como pollas, porque es la tercera vez que ha marcado mal el número…
- ¿Yo? ¿grosera yo?
En un ataque de desesperación, pensé que lo mejor era seguirles la corriente. Ya que no podía luchar contra las equivocaciones, me aliaría con ellas. De ese modo, al menos pasaría un rato entretenido y comprobaría cuán lejos podía llegar con mis dudosas dotes de actriz.
Y sí, pasé un día entretenido, pero ahora no sé que hacer con todas estas citas. Creo que en mi vida, tuve una agenda tan apretada (amén de que jamás me he sentido tan polifacética).
- El próximo miércoles tengo que hacer una citología vaginal a las 10:00 hrs. Por la tarde, haré una colposcopia y dos ecografías abdominales
- El jueves por la mañana una resonancia magnética y una prueba de contraste
- Tengo un recado para el Sr. Molinero: que el Sr. Aguilar Fischer no podrá asistir a la cena del día 22
- El día 21, a eso de las 12:00 hrs, Dª Consuelo Girones vendrá a buscar su pedido de langostinos y gambas… y no sé como hacerlo, porque las quiere tan buenas como las del año pasado
- También tengo reservado el Salón Giralda de un hotel
- Y tengo que mandar un presupuesto de calendarios para el 2008 antes de mañana a las 12:00 hrs.
Sólo un señor me cazó, enseguida supo que yo no era una trabajadora de Iberdrola, la verdad es que me entró la risa, no lo pude remediar.
Mira que listos son cuando quieren, ¿eh?
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