

El frío —cero grados— y la nieve caída durante la noche no frenaron el entusiasmo de los miles de ciudadanos que quisieron darse cita en torno al Palacio Real y las calles adyacentes por donde debía pasar la comitiva la mañana del 15 de diciembre de 1960, hace cincuenta años.
Eran las siete de la mañana y ya estaban prácticamente llenas las calles por las que tres horas más tarde pasarían los vehículos del cortejo nupcial. Los invitados ocuparon sus respectivos lugares en el interior del Palacio Real. Y poco antes de las nueve hizo acto de presencia el vehículo negro en el que viajaba el rey Balduino, que vestía para la ocasión el uniforme de comandante en jefe del Ejército belga. La Sala del Trono se encontraba ya dispuesta, abarrotada de acuerdo con el protocolo previsto, a la espera de la novia, para formalizar solemnemente el matrimonio civil de los contrayentes.
Minutos antes de las diez, la hora prevista, hizo acto de presencia Fabiola de Mora, que exhibía la diadema de la princesa Astrid -madre del rey Balduino- cuyos brillantes representaban las nueve provincias belgas.
El traje de seda blanca y de larga cola, sencillo y elegante —como lo interpretó Balenciaga, en armonía con el carácter de la española—, que se ceñía ligeramente al cuerpo, fue la atracción de todas las miradas. Ambos avanzaron lentamente, con paso firme y majestuoso, hasta situarse ante la presidencia del salón. El burgomaestre de Bruselas, Lucien Coormans, se situó en el centro de la escena para iniciar la ceremonia del matrimonio civil. Y tras leer los artículos correspondientes del Código Civil, Coormans se dirigió al monarca:
«Señor, ¿declara Su Majestad tomar por esposa a doña Fabiola Fernanda María de las Victorias Antonia Adelaida de Mora y Aragón?».
Balduino pronunció un oui firme y sonoro.
«Señora, ¿declaráis tomar por esposo a Su Majestad el rey Balduino Alberto Carlos Axel María Gustavo, príncipe de Bélgica?».
Oui dijo Fabiola de Mora y Aragón, en francés, un sí en francés que no dejó lugar a dudas sobre cuál era su deseo más íntimo.
La ceremonia civil concluyó. Los saludos y las felicitaciones se prolongaron y la salida hacia la catedral de San Miguel y Santa Gúdula se retrasó más de lo previsto.
La calle era una fiesta, con numerosos tonos españoles. Eran ya más de las doce del mediodía. Sonó el himno nacional belga y en la calle estallaron los ¡vivas! al descubrir a Balduino y Fabiola en el gran vehículo negro que iniciaba majestuosamente su camino hacia el templo, seguido del centenar de coches que formaban parte de la comitiva. De la Plaza Real belga, en dirección al Bulevar de la Emperatriz, miles de agentes con traje de gala trataban de mantener despejada la calzada. El vehículo nupcial se paró en frente de la catedral. Fabiola bajó lentamente, para permitir el ordenado despliegue de la larga cola, que inmediatamente fue sostenida por los diez pequeños encargados de ayudar a la novia en esta tarea. Balduino se unió a ella del brazo y comenzaron el ascenso por la escalera de la catedral.
Una mirada hacia atrás descubrió a los contrayentes un mar de colores, entre los que predominaban el rojo y amarillo de la enseña nacional española; y cientos de fotografías de la nueva pareja real belga. El murmullo se intensificaba a medida que se descubría en toda su dimensión el traje de la novia, mientras se sucedían los saludos entusiasmados, a voz en grito. Y sobre todo, la aclamación más repetida: «¡Viva la reina Fabiola!».
Arriba, bajo el pórtico de la catedral, el arzobispo auxiliar de Malinas, monseñor Suenens esperaba a los contrayentes, a los que saludó con su bendición. Y les mostró el camino hacia el altar mayor, tapizado de rojo por una larga alfombra, que recorrieron lentamente ante la atenta mirada y los saludos de los numerosos invitados. Ambos hicieron una cuidada reverencia ante el Santísimo y ocuparon sus respectivos lugares a la espera de que el cardenal Van Roey, arzobispo de Malinas y primado de Bélgica, iniciara la solemne ceremonia:
—Balduino, Rey de los belgas, ¿deseas libremente, por propia voluntad, contraer matrimonio con Fabiola de Mora y Aragón, aquí presente?
—Oui.
—Fabiola de Mora y Aragón, ¿deseas libremente, por tu propia voluntad, contraer matrimonio con Balduino, Rey de los belgas, aquí presente?
—Oui —dijo Fabiola de inmediato y con tono suave y firme.
El sí de los ya monarcas belgas fue recogido con todo detalle por las cámaras de televisión, que retransmitían en directo la ceremonia para todos los países conectados en esos momentos a la red de Eurovisión. Los potentes focos descubrían la belleza del templo, cuyos nervios de piedra aparecían salteados por cientos de claveles blancos.
Comenzó la santa misa, que fue oficiada por monseñor Danneels, sucesor de Suenens, y seguida con un visible recogimiento por los monarcas, muy especialmente en el momento de la comunión. La ceremonia finalizó con las felicitaciones, mientras sonaba el Magnificat de Juan Sebastián Bach. Al aparecer de nuevo en el pórtico catedralicio, las espadas de acero de los graduados de honor de la Academia Militar formaron un arco en homenaje al matrimonio, sonaron las ciento una salvas en honor de la Reina, volaron los pichones soltados al aire en señal de paz y repicaron todas las iglesias católicas de la capital, mientras las miles de personas allí congregadas —ya eran más de las dos de la tarde— entonaban con fuerza, al unísono, el nombre de Fabiola, a la que aclamaban como su reina.
Ya en el Palacio Real, los monarcas atendieron la demanda de los bruselenses, que solicitaron su comparecencia en el balcón. Eran casi las tres de la tarde y los invitados ocuparon sus respectivos asientos para compartir el almuerzo nupcial con los Monarcas.
Extracto de los capítulos 34 y 35 del libro Nacida para reina. Fabiola una española en la corte de los belgas. Espasa 2010, 3ª edición. 19,90 Euros. Fermín J. Urbiola.