Reconozco que el desayuno es una de mis comidas favoritas del dÃa. En un fin de semana, más. Y si encima hablamos del brunch, ya ni les cuento: paraÃso completo.
Sin embargo, me contengo. Con algo de pena, sÃ, pero me contengo.
Y eso que hubo un tiempo en que, con el argumento de que el desayuno es una de las comidas más importantes del dÃa y que hay que empezar bien el Ãdem, y asegurándome de que luego ya habrÃa tiempo de quemar todas las calorÃas ingeridas a lo largo de la jornada, me regalaba desayunos sustanciosos. Sin embargo, me dà cuenta de que el desayuno generoso tenÃa trampa, al menos para mÃ: incluso si me permitÃa una colación consistente, a mediodÃa comÃa igual que si hubiera desayunado poco. Y pensé, que, al menos en mi caso, si me permitÃa un desayuno potente acababa tomando más calorÃas que con otro más básico. Y decidÃ, muy a mi pesar, ejercer cierta contención por la mañana. Dado que me levanto pronto y almuerzo tarde, suelo desayunar dos veces (a primera hora y luego a media mañana), pero… un poco. Y discreto: algo de fruta y yogur. (Desnatado, claro: creo que si volviera a probar un yogur entero algún dÃa en mi vida me lo tendrÃan que volver a presentar porque no serÃa capaz de reconocerlo). Y, en ocasiones, sobre todo si salgo a caminar, algo de pan de centeno.
Ahora, la ciencia me ha dado una alegrÃa de esas tontas que a veces me da cuando algún estudio confirma una de mis “teorÃasâ€. (Que no son teorÃas ni nada, pero a mà me sirven para justificarme y darme tema de conversación a mi misma…) Según un estudio de la Universidad Técnica de Munich, hecho con 380 personas, de las que 280 sufrÃan sobrepeso y 100 estaban en normopeso, en ambos grupos, ingerir un gran desayuno sólo servÃa para añadir calorÃas al monto total diario. Independientemente de que tomaran un desayuno grande, pequeño, o que éste fuera inexistente, el consumo de calorÃas en el resto de las comidas se mantenÃa igual.
Este estudio se encuadra en cierta forma en lo que cada vez más médicos y especialistas en nutrición repiten, una y otra vez: la clave de la obesidad es, sobre todo, una fórmula matemática. Si ingerimos más calorÃas de las que consumimos, las almacenamos. Y lo hacemos en forma de grasa, da igual que esas calorÃas entren en nuestro cuerpo a las 10 de la mañana o a las 10 de la noche.
Por eso, con mucha pena, seguiré limitando mis desayunos y dejando ese pan tostado con mantequilla que tanto me gusta para ocasiones especiales. Y de los croissants, ni hablamos: esos sólo entran en el menú si – de verdad – los quemo. ¡Qué se le va a hacer!
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6
marzo 11




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