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junio 11

UN AMOR OLÍMPICO

CAPÍTULO VI

No fue Botín quien hiriera el fandanguero corazón de Bobarín, sino aquella descarnada y fugaz historia de amor  con Godoy el del Farias, un amor que nunca llegó a superar. Aquello casi termina con su vida, la cual salvó gracias a su vecino que no se llamaba Díos pero llamó a un médico que le aconsejó que se muriera lo mínimo posible y se tomara una aspirina.
Bobarín,que no se fiaba de los médicos,se puso dos rodajas de pepino en los ojos para verlo todo más claro ( he de recordar que por aquel entonces los pepinos no eran asesinos) y con aquellas rodajas calidoscópicas se le ocurrió ser campeona olímpica, que era una idea muy sencilla que se le ocurría todas las mañanas. Esta idea le surgió exactamente estando sentada en un banco con Teresa, una señora mediana de mediana edad, con la que solía hacer haikus que era otra cosa que hacía mucho y le sentaba muy bien en la silla.
“ La gallina pone el huevo
y yo me lo como,
la gallina, bueno ,
pues yo voy y lo pongo
que es muy zen”
Escribió Teresa, la señora mediana de mediana edad, haciendo su haiku.
-Eso no es un haiku, más parece una cosa de esas que hacía Pepín Bello que se llamaban anaglifos y él debía de ser fontanero chino- Añadió Bobarín  que no estaba para haikus – A mi lo que se me ha ocurrido con los pepinos es inventarme las Olimpiadas, toma esa Teresa, para ser campeona olímpica – dijo mientras le saltaban los pepinos de los ojos. ( Entonces Gallardón ya estaba en la cola de las Olimpiadas) Teresa felicitó a Bobarín y a los pepinos por la gran idea y se fué de este capítulo.
Como las Olimpiadas no se habían inventado ni un poco, esta idea mantuvo a Madame Bobarín muy ocupada y le distrajo de su mal de amores.
Para empezar tenía que inventar los países, que eran muchos y le salieron con nombres  muy raros, luego las medallas de oro, los anillos de colores, el lanzamiento de jabalina ( que en un principio era de jabalí pero siempre ganaban los vascos),el atletismo, las vallas…Desde luego era todo un invento.
Un día cuando lo tenía todo bien inventado llegó un señor que se llamaba Delfín y se le ocurrió inventarse las Olimpiadas. ( Toma esa Teresa) Bobarín que estaba muy cansada de inventarse cosas se enamoró de él, ya no quería ser campeona olímpica, solo quería casarse con Delfín, porque se había inventado todo lo que ella se había inventado y encima lo había patentado, a demás estaba segura de que con ese nombre iba a ser el último y definitivo amor de su vida.
Por desgracia Delfín tenía una mujer que se llamaba Jacinta y una amante que se llamaba Fortunata y un biógrafo que se llamaba Benito Pérez con dos galgos que nunca le dejaría casarse con Bobarín.
Bobarín desesperada raptó a Delfín que finalmente le agradeció el haberle sacado de tal engorro y se casó con nuestra dama en sus segundas nupcias y en Benidorm.
En Madrid los amigos íntimos se cambiaban con demasiada frecuencia así que Bobarín llamó a su amiga de toda la vida, Gavina, para que fuera testigo en su boda.
-Querido, te llamaré querido, para no confundirme, eres mi querido Querido quinto- le decía melosa a Delfín.
- Muy bien mi querida Bobarín pero tengo que decirte, eso si, muy cariñoso te lo digo, que sólo en tres días te has gastado mi sueldo de todo el año en sombreros-
- ¿ Hubieses preferido que me lo gastara en medias de hilo?-
- No mi amor, pero tenemos que hacernos unos análisis de sangre y de paso unos de cuenta bancaria- decía Delfín mirándose sus burbujeantes venas.
- Qué poco romántico eres Delfín, parece mentira- (eso ya sabéis quien lo decía)
- Además Zapatero ha recomendado recortar gastos y como sigamos así vamos a tener que divorciarnos-
Pero esto último Bobarín no lo oyó porque no le daba la gana.
Después de este bonito diálogo se fueron a pasear por la playa de Benidorm en el mes de agosto. “ Querido” se despistó un momento y perdió de vista a las dos amigas que iban hablando de sus cosas y sobretodo de las de otros que les entretenía más. Delfín buscó sin éxito a Bobarín entre aquél arco iris interminable de toallas, focas, mujeres, otros queridos y otras focas, pero como no la encontraba, le dio por morirse.
Bobarín cuando le echó de menos le echó de menos, luego lloró en el hombro de su amiga un rato y secó sus lágrimas con una hoja de su libro de Victoria Holt. Como buena adicta a las novelas románticas decidió que su extraviado esposo era un auténtico delfín que se había adentrado en la mar una vez habido conocido el verdadero amor, que era ella.

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