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abril, 2012


26
abril 12

Una pieza fuera del programa

Gabina tras quitarse unos años de encima y ponerlos bajo el diván

Gabina tras quitarse unos años de encima y ponerlos bajo el diván

CAPÍTULO XXII

Allá por donde voy el escándalo me sigue.

Tirso de Molina y Madame Bobarín.

  Se oye el rumor de las calles, dentro de la milonga Bobarín vuelve a acercarse a la barra.
- Sáqueme el aire de esta copa con ese buen vino, por favor..
- Deje de tomar- imploró Agustín.
- Beber es una manera como otra cualquiera de rendir tributo a la virtud.
- Ande baile conmigo y no beba tanto.
- Yo no bebo mucho, bebo siempre que no es lo mismo.
- Corazón perverso olvide los bebercios y no desoiga la voz del amor.
- Descuide que en demasiadas ocasiones oigo esas voces y es duro acallar la voz del amor.
-  Se requiere un corazón muy intrépido para no temer esa llamada.
-  Aún ando recuperándome de la última decepción.
-  Ámeme.
-  No me toque las palmas que me conozco.
-  Le toco entonces un pie.
-  No siga, no suba a los tobillos que me desmayo.
-  Seamos entonces amigos.
-  No gracias, ya acumulo muchos de esos.
- Mujer, a mi se me pone convidarla a cenar, a bailar, a viajar…
- Uno que responde con cartera, eso ya es otra cosa.
- Menos mal, lo mío es suyo señora.
Esto enterneció a Bobarín que terminó ofreciéndole el brazo con guiño chunguero. Salieron a bailar a la pista pero cuando llegaba la hora de ejecutar el paso de los ochos la potencia de sus caderas hacía que el miriñaque llevado por la fuerza centrífuga lanzara despedida a nuestra dama fuera de la pista arrollando todo lo que se le ponía por delante. El resto de parejas chismorreaban molestos.
- Estas gallegas se toman el tango a chufla- decía una escuálida instructora de baile enfundada en pocos centímetros de tela.
- ¡Ay Agustín! Es ley de vida, una ofrece una pieza fuera del programa y el público queda bloqueado.
- Con el tiempo les terminará gustando y se pondrá de moda en los salones.
La profesora de tango, larga como una farola se acercó a la pareja con insolencia.
- Hagan el favor de abandonar la pista.
Bobarín que había descargado su peso y el de Agustín sobre una mesa respondió.
- Fuera de pista ya estoy, pero pienso volver hasta que controle ese dichoso paso, ¿ Si se ofrece usted a enseñarme? – tomó aire y continuó- A mi sólo me chulea el rey de los ochos, por cierto ¿Quién es el rey de Argentina?- Esta pegunta desorientó a la escritora de este relato, a su vecino y a la instructora de tango que desapareció llevada por una ventolera.
- Hace frío aquí dentro.
- Es el aire acondicionado.
- ¿Aire? Esto es viento del norte.
-¡Ventolera estoy yo por usted! Corra el aire, que la cercanía de su cuerpo me vuelve majara. Quisiera ser el padre de sus hijos.
- ¡Huy! A estas alturas no estoy dispuesta a hacer el sacrificio de multiplicarme, es usted un imprudente.
- A mi ver, la prudencia sólo corteja a la incapacidad.
- Me he quedado sorda del aire.
- Escucha usted lo que quiere, esquiva cobra de piropos.
- Señor, su cortejo me halaga, pero yo lo que necesito es centrarme y conseguir un trabajo para mi y para mi amiga Gabina.
- ¿Dónde quieren trabajar?
- Había pensado hacernos lavanderas, lavar las honras perdidas, el vino tinto con el blanco, los trapos sucios, las reputaciones, las manos a Pilatos…
- ¡Éxito asegurado! ¡Patente la idea antes de que alguien lea esto!
La pareja regresó a la pista con más fuerza, bailaban con los ojos cerrados chocándose con el resto de personas que bailaban con los ojos abiertos, lo que les hacía carcajear como niños y caer al suelo descuajeringados de la risa. Se hacían mucho daño pero nada importaba porque en el amor nada duele hasta que duele. ¡Pero qué bien lo pasaba así la tía!
En la barra Gabina continuaba pelando la pava con Meritorio.
- ¡Che papá sírvame otra copa!
- ¿Es el padre de usted?- preguntó asombrada Gabina.
- Es una forma de hablar, una expresión argentina.
-Che mamá póngame a mi otra copa- exhortó Gabina a la camarera.
- ¡Hija mía!
- ¡Mamá!- gritó Gabina mientras se fundían en un abrazo.
- ¿Pero no era usted huérfana Gabina?
- ¡Ya no!
- ¡Pero si esta madre es más joven que usted!
- Así me dura más que la última.
-Esto es inaudito.
-No diga palabrotas.
 Todos sabemos lo que es la juventud, incluso algunos saben lo que es una segunda juventud que era exactamente lo que estaba viviendo Gabina. Embelesada miraba tiernamente a los ojos de Meritorio y emitía ruiditos de felicidad. Meritorio la arrastró fuera de la milonga.
-Demonio tentador ¿A dónde me llevas?
-Te voy a subir al obelisco para ver la luna de cerca.
Y subieron al obelisco y casi tocaron la luna, Gabina se quedó en lo alto y Meritorio la invitaba a lanzarse.
- Salta mi amor que yo te recojo- Gabina saltaba, Meritorio la recogía y eran muy felices.
-¡Qué hermoso amor!
-Qué ganas de que nos casemos.
-Yo tampoco.
Planeaban ir a París para tirarse desde el obelisco Luxor de la Plaza de la Concordia, una plaza muy cordial donde guillotinaban a todo quisqui independientemente del régimen vigente. Había amanecido, sólo el piar de unos pajarillos turbaba la quietud de la calle Corrientes.
-Esto ya me resulta muy corriente, volvamos a buscar a Bobarín.
En la milonga Bobarín y Agustín descansaban sus bailes cuando se acercó el desalmado de Lázaro que parecía perseguirles por la ciudad.
-¿No me saluda?
- Que le salude su tía.
- Su tía lo será usted.
- Tenga usted juicio y no sofoque a la señora – interrumpió Agustín, pero Lázaro lo ignoraba con desdén.
- ¿Ya no dicto ninguna palabra a su corazón?
- ¡Canalla y tunante!, esas me dicta. Abandone la contienda no vaya a pagar juntas todas sus fechorías.
- Castígueme que me excita.
Por la voz de Bobarín pasó un trémolo sollozo. - No me robe el sosiego, se lo ruego- pero ya era demasiado tarde, an el momento que vio al gaucho el pecho de Bobarín rezumaba angustia. El hecho de que este hombre hubiera terminado con su ilusión primera y de una manera tan hiriente le había trastornado los cascos. Agustín apretaba su mano para que ganara en confianza. Lázaro insistía en incomodar.
- Discuta conmigo Bobarín que aún tengo cosas horribles que decirle.
- Haga el favor Lázaro, no hay pelea si no se incendia el aire donde reposan las palabras- recitaba Agustín.
- Qué tío cursi este panolis que te has buscado. Recuerde Madame los lazos que nos unieron el día del asado.
- Rotos quedaron esos lazos para siempre.
- ¿Y para nada más?
- Para siempre y para nada más.
- Hiera a un amante y hallará un enemigo- continuaba Agustín con ese prurito de hacer frases ingeniosas que acomete a los intelectuales.
- Eso quisiera.¡Bobarín mi enemiga!- contestó Lázaro relamiéndose.
- ¿Por qué quiere hacerme desgraciada?
- Porque herirla me da la vida.
- Es usted un sanguinario.
- No señora soy de Rosario.
- ¿Está usted sordo?
- Tan sordo que ni veo.
- No lo soporto más, me voy a tomar una caja de Espidifen.
- El Espidifen no mata.
- Yo no quiero matarme, es que me da dolor de cabeza con tanta matraca.
- Las mujeres sois como las veletas, sólo paran cuando se oxidan. ¿ Un poco de tres en uno Madame?
Gabina llego justo a tiempo para oír esto último y llevada por un huracán de furia la emprendió contra el gaucho, Bobarín interfirió el ataque impidiendo males mayores.
- ¡Déjame incrustarle en la silla de un porrazo!
- No lo haga Gabina o acabaremos todos en una Institución pública de dudosa comodidad.
- Qué labia tiene Meritorio, trae que le atizo.
- ¡Detente!- Gritó Bobarín.
- ¿Quién es ese?
- Un amigo muy pausado.
- Encantada- respondió Gabina.
- El gusto es mío.
Mientras todos en la mesa saludaban a Detente que entraba en escena muy despacito, Lázaro había vuelto a desaparecer.
Continuará

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10
abril 12

¿Para qué zarandear un panal de abejas?

Ama, espera, confía

porque no puede el que vence sin riesgo

decir que vence.

(Mercurio anima a Perseo) Calderón de la Barca.

                                 CAPÍTULO XXI

Bobarín y Gabina llegaron a un enredo de callejones en el oeste de la ciudad. A lo lejos sonaba un tango, parecía que no era tan contraria su suerte. Frente a la puerta de lo que creían un cafetín un anciano hablaba con su perro como si de un oráculo se tratara.
-¿Crees que hará frío esta noche Garufa?
-Guau, guau – contestó el perro al que gustaba repetirse. Bobarín interrumpió la interesante conversación.
-Perdone señor ¿En este sitio se puede bailar tango?
-¿No ven que estoy hablando con mi perro, quiénes se creen ustedes para interrumpirnos? Es usted…
- No me ladre. ¡Santo cielos qué mal envejece el mal humor! A mi también me molesta que hablen cuando interrumpo, pero a estos cuerpos les urge beber y bailar.
-¿Qué crees Garufa?- Preguntó el anciano a su perro oráculo.
-Lo urgente transciende lo inoportuno…- contestó el perro- Si quieren tomar y bailar están en el lugar adecuado, esto es una milonga.
-Gracias Garufa, entremos presto Gabina que el palique en la puerta sólo trae resfriados.
-Yo tomaré un vino blanco- dijo Gabina.
-¿Blanco? ¡El mejor blanco es un tinto!
-Pues sean dos tintos en vaso grande.
-Eso lo que es…es un vaso dilatador.
- O delatador…
Las dos amigas se fueron encendiendo con uva, Gabina que casi doblaba en edad a Bobarín se quitó unos años de encima y los puso debajo de la mesa, parecía una muchachita con su virtud y su carne prieta. En la mesa de enfrente un hombre que por ratos se rascaba la nalga y absorbía mate hizo un gesto con la cabeza invitando a Gabina a bailar. Gabina accedió azorada pero en un plin se dejó llevar demostrando su maestría, su soltura, su capacidad y su etcétera bailando tango.
-Olé, olé- aplaudía Bobarín.
-¡Qué rumboso es usted!- se animaba Gabina.
-Y eso que bailo tango…¿Y ustedes galleguitas a qué se dedican?
-A viajar, ahora vamos a tener que laburar porque estamos sin plata.
-Algo tendrán.
-El corazón para amar nos pesa, pero ni un peso.
-Ya somos unos cuantos millones, pero descuiden que la ley de los pobres es ayudarse.
-Pobreza obliga…Me está cayendo usted la mar de simpático, le ruego se siente con nosotras en la mesa.
Gabina y el simpático bailarín se reunieron con Bobarín.
-Encantado señora, Meritorio para servir a su amiga.
-Encantada, vaya sirviéndole otro vino qué bien lo merece.
- Si señora, buen vino gustamos en Argentina. Dicen que tenemos mejor carne que los ingles, mejor pizza que los italianos, mejor empanada que los gallegos y mejor vino que los franceses.
-No adivino quién lo dice…
-Yo adivino el parpadeo que las luces a lo lejos, van marcando mi retorno…- canturreó Meritorio clavando su mirada en los faroles de Gabina algo bizcos ya por la bebida y el baile.
-¡Ay Bobarín que este es de tu escuela! Me da a mi que me pretende.
-Déjate querer un poco Gabina.
-Si señora soy un hombre necesitado implorándole audiencia.
-Tenga mis oídos y mi atención pero también tenga en cuenta que este corazón octogenario tiene ya las paredes débiles.
-Déjeme alojarme en él y alicataré sus muros.
-Le aviso que es para usted mucho trabajo, habrá de hacer honor a su nombre.
Meritorio dobló el silencio con la mirada.
-Gabina, esos ojos suplican respuesta- animaba Bobarín a su amiga qué apenas acumulaba experiencia en amores y en tortillas de patata.
-Pues ale, sea usted el patrón de mi corazón en esta velada.
Al oír esto Meritorio sufrió un ataque de alegría cayendo fulminado.
-No se apure, le da por veces- apuntó el camarero.
-Pues esta vez parece la última- desespera Gabina mientras intenta levantar a Meritorio del suelo- No me deje en este valle de lágrimas…- rogaba desesperada a la bola de espejos que colgaba del techo. ¿Y Bobarín, qué hacía Bobarín en medio de este drama? Pues les voy a contar lo que hacía Bobarín. La mujer permanecía extasiada en su silla mirando al fondo del bar, desde donde un bulto de hombre se le acercaba, era Lázaro, el viril gaucho que había robado su corazón reventándolo con dinamita. Su rostro mudó de color y su voz arrugada demandaba botox con urgencia. Sin poder articular palabra permanecía como una piedra bloqueada ante el reciente recuerdo, ajena a otros desmayos. Mientras tanto Gabina hacía una friega de mate a su fulminado Meritorio bajo la nuca.
-¡Parece qué revive!- gritó Gabina.
-¡Parece que muero!- gritó Bobarín.
Lázaro caminaba del brazo de una hermosa mujer deslumbrando a nuestra dama con la delicada ironía de su sonrisa. Aquella ostentación de incomodarla, de ofenderla y maltratarla, tal vez estimándola, era más de lo que Bobarín podía soportar.
-¿Acaso finges quererme?
-En absoluto, fue todo una farsa, yo soy hombre de muchos amores.
-Empezando por el propio.
-Y terminando.
-Pues termine usted de una vez conmigo, cláveme sus puñales de acero. ¡Hiera, mate y huya!
-No sea usted dramática que me da lástima.
-Es todo lo que me queda para darle, a parte de un porrazo.
-No desistiré en molestarla hasta que me atice.
-¿Para qué zarandear un panal de abejas?
-Usted que se pica.
-¡Agárrame Gabina que le doy!
-¡Se impone la demencia!
-¡Gabina que me enajeno!
Pero Gabina estaba en otros menesteres. Meritorio despertó de su repentino letango, digo letargo, mientras la banda tocaba Volver. Con la mirada febril y borrosa se le iba apareciendo Gabina que le refrescaba la frente marchita, peinaba su sien plateada y soplaba para refrescarle.
- Es un soplo la vida…- susurró Meritorio acompañando al tango.
-¡Qué susto me ha dado!
-Tiene usted la expresión de la mujer que ha dialogado con los ángeles.
-Usted si que ha estado cerca de hacerlo.
Las historias se cruzaban haciéndose caso omiso.
-Por favor Lázaro, importune usted a otra dama, esto me va a matar- rogaba Bobarín al gaucho.
-Pues lo que le mata, le hace más fuerte.
-No es así el dicho- y dicho esto un apuesto caballero vestido de época que podría llamarse Paco pero sin embargo se llamaba Agustín acude a la mesa en su socorro. Bobarín cae al suelo medio bolinga ya sin fuerzas.
-¿Le están molestando señora?
-Ya me iba- dijo Lázaro tocándole el pandero a la mina que colgaba de su brazo.
El tercero en concordia abanicaba a Bobarín que recuperaba el color y un poco la compostura.
-Acepte mi gratitud caballero, gracias a usted y a Meritorio gano en fe hacia los porteños. A punto estaba de ingresar en un convento de arrepentidas.
-Pronto se le ha pasado.
-No voy a perder la fe a estas alturas- dijo Bobarín desde el suelo.
-Algunos amantes se creen soldados en guerra, creen en el revivir del amor tras la batalla.
-No era el caso, pero mi débil intuición le adivina a usted hombre de bien.
-Cualquier tierra puede dar hombres de mérito.
Bobarín brindó por ello terminando su copa.
-No tenemos remedio-acuñó Gabina.
-Me temo amiga que estamos llamadas a una suerte pareja con los hombres, yo por apego y tu por desapego.Brindemos por ello.
-No tome tanto señora.
-Bebo para sacarme un clavo del corazón.
Gabina vuelve a escena – Pues ten cuidado que a este ritmo se te va a salir hasta el de la cadera. El elegante Agustín asió a Bobarín con fuerza del brazo.
-¡Qué agustín!
-No se burle y baile conmigo, mujer fatal.
-Fatal lo estará usted.
 (Continuará)

 

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2
abril 12

La vida es una herida absurda

 

El mejor profeta del futuro es el pasado. Antonio Buero Vallejo

 CAPÍTULO XX

Bobarín observaba afligida el Congreso de Desocupados, hoy en día el trabajo es muy divertido, podemos pasar horas observándolo, unos porque no lo tienen pero lo quieren, otros porque no lo necesitan y otros lo observan cumpliendo el mito del funcionario mito más extendido que el de la caverna de Platón.
- Por estar en paro está hasta la Virgen que ya ni se aparece- dijo Bobarín.
- Pues yo he oído que sigue apareciéndose en Zaragoza, a Lourdes sólo va de vacaciones.
- Mira Gabina parece que van a volver a registrarnos por culpa de la Kalashnikov.
 La policía abrió el bolso de Bobarín y encontró más de 50 frascos de 100 ml.
- ¿ Y esto señora?
- Como no me dejaban traer mis botes de 200 ml los he dividido, este tan mono es ántrax, este cianuro, este cloruro potásico…
- Está bien pase, pase que tiene más labia…!
 Apenas traspasar la puerta de salida del aeropuerto toparon con un simpático señor asiendo un cartel que rezaba “ Perpleja”.
- Ese señor debe venir a por nosotras, Gabina.
- Buenas señor, soy Madame Bobarín la más perpleja, para servirle.
- Encantado, permitan que me presente, Lázaro, para guiarles a ustedes por donde gusten.
- Cómo me alegro porque nunca he entendido porque la gente de pueblo como yo disimulan su sorpresa y admiración al llegar a un nuevo país.
- Ustedes disfruten y pregunten lo que quieran.
 Era una hermosa y gorda mañana de verano en Buenos Aires, Gabina y Bobarín subieron a la furgoneta de Lázaro mientras contemplaban extasiadas el paisaje.
-¡Qué campos, qué vacas! No entiendo por qué las vacas argentinas viajan a Madrid teniendo esto- dijo Gabina.
- Tal vez no viajen por su gusto…
- Precisamente por su gusto me da a mi que viajan- añadió Lázaro.
- ¡Los solares que harán falta para hacer un campo tan extenso!
- ¡Menudo invento!
- ¿Y por qué tiene tantas vacas?
- Para que parezca un campo Gabina.
- Pero son muy caras, tal vez por eso deben compensarlo con margaritas que son más baratas.
- Si Gabina, las flores donde mejor están es en el campo, porque luego les da por ir a los nacimientos y a los entierros y no hay quién las aguante.
- Los campos ya no son como antes, hace apenas un mes la hierba me llegaba a la rodilla- infirió Lázaro mientras un labrador segaba los campos.
 Bobarín comenzó a sentir un leve cosquilleo en la región temporal que es donde ella siente el amor pinzándole el hipotálamo.
- ¡Ay Gabina que me ha dado!
- Bobarín pero si aún no hemos llegado a la ciudad, te habrán confundido las vacas.
- Ha sido Lázaro, su camisa de cuadros, su sombrero de gaucho, sus viriles manos al volante.
- ¿Decía señora?- infirió Lázaro.
- Comentaba la cantidad de camiones que recorren la carretera al corazón…
- ¿Disculpe?
- ¿Nos podría llevar a tomar un asado? Estamos hambrientas.
- Por supuesto les llevaré a lo de Mauricio, que hace los mejores asados de Buenos Aires pero hemos de dejar el vehículo e ir en colectivo.
- ¿Qué es un colectivo?
- Es un mueble gordo en el que se mete la gente muy apretada.
- Ah! Como el autobús.
- Exacto. Pero en el colectivo siempre cabe alguien más mientras no se demuestre lo contrario.
- Igualito, igualito lo tenemos en Madrid, pero a mi siempre me ofrecen asiento los caballeros temiendo que me siente encima de ellos.
- Aquí sólo se puede entrar de canto.
Aparcaron la furgoneta y viajaron en colectivo a lo de Mauricio. Para llegar antes cogieron el colectivo una parada después. Un frondoso jardín y una humeante parrilla acogió a nuestras protagonistas. Mauricio era un hombre fibroso y vegetariano que cocinaba “la chicha” como nadie.
- A mi deme costillas por favor.
- ¿Para qué sirven las costillas?
- No sé , para localizar los dolores, a mi me duele entre esta y esta.
-Eso es el corazón- dijo Lázaro.
-Si es que yo le amo con fervor, gaucho mío.
- Tengan señoras prueben este churrasco- infirió Mauricio.
- Qué lástima que esta vaca no esté más cocinada.
- ¿Está muy cruda?
- Creo que todavía respira.
 Mauricio como buen vegetariano al ver el rojo interior de aquella carne sufrió un desmayo.
- ¡Rápido, una transfusión de remolacha!
Consiguieron revivir a Mauricio, los pájaros cantaban, las vacas mugían en la parrilla y el amor se confundía con el suculento olor a carne mientras Bobarín pelaba la pava en lunfardo con el porteño Lázaro.
- Hermosa, si vamos a tener una relación insisto en que debemos discutir y partirnos el corazón para luego escribir un buen tango…
-Pero Lázaro yo nunca me he peleado con un señor.
-Entonces lo descubrirá junto a mi. ¿Hay algo más bonito?
- La peineta de la Virgen del Rocío. ¿Para qué pelear sino valen golpes bajos ni abrazos? Sepa usted que yo sólo quiero abrazar su masculinidad.
Pero el poder persuasivo del gaucho hizo que el amor del hipotálamo Bobarino terminara en discusión, sin persuadirse fue cediendo al capricho de Lázaro con el que por fin consiguió tener un litigio corriente. Si Bobarín decía blanco, Lázaro decía negro, si ella decía negro para agradarle, el decía que ella no tenía personalidad ni principios. Si el gaucho se ponía pelos rubios en la chaqueta para darle celos a la dama, Bobarín se cambiaba de peluca.
-¡Qué hermoso estar enamorada, mi cabello se ha vuelto adorablemente rubio!- estos incisos que pretendían apaciguar el ambiente sulfuraban más a Lázaro.
- Despierta Bobarín, soy un hombre libre y salvaje y de vez en cuando digo a mi amada que me voy a los Lagos de Sur, que es justamente donde no voy.
- Mi amor, mi dulce de leche, mi alfajor, yo haré que me creo que estás en los Lagos del Sur, incluso puedo enseñarte a ahogarte en un lago.
- Nada tiene que enseñarme usted pues yo todo lo sé y usted es una más del montón para mi.
-¿Qué es un montón, mi amor?- continuaba Bobarín completamente embriagada por la uva ciega del amor.
La intensidad de la disputa fue subiendo gradualmente, aquél gaucho no escatimaba en el grosor de los insultos, era realmente generoso.
- Bobarín lo que tiene que hacer usted es darme guita para que yo pueda invitarla- y Bobarín hipnotizada por sus ojos y sus napias quedó pescada en el anzuelo de su nariz perdiendo la cartera y la razón, que es lo que en ocasiones le hace a uno el enamorarse. La novedad ante el cisma la tenía perpleja, por fin conocía lo que era una vulgar pelea de pareja, era como perder la inocencia y volver a sus años mozos. Lázaro intentó robarle la autoestima pero Bobarín la tenía guardada en la faja y estaba sentada sobre ella.
- Me voy, marcho a los Lagos de Sur.
- Qué pesado con los Lagos del Sur, creí que me amaba-
- No señora, me ha querido demasiado en pocas horas y ahora me aburre.
- También pasa vicealcontrario, ¿ No me escribirá?
- No Bobarín.
- ¿Cómo voy a vivir sin sus faltas de ortografía?
- Como ha vivido hasta ahora.
- Hay que ver, no somos nada.
- Sobre todo usted. Adiós muy buenas.
- Hasta el año que viene- sollozó Bobarín allegando al hueso de una costilla mientras buscaba el calor y apoyo de su amiga.
- Me da a mi Gabina que viéndome ávida de cariño y ciega de amor éste Lázaro me ha engañado- dijo Bobarín rompiendo a llorar definitivamente.
- Has de ser cisterna Bobarín, no seas fuente.
- ¿Qué dices Gabina? Eso me suena al “be water my friend“ de Bruce Lee versión Gabina- dijo Bobarín esbozando una sonrisa.
- ¡Que contengas, que no desbordes!
Habíase secado el manantial de sus lágrimas cuando Gabina la abrazó ofreciéndole un poco de chorizo criollo.
- No sufras Bobarín, hace poco me enseñaste que la apariencia era un error del entendimiento, has querido ver lo que no era, a veces para ver hay que escuchar o comerse un pimiento.
- ¡Qué Dios te bendiga Gabina!
- Deja, deja que la bendición relaja demasiado y mira luego cómo acabas. ¡Que bendiga al chorizo…criollo!
Bobarín guardaba los restos que yacían en la parrilla en el interior de un tupper mientras canturreaba un tango en voz baja:
“La vida es una herida absurda,
y es todo tan fugaz que es una curda, ¡nada más!, 
mi confesión…”
Menos poseída ya de su ardiente pasión y generosidad, le puso una mantita a su cuenta corriente que se había quedado al descubierto y se fue con Gabina al centro a buscar trabajo.
Ilustración, Bobarín germánica preparada para viajar a la sierra de Córdoba, Argentina, antiguo gueto alemán. 

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