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11 Agosto 17

El torso

Tenía tan mala memoria que se olvidó de que tenía mala memoria y se acordó de todo.

Ramón Gómez de la Serna

MICROBOBARINATO

Homenaje a Elvis Rythmics. Acrílico sobre madera y pasta.

Son las cinco de la madrugada. Mi beoda cabeza lucha por recordar el nombre del que va a ser mi próximo relato: “El Torso”, por fin lo recuerdo. Entro en el portal repitiéndome esas palabras… El torso, el torso, el torso. Temo que se me olviden en la tercera planta, justo una antes de llegar a mi piso, eso sí que me da rabia. Una joven –de las que no quedan- me ha visto entrar en el portal y me espera en el ascensor con la puerta abierta. Me ha oído hablar sola. Una vez dentro del ascensor le explico que he bebido un poco –que en idioma vecinal quiere decir mucho- y que tengo una gran idea que no quiero que se me olvide, por lo que la repito en voz alta, pero al charlar con ella se me olvida. Le pregunto cuál era mi idea y me responde: “el torso”. La miro sorprendida. ¡Una vecina que habla en el ascensor! ¿Quién es esta joven tan creativa? No recuerdo cómo he vuelto a casa. ¿Qué has dicho? -le pregunto-. El torso -responde-. La observo admirada. La muchachita que habla sola ha tenido una gran idea; me callo con la intención de robársela mientras finjo que busco las llaves en el bolso.
El torso separado del cuerpo, un almohadón orgánico para abrazar que no de la lata, un lugar sin rostro dónde olvidarlo todo(…). Sin duda por ahí van a ir los tiros.
La llave nunca encaja a la primera, la pintura de la puerta está levantada en torno a la cerradura. El torso, el torso… -me repito-. Venga, ábrete, puñetera. Me he confundido de llave, otro intento, por fin consigo entrar. Corro a la habitación para apuntar algo pero es demasiado tarde, ya no lo recuerdo, no debía de ser muy importante, las ideas con el pedo se magnifican. Me tiro a la cama y me duermo abrazada a su torso.

 

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22 Junio 17

De la nostalgia por lo que no se tuvo

Hay personas que cada día amanecen a un vivo poema de nostalgia, otras, no menos pesadas, prefieren la lírica de la esperanza. No dan tiempo al presente para quejarse de ser subestimado. Como todos saben, mi auténtica madre me abandonó y la otra nunca vino. Tampoco he tenido hijos, porque son una cosa muy cara, pero esta mañana, cansada de no tener madre ni hijo, he acompañado a mi madre y a mi hijo a la estación de tren para despedirlos de una vez por todas y quejarme de otras cosas.
La despedida ha sido en la vía del Talgo. El TALGO es un tren ligero y rápido formado por vagones cortos que tienen dos ruedas traseras articuladas con la parte delantera del eje del vagón precedente. Desde luego, que la palabra se parezca a “galgo” es un apunte subliminal que nada tiene que ver con la realidad. Ha nevado mucho en la parte norte de España, por lo que viajan a Bilbao vía Ávila, que es la única vía que no tiene nombre de número.
La señora marquesa -a la que le gusta tener muchas cosas- no viaja nunca con menos de seis bultos, aunque en esta ocasión ha conseguido reducirlos a cinco y medio para poder agarrar la mano al niño con más seguridad. En realidad la aristócrata no tiene tantas cosas como aparenta tener; la mitad del equipaje está vacío. La marquesa suele caer al suelo cuando mi hijo la zarandea. Peludísima envuelta en su abrigo de lince se introduce en el vagón equivocado, entre el frondoso equipaje de mano lleva un gato que saca la cabeza de su estuche, parece la pieza que le falta al abrigo. De repente hay dos niños asidos a la marquesa que la llaman “Abu”; en cada viaje nos intentan colar a uno de estos mocosos. Los que tienen hijos se quejan mucho de tenerlos. Ahora debemos trasladar toda esta estampa al vagón más lejano. El tren se hace larguísimo cuando se mueve mientras tocan el silbato. Cuando el ferrocarril tiene muchos vagones el primer vagón llega a su destino antes de arrancar máquinas. El niño está dentro, el otro también -por si acaso-, así que empujo a la marquesa hacia el interior del tren mientras el gato finge ser la pezuña del abrigo para no pagar billete. Ella me grita, cuando vocifera yo callo para que se crea que tiene razón. Por fin se van, pero recibo una llamada a los cinco minutos; el gato no ha sabido jugar bien su papel y ha terminado pagando billete, la marquesa ha decidido que si el felino paga como uno más debe ocupar un asiento y lo saca de su estuche. La última noticia es que el niño y el gato están jugando a las apuestas en el vagón cafetería, acaban de apostar a ver si llegan antes de fin de año.
Al regresar a casa siento nostalgia por el perro que nunca tuve.

16 Mayo 17

Yo para ser feliz quiero un…“que me dejen en paz”

Esto de la felicidad no consiste en poseer y gozar, lo único que te hace libre es no desear lo que no se tiene, por otro lado la única ventaja que tiene no ser feliz es que se puede desear serlo. Dedico esta bonita historia a aquellos que viven para saber y saben para bien vivir, que es la única ambición sana y no se lo dedico a todos los que no hacen más que quejarse y dar la tabarra con sus pataletas sin valorar lo que tienen o no tienen, porque a veces vete tú a saber si es mejor no tener. A algunos  el dinero les afea muchísimo.
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“Familia de Carlos el del cuarto”. Colección privada Carlos de la Torre.

Hay personas que necesitan tener su propia casa, les gusta mucho comprarse cosas para tenerlas en propiedad pero luego se pasan el día dándote la turra con la suerte que tiene una de no haberse metido en una hipoteca. En otras ocasiones son sus hijos los encargados de dar la paliza al personal; estos mocosos son criados en el salvajismo porque sus padres estaban muy ocupados en ganar dinero para comprar cosas. En este caso los gemebundos progenitores envidiarán a los padres de los hijos bien educados por haber tenido tanta suerte con sus vástagos, como si los hubieran ganado en un tómbola ya enseñaditos. Cuando los padres ya tienen su casa y sus niños neandertales, sufren mucho porque no consiguen a nadie que los cuide cuando quieren ir a la ópera y se los dejan a servidora en su humilde apartamento compartido de alquiler. Dicen que nunca es largo el camino que conduce a casa de un amigo, que se lo digan al amigo. Pero eso no es lo peor. Cuando te traen a su hambrienta manada de vándalos no se van sin contarte que su vida es un horror, que se han quedado sin chica y se les jubila el mecánico, que el todoterreno se les ha quedado pequeño para tanta silla infantil, que los abuelos de los niños están mayores: una cosa muy rara “la de envejecer” que le pasa a esta gente. Todo esto le deja a una destrozada; con el alma partida miro hacia aquellas pobres criaturas con ternura y escucho: Eres fea y gorda.

14 Marzo 17

“El Tribunal Social” y “Amor octogenario”

El Tribunal Social

Decir que te gusta la soledad, aborrecer la masa, los grupos de WhatsApp y los smartphones, está peor visto por el tribunal social que acumular una decena de taras y parafilias, que también.

Madame Bobarín , el silencio nunca me agrede.

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Microbobarato#2

Amor octogenario. [Relato en un acto]

Llevo hora y media en el bar. Por fin aparece Gabina, que irrumpe en mi mesa con esa libertad sólo permitida a una amiga íntima. Mueve con torpeza la mano derecha, lastrada por un pesado diamante de dos quilates.
B: ¿Y ese pedrolo? ¿No te da miedo que te atraquen?
G: Mírame. Nadie puede sospechar que es auténtico. -Un largo silencio que oscila entre la risa y la lágrima es irrumpido por el camarero.
Camarero: ¿Qué vas a tomar?
G: ¿Usted y yo nos hemos acostado?
Camarero: No, señora.
G: ¡Ah! Como me habla de tú había pensado… Póngame un Bull Shot para celebrar.
B: ¿Te han caído otros cuernos?
G: No, no, hoy no. Creo. ¿No te da rabia cuando se te ocurren las respuestas lúcidas a toro pasado?
B: Me pasa poco, pero cuando me pasa, recuerdo las hermosas ocasiones de callar que a veces dejamos pasar. Intuyo en ti esa desazón…
G: No, de verdad –cuando Gabina dice eso significa: Sí, sin duda-, a mi no me importa que los hombres me fastidien.
B: Ya, lo que fastidia es que sea siempre el mismo.
G: ¿Tienes una receta para la monogamia heterosexual?
B: Para eso, lo mejor es hacer creer a tu pareja que es él el que manda.
G: Pero eso está muy manido y si hacemos los dos lo mismo… Al final, ¿quién manda?
B: Es que eso no es relevante, la cosa no consiste en mandar, ni en ganar. Consiste en disfrutar, entonces ambos ganan. A ver, ¿tú qué le pides a una relación?
G: No tenerla. ¿Y tú?
B: A estas alturas: sólo paz -esas dos palabras condensaban todo el poema de mi amor.
G: ¿Y lo has conseguido?
B: Bien sabes que no.
G: Entonces eliges mal, eso es que tú tampoco quieres una relación.
B: La edad de la inocencia siempre es truncada por un desengaño, eso no perdona a ninguna. Después, el amor lo escribe la fatalidad y siempre se ignora el desenlace.
Camarero: Aquí tienes.
G: ¿Usted y yo nos hemos acostado?
Camarero: Sí.

01 Marzo 17

Es sólo papada y lo llaman perversión

Microbobarato #1

microbobarato

                 “Las tres desgracias”. Acrílico sobre lienzo por G.Royo-Villanova.                                        Colección privada Carlos de la Torre.

No se puede exigir que la respeten a una si no se es flexible con las ideas de los demás y se intenta comprenderlas aunque uno no las comparta; por supuesto que siempre está más bueno el bocadillo casero pero a veces hay sabores nuevos que sorprenden gratamente. La sociedad está encorsetada con convencionalismos kitsch pasados de moda que ni siquiera tienen el encanto del vintage. Como soy gorda, porque lo soy y así se llama -no es que tenga pecho por delante y por detrás-, aborrezco vestir traje entallado, ya que obliga a llevar corsé. Cuando una se encorseta todo se sale de su sitio. Claro, la carne tiene que estar en alguna parte; si se aprieta por un lado, sale por otro y cuando me embuto en un aparato de esos se me sube el pecho a la boca y me quedo sin garganta. Lo mismo sucede con las sociedades castrantes. Les advierto: si se reprimen los deseos más primigenios éstos terminan saliendo por la papada.

24 Febrero 17

El asentamiento del Dos de Mayo

Madame Bobarín detendrá la publicación de su biografía “La Historia casi real de Madame Bobarín” por causas casi irreales para dar paso a sus experiencias cotidianas a tiempo real. Y tales son esas razones, de una y de otra parte, que no sólo nos interesa a nosotros decirlas aquí, sino que acaso también interese al público conocerlas. En primer lugar, embargados por la imperiosa y acuciante necesidad de cuestionar esta sociedad distópica -poco funcional para los valores individuales-, procuraremos seguir dejando en evidencia y sin tapujos la débil estructura de los convencionalismos. Los hechos y su anhelo por entrar en entredicho no perderán la inequívoca perspectiva surrealista, que nos lleva a ver el mundo común de manera no común en esta aventura que emprendemos en busca del hombre sin artificio. La otra razón que nos obliga a esta decisión es que acabamos de comenzar la novela que se publicará para que lo amables lectores de Bobarín puedan adorar el objeto, leer sus aventuras en papel, utilizarlo como arma de autodefensa o calzar una mesa. Debido a la desazonadora pobreza energética y temporal que oprime al autor -que es mujer pero gusta vestir corbata prieta-, Bobarín echará mano de los archivos mentales, siempre renovables, del humorista, que -aburrido y al borde del suicidio- vive con la única esperanza de sorprenderse a sí mismo miserabilizándose sin pudor alguno. Como venimos haciendo, fisgaremos en el disco duro del pobre infeliz, donde se acumulan los mismos datos que le vienen obligando a decir alguna tontada en el momento menos oportuno, como si se tratara de un chiste espontáneo. Textos en los que el descorazonado artista se creyó útil, letras en las que recobró la vitalidad creyéndose dueño de las experiencias de Bobarín, que a partir de hoy robará definitivamente la dignidad al antihéroe, prescindiendo de sus servicios para escribir ella misma en primera persona y de modo sucinto sus devaneos. No obstante, Bobarín rescatará del autor ese algo litúrgico en su humor que aumenta la propia voluptuosidad de la protagonista, mientras el pobre diablo prepara su novela.

CAPÍTULO  LXVII

Los niños han de tener mucha tolerancia con los adultos.

Antoine de Saint-Exupéry.

MADAME BOBARÍN

Fragmento del cuadro “Windows Macro hard” o “La ventana discreta” para “Mil caras de Dulcinea” actualmente y hasta el 14 de marzo en La casa del Reloj del Matadero.

 

A Bobarín siempre le ha gustado regresar sola a casa para puentear ese incómodo momento en el que una se siente deudora de la caballerosidad masculina, gentileza que no siempre alberga buenas intenciones. Estaba contrariada por la insistencia de Leonardo en acompañarla a casa, seguramente tendría que hacerle una cobra para evitar sus amagos y no tenía los reflejos muy lúcidos. Nunca había entendido por qué algunos cargan el “NO” de esa modestia, que Bobarín no practica, para ser interpretado como un “SÍ”, obligándola a recurrir a una mueca malhumorada para hacer entender que su lenguaje se ciñe al diccionario.
-Está bien- dijo Leonardo esquivando los cuchillos de su mirada-. Ya te llamaré -otras veces estas palabras le sonaban a “hasta nunca”, pero en esta ocasión sabía que Leonardo lo haría.
Por fin sola, continuó andando hasta la Plaza de Dos de Mayo, eran más de las cinco de la mañana y le mataban los pies. Acomodó su trasero en un banco y se quedó observando aquella fauna nocturna que pululaba entre las sombras. Intentaba seguir el seseante paso de aquellos dipsómanos tratando de adivinar la historia que se escondía en cada uno, pero era inútil, le parecían todos el mismo.
Detrás de ella apareció una sombra menos atarugada que el resto. Bobarín agarró presta el bolso antes de que aquel bulto sospechoso se precipitara sobre ella con efusión.
-¡Bobarín! ¿Qué ilusión volverte a ver! ¡Mi querida Bobarín! Siempre tan independiente-. Aquella voz agradable y familiar la conmovió pero no conseguía recordar de qué le conocía. Sobre todo le inquietaba el hecho de que la tuteara, eso indicaba que probablemente hubieran vivido algún romance en el pasado.
-Estás siempre en mi mente, me paso la vida pensando: qué opinaría Bobarín de tal o cual cosa, cómo le gustaría esto a mi preciosa… Hasta sueño contigo.
Pero la escasa memoria afectiva de Bobarín la hacía olvidar las caras, aunque ella asegure que siempre le queda la esencia, e incluso si le suena el físico no acierta nunca a recordar los nombres. Aquel tipo podía tratarse perfectamente un ex amante, nunca le habían faltado galanteadores pero Bobarín había ido desdeñando en su memoria a los que no estaban a la altura de su imaginación. Empeñada en descubrir de quién se trataba, le dio palique hasta esa hora de eclosión en la que los seres meandro que regresan a casa o buscan un último antro se mezclan con los que se despiertan para ir a trabajar. Se llamaba Fernando, era un hombre encantador, un dandi trotamundos sobrado de neuronas y desparpajo que jugaba con la ironía hasta la adulación del damnificado. Incluso había despertado su interés, no se encontraba a menudo este modelo de escéptico y vividor que no llega a cínico y egoísta. Aun así había algo en él que resultaba sospechoso a Bobarín, un dualismo incongruente que azuzaba el recuerdo… Era demasiado frágil, obediente, un poco pelele, vamos, un pagafantas sumiso que clamaba a gritos atención. Bobarín supo sacarle provecho y aceptó desayunar con él, ella no era responsable de la reacción sumisa de su naturaleza, o tal vez sí, tal vez en el pasado su carácter y energía arrolladora había convertido a Fernadito en un hombre faldero fiel a sus caprichos. En cualquier caso, si lo había borrado de su memoria, por algo sería, aunque por más que alargaba la conversación no atinaba a descubrirlo.
-Estoy esperando que abran la farmacia, ya sabes…
-¿Ya sé?
-Sí, ya sabes, Dodotis Dodotis… -dijo palmeándose su abultado trasero.
Una avalancha de recuerdos anegó a Bobarín en un depreviso trabalenguas anaglífico: Diaperismo, anaclitismo, autonepofilia, infantilismo parafílico, Fernandito, Fernandito, pleonasmo. Aquello formaba parte de otra vida, cuando recién llegada a la Villa de Madrid conoció a un señor al que le erotizaba ponerse pañales y que le trataran como a un niño.
Hasta la novela, queridos.
Próxima entrega: Microbobirato.

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30 Diciembre 16

De las copas sin fondo y los hombres con fondos

¿Moral biológica? El que ingiera demasiado alcohol será castigado con cirrosis. Pero es necesario, además, que sus cromosomas le hayan fabricado un hígado que se preste a ello. De otra manera, no hay sanción.

Jean Rostand.

Y aquí aparezco yo cuando era vieja.

Y aquí aparezco yo cuando era vieja junto a Wolf del In Dreams, que no bebe cerveza.(Acrílico sobre madera de G.Royo-Villanova)

 

Parecía que Gabina no sólo había ganado o perdido la virtud –eso depende del lector, que es uno-; por lo visto estaba empalmando una petite mort detrás de otra -que es lo que da la vida- y se había olvidado de servidora. Menos mal que tengo los higadillos preparados para estas circunstancias de esperas etílicas, aunque la continuada ingesta de alcohol comenzaba a afectarme al hipotálamo y el mundo comenzaba a torcerse ligeramente hacia la izquierda: de hecho, Leonardo parecía lucir una doble peluca.
-Leonardo, deben de ser las copas, pero le veo dos pelucas torcidas.
-¡Leche! Ya se me ha descolocado el bisoñé.
-Eso me tranquiliza. Por soñarla quien la sueña, la llaman la biensoñada. Supongo que la dentadura del suelo no es suya. -Leonardo palpó el bolsillo de su chaqueta y respondió-. No, esa no.
-Esto comienza a parecer un cementerio de elefantes…- antes de terminar la frase me dio un vahído y me dejé caer sobre lo que parecía un sofá. La verdad, caí a plomo y no me fijé en si había alguien debajo. De haberlo, no tuvo tiempo de quejarse; más tarde me dijeron que se trataba de un gigante, pero que no me preocupara porque tenía alma de enano cabrón. Me sentía morir, aunque no debía de estar muriéndome porque no vi la luz ni me pasó una parvada de imágenes de mi vida por delante, sólo desfilaron ante mí todas esas cosas que no son importantes; pensándolo bien, tal vez sí me estaba muriendo, porque al fin y al cabo, la muerte es este algo que nada importa. Leonardo me abanicó preocupado.
-¿Cuántos dedos ves? -me preguntó sin mostrarme ningún dedo-. ¿Cuántos años tienes? ¿A qué te dedicas? -parecía estar aprovechando mi desmayo para hacerme un interrogatorio.
-A mi edad y para estar siempre guapa… debo de ser tanatopractora.
-Está usted estupenda, aunque no se puede decir lo mismo del resto de criaturas que habitan a estas horas el bar.
-La competencia es lo que debita el comercio.
-¿Pero se siente mejor? Piense en una suave brisa peinando un campo florido.
-La verdad, en este momento debo de ser muy feliz porque no siento la necesidad de pensar en algo precioso. Aún así, ha llegado la hora de la retirarse.
-No se si podré con usted hasta casa. ¿Cuánto pesa?
-¿Quieres el peso real o el relativo? Porque pesar peso 120 kilos, pero añádale 12 copas, el paso tambaleante y mi zozobra existencial.
-También puedo prestarle dinero para un taxi.
-Sí, prefiero eso. Lo importante no es tener dinero sino deberlo.
-Bueno, soy un hombre pudiente, puedo asumir el gasto.
-Enséñeme el ombligo.
-¿El ombligo?
-Sí señor, el nivel económico de un hombre se mide por el relleno de su ombligo. Hay hombres que tienen pelusillas de algodón egipcio o de lana de vicuña, otros los rellenan –con el tiempo- de pelotillas orgánicas y cascarrias. ¿Le importa enseñarme su pelusa? –Leonardo metió la mano bajo el jersey y extrajo una espumosa y boyante bola del mejor cachemir del Tibet. Hasta me pareció oírla balar.
-¡Qué maravilla de pompón! ¡Qué exceso! ¡Qué tocar!
-Es usted muy generosa en sus elogios.
-Lo que soy es una mujer sólida sin adornos ni engaños… Soy un fondo de inversión.
-Ja,ja,ja… Ya veo por dónde va.
-No lo ve tanto, por lo general analizo lo que le gusta oír a la gente y se lo digo.
-¿No es eso un engaño?
-Se llama piedad. Por ejemplo, a la gente le gusta oír que todo me va de maravilla.
-Eso lo hará porque sabe que si le van mal las cosas las personas tienden a pasar de usted.
-¡Ja! ¿No cree que me gustaría quitarme de en medio a ese tipo de gente? Una mártir. ¡Lo que soy es una mártir! Siempre pensando en los demás.
-Desde luego, es usted una mujer ejemplar.
-Las mujeres no suelen ser ejemplares a no ser que sean muy muy feas.
-No pretendía llamarla fea.
-No, si lo de fea no me molesta, es peor lo de ejemplar, la cursilería del eufemismo. Además, soy lo suficientemente hermosa para suscitar el piropo del albañil desde el andamio. Le aseguro que doy el pego cenitalmente.
-Todos tenemos nuestro perfil bueno. Venga, que la acompaño y convido al taxi -insistió mientras la cerveza se me derramaba lentamente sobre la pantorrilla. Mis reflejos, empáticos como su dueña, se habían quedado en el cristal de la copa siquiera mi cerebro emitió la orden de enderezar el asunto, porque en el fondo agradecía el fresquito que recorría mi pantorrilla.
-La próxima vez intente que parezca que no me invita, como si fuera yo la que está haciéndole el favor.
-Me complacería usted si me acompañara a buscar un taxi.
-Gustosamente iría, pero hoy estoy de copa caída -me levanté con esfuerzo, apoyándome sobre el amable señor plegable que estaba debajo de mi. Le di unas palmaditas y le tranquilicé asegurándole que la humedad provenía de la cerveza que acababa de derramarse. Algo que agradeció mucho-. ¿Qué hora será? Estoy agotada, las neuronas no me dan para más.
-No nos deje, está resplandeciente y lúcida. Hace falta levantarse muy temprano para pillarla a usted dormida.
-Se lo agradezco, pero no apele a mi voluntad con lisonjas, me voy a casa.
-No me huya.
-No huyo, voy hacia mí.
(Continuará después de la resaca)

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11 Noviembre 16

Del chisme y su intención

Un chisme es como una avispa; si no puedes matarla al primer golpe, mejor no te metas con ella.

George Bernard Shaw

CAPÍTULO LXV

Detalle de la “MacroHard Windows” por G.Royo-Villanova. Acrílico sobre madera, En la foto: Aitor Estalayo.

Detalle de la “MacroHard Windows” por G.Royo-Villanova. Acrílico sobre madera, 

        Continué esperando a Gabina en aquél bar de Malasaña. Mientras esperaba mi décima copa una brigada de policía irrumpió en la sala de manera estrepitosa -los antivicio, pensé-. Siempre que veo a la autoridad me inquieto, lo primero que pienso es que estoy haciendo algo mal y tengo que examinarme para asegurar que no estoy bebiendo fuera o fumando dentro. Mi nuevo pretendiente se acercó para tranquilizarme.
-No son de verdad, es otra despedida de soltero.
-¡Qué susto!- dije sacando las gafas.
-He de confesarle que no es la primera vez que la veo. Suelo coincidir con usted en la panadería. Debe tener una familia muy numerosa porque siempre lleva cinco barras de pan.
-No señor. Vivo sola con mi amiga.
-¿Su amiga? A veces la veo acompañada de un fantoche que no tiene muy buena fama en el barrio. Debería usted seleccionar mejor sus compañías.
-¿Esto es una broma? ¿Dónde están las cámaras? ¿Cómo se atreve? ¡Petulante almibarado entrometido!
-No quería molestarle, es que la veo tan inocente e indefensa que me inspira usted ganas de protegerla.
-Sólo le falta decirme “pobrecita” y le arreo un guantazo.
-Se comenta en el Bar de Jesús que ese chico tiene un pasado turbio y de buena fuente me ha llegado que se trata de un loco peligroso.
-Una fuente de agua venenosa y más en manos de traficantes de chismorreos y maldades.
-Hágame caso, no es trigo limpio ese crápula.
-No diga una palabra más por favor, váyase, no sea pelma.
-Es que no sabe usted dónde se está metiendo.
-¿No ve en mis ojos ese brillo sanguíneo que llevaría a la decisión de matar si llegara el caso?
-Disculpe. Yo se lo digo con la mejor de mis intenciones.
-Las peores faenas que me han hecho en la vida han sido con “la mejor de las intenciones”.
-Mujer, la intención es lo que cuenta.
-Ya estamos. Mira, estoy de los tontos buenos y de sus intenciones hasta la coronilla, nunca sabes por dónde te pueden salir, por lo menos con los malos estás alerta y con los listos te diviertes.
-No hable así que hay mucho tonto por aquí y nos puede oír alguno.
-Tranquilo, no se dan nunca por aludidos.- dije mirándole fijamente.
-Que le van a oír…- nada, no se enteraba el tío.
-¡Ay Dios mío! ¡Santa paciencia! ¡Temple es mi virtud y estoica mi condescendencia!
-Amén.
-¿Ve? Sois peligrosísimos, imagine la magnitud del estropicio si manejan la información equivocada. ¡Incluso la buena! ¡Ja! Lo peor que te puede pasar es que tengan la iniciativa de hacerte un favor.
-Peores serán los malos tontos.
-Qué vaaaaa, a esos se les ve venir. Aún así no alcanzo a ver las intenciones de su vilipendio, querido…
-Leonardo.
-Encantada, Bobarín – continué hablando sin darle la mano – Mire, cada vez que comienzo una relación me viene una insufrible comitiva de emisarios a difamar al caballero, siempre “sabiendo bien de lo que hablan…”, en la mayoría de las ocasiones el enviado en cuestión posee una opinión sesgada bajo el criterio de una ex furiosa.
-Sólo déjeme que le cuente…
-¡Qué pesadez! No voy a escuchar sus fatuas afirmaciones, a estas alturas hemos vivido tanto que hasta podríamos hacer las cosas bien. ¿No cree?
-Claro que sí pero es que no quiero que le pase como a mi con mi mujer… esa bellaca infame, autócrata insoportable…
-Mejor haría en guardar su lengua.
-¡Menudo genio gastaba!
-Lo supe nada más verle, viene de una ruptura y está decidido a darme la tabarra con sus absurdas intenciones mortificantes.
-Es verdad, me han abandonado por un jugador de rugbi negro. ¡Negro! Justo ahora que ya no se llevan los negros.
-Mire, se lo repito por ultima vez. No soporto que me hablen mal de nadie, ni de un negro.
-¿Se ha oído?
-Bueno, es que a mi también me dejaron por un negro.
-No es el color de su piel, es que en lo demás no hay color y esa depravada y pérfida traidora, hija de mala…
-Shhhh, sea prudente y calle.
-Déjeme explayarme un poco que me hace bien.
-En mi criterio, por lo general, el individuo al que se pretende perjudicar sale muy bien parado, en cambio el hecho de hablar mal de una persona sólo habla mal de uno mismo.
-A ver, Pablita Coelho, a usted qué más le da, si no la conoce.
-Tampoco usted conoce a mi amigo y eso no le mermó. Además ¿por qué confiar en mi? Ha de elegir bien con quién compartir sus secretos.
A ver. ¿Cuándo le han dejado?
-Ayer.
-¿Ve? Usted está ahora irritado, incluso diría yo, con la cólera en crescendo. Pongámonos en el caso de que yo decidiera ser su confidente. Bien.   Le permito desahogarse a base de injurias y usted enardecido por el “bebercio” en un arrebato de furia exacerbada me confiesa cosas que nunca hubieron de salir de su alcoba. Bien. Hoy usted suelta lastre pero mañana se arregla con su mujer o quedan como amiguitos. ¿Y yo qué?
-Usted mañana no se acuerda ni de mi nombre.
-Leonardo querido, después de llenarme la cabeza de basura procuraría no olvidarme nunca de usted, por lo menos para huirle. ¿Y total para qué? ¿Para aliviarle de su rabia?
-¡Claro mujer! Y usted que tiene criterio no hará mal uso de mis reproches de despecho.
-¡Y usted qué sabe! Hay muchas personas que no tienen ese criterio o que lo utilizan fuera de lugar para demostrar que tienen información sobre otros, así es como se crean las leyendas negras que estigmatizan a los amantes del mundo éste.
-Siento haber hablado mal de su amigo, sólo déjeme hablar mal de mi mujer. ¡Necesito hablar mal de alguien! –me apretó el brazo tembloroso.
-¡Huy! El que en ocasiones ve locos peligrosos… Puede usted bombardearme con todo tipo de maldades subjetivas desde su enajenada versión de los hechos y al fin y al cabo no sería tanto para confortarse como para justificarse.
-¿Yo que tengo que justificar?
-En este momento el estar timándose conmigo “porque su mujer es una tirana” y al parecer sólo encuentra consuelo sobre mi turgente pecho.
-Yo sólo estoy manteniendo un diálogo de bar con una preciosa señorita.
-¿Quiere darme una lección de recato o es que le gusta parecer tonto?
-Qué tiene usted contra los tontos, hay tontos como hay diabéticos pero son los menos, no subestime al personal, además la mayoría de los estultos lo son por propia elección.
-Ah, que es usted mayoría- dije quitándole con elegancia la mano de mi pantorrilla.
-Muy señora mía, no hay porque pensar nada malo.
-¿Y usted por qué lo está pensando?
-No creo que sea malo que usted me erotice.
-Malo es que lo niegue y malo es vituperar a un desconocido o traicionar la confianza de la que fue su mujer.
-A propósito…
-¿Qué dices de los “adredes?”- le interrumpí.
-No sé da cuenta, somos tan afines que a veces creo que estoy dialogando con mi otro yo.
-¿Y no le da asco?
-Un poco.

Hoy en el Canal Potasa :  “Yonqui de la lectura”


06 Septiembre 16

Del ego y el juego

Sonreír al desconocido no deja de ser una forma educada de enseñarle los dientes.

Camilo de Ory

CAPÍTULO LXIV

detallecantina

Detalle de la “MacroHard Windows” por G.Royo-Villanova. Acrílico sobre madera, instalación en ventana. Para la exposición colectiva “Las mil caras de Dulcinea” coordinada por Ángel Agrela

    Desflorada Gabina a sus ochenta años me demostró una vez más que para el amor no hay edad, sino edades, las de Lulú y las de Tururú. Yo solía hacer lo mismo, es decir, dejarme lo mejor de la hamburguesa para el final, el problema es que para cuando llegas al último mordisco ya no tienes hambre. Lo bueno de Gabina es que sesenta años después de su primera y última oportunidad en las artes amatorias ya no tenía ni ganas de no tener ganas y lo cogió con ganas. Esperé a que regresara mi amiga tomando mi octavo gin tonic en compañía de mi nuevo pretendiente, que vete tu a saber qué no pretendía.
– ¿Se siente bien?- me preguntó arrimando su ojo a mis senos- verdad es que mi pecho amenazaba con lanzarse por el balcón de mi escote.
– Todo se mueve.
– Eso es porque ha bebido usted demasiado.
– No, se llama relatividad, todo se mueve, en estado de embriaguez sólo empeora.
– Agárrese a mi.
– A usted no le toco yo ni con un palo.
– Reconozco que tampoco estoy muy allá.
– Ni que lo diga, está usted demasiado acá.
– Me refiero a que también estoy ebrio, no he cenado en todo el día.
– Si hubiera dicho que no ha comido en todo el día, no le hubiera creído.
– Touché.
– ¿Ahora me va a hablar usted en francés?
– Bueno, a veces me voy a la francesa.
– ¡Ah! Está bien, se va a usted a la francesa pero avisando.
– Debe creer usted que soy idiota.
– Yo no he dicho nada caballero.
– Le he entrado a usted con mal pie.
– Otro que se disculpa antes de pisarme.
– Por favor no esté a la defensiva.
– Nooooo, era sólo una antimetáfora.
– ¿Una antimetáfora?
-Yo lo llamo así, es una metáfora hiperbólica y cutre con el fin de que la entiendan a una a la primera.
– ¿Por qué me ataca?
– Es usted el que ha traído sus intenciones a mi mesa, déjeme degustarlas como buena canapera.
– No, si se está usted poniendo las botas.
– Me calzaría las de mil leguas, lo malo es que huiría dando eses y usted me alcanzaría rápido.
– No le cojo el punto.
– Ni el G ni el je, je.
– El punto G está bien, pero hay otro mejor. Ese en el que la mujer entra en automático.
– Encima vago.
– Ya ve, a un hombre se le conoce por su basura.
– ¿A todos los hombres?
– Bueno, sobre todo a nosotros los auténticos, los artistas.
– A los “vosotros” os encantaría ser uno solo, lo que pasa es que no sabéis uniros, os puede el ego.
– Un artista necesita el ego, pero también una abuela.
– Me empieza usted a caer bien aunque se ha pasado, tal vez pasaría por su madre.
– Me ha mal interpretado.
– Vaya. ¡Cómo engaña! Era sólo la suerte del beodo, lo confundí con inteligencia.
– No voy a debatir mi inteligencia, pero sepa usted que doy muy buena suerte. ¿No querrá desperdiciarla?
– A las cosas feas siempre se les atribuye buena suerte, como a la joroba de Igor o la caca en el zapato.
– No podrá usted derribar mi ego de artista con oprobios.
– Iba a insultarme a mi misma pero hubiera sido demasiado obvia mi admiración por usted.
– La llamada civilización comenzó cuando dejaron de tirarse piedras para lanzarse insultos. Lo dicho, no podrá con mi ego.
– No, pero seguro que su ego puede conmigo. Ayer, sin ir más lejos, me acerqué a felicitar a un músico por su obra, acababa de comenzar mis adulaciones cuando me quitó la palabra y comenzó con el autobombo.
-¿Eso es cuando se fecundan a si mismos?
-Exacto, el auto-placer. El muy narciso no sólo me interrumpió para quitarme el gusto de la adulación diciendo sobre si mismo lo que yo venía a decirle, sino que según se iba explicando su obra iba perdiendo todo interés. El ego es el más peligroso de nuestros consejeros y aunque es necesario, debemos ocultarlo.
– ¿Por qué ocultarlo?
– Porque pasa a ser vanidad. A ver, todos somos ridículos pero algunos lo disimulamos mejor.
– Vanidoso o no el ego es invencible como la mujer, se le hiere pero no se le mata.
– Por no matarle a usted acabo de matar la copa.
– Una pena, porque después del caneo que me ha metido, mi amor propio me impide invitarle a otra.
– ¡Ay! Ahora su amor propio le hace fingir y cierra sus puertas al conocimiento – dije subiendo la cremallera de mi escote.
– ¿Qué ginebra bebe? – dijo sin bajar la cremallera de su conocimiento.
– Me vale la suya.

(Continuará)

Capítulo dedicado a Carlos Gil.

Hoy Potasa en un documental imprescindible para sobre llevar la resaca

 

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04 Junio 16

De cómo Gabina es desviagrada y desdoblada

Los hombres son criaturas muy raras: la mitad censura lo que practica; la otra mitad practica lo que censura; el resto siempre dice y hace lo que debe.

Benjamín Franklin

CAPÍTULO   LXIII

hola

“La musa y sus titanes” G.Royo-Villanova. Acrílico sobre lienzo para la próxima exposición colectiva “Las mil caras de Dulcinea” coordinada por Ángel Agrela

 

Ahí me quedé, abandonada por Gabina en la Vía Láctea, luchando por moverme entre la displicente masa humana que se apelotonaba en torno al billar donde un grupo de mujeres ataviadas con penes luminosos en la cabeza jugaban a romper el tapete.
-No soporto las despedidas de soltera, está claro que no hay nada más aburrido que divertirse- no hablaba sola, hablaba a Gabina que no estaba.
La cerveza helada me sudaba en la mano, aquello era insoportable. Un palo de billar luchaba por abrirse paso para hacer otra nefasta jugada seguida de las estridentes risas de las mujeres pene, hoy por fin, alguien las mira.
-Me están agobiando las del billar.
-Más bien las agobiamos nosotras.
-¿Gabina?- No la veía pero sin duda era su voz.
-Aquí estoy- respondió su voz- como desdoblada y disuelta en el aire.
-¿Pero no estabas entregando tu flor a Eugenio? ¿No le has invitado a tu huerto sin cercado?
-Sí, sí, estoy en su apartamento a punto de entregarle mi virtud.
-Qué manía en pensar que la virginidad es una virtud. ¿Estás bien?
– Sí, pero tenía que consultarte algo.
-Dime.
-¿Tú me ves a mí como yo a ti?
-¿De qué estamos hablando?
-Te veo desde fuera con subtítulos en español latino.
-No, yo sólo te escucho. ¿Eso es lo que me querías consultar?
-No mujer, es que Eugenio ya anda aflojándome la faja y me preguntaba ¿Cómo sé si es el hombre adecuado? ¿Cómo saber si le gusto de verdad?
-Mi táctica no es ver a quién puedo gustar o me guste, sino quién me parece divertido o interesante. Pero vamos, a estas alturas yo ya no le haría remilgos.
-Estoy asustada, me acaba de tocar una teta. ¿Qué hago?
-Que no cunda el pánico, déjate llevar, sé tu misma, él sabrá que hacer, eres como un libro abierto.
-Un libro abierto de una sola página en blanco. Estoy colapsada. ¿Que sea yo misma? Mira que eres marimoñas – tras un breve silencio escuché incómodos gemidos- ¿Ahora por qué me deja babas en la oreja?
-No sé, yo tampoco lo he entendido nunca, debe ser un punto erógeno.
-¿Alógenos?
Al verme hablar sola una “aparentoso” caballero se sentó junto a mi llevado por la curiosidad y un poco por mi irresistible atractivo. Muy atento, no dejaba de mirar de reojo mi escote por si algo se me escapaba.
-No caerá esa teta caballero.
-Bobarín no te pongas a ligar ahora. ¡Ayúdame!- se quejó la voz. Otro silencio.
-Por dios Gabina, no me retransmitas el partido, es tu gran momento de intimidad.
-Acabo de pegarle. No se por qué pero le he soltado un mamporrazo de aquí te espero. Ahora me odiará para siempre.
-La causa de la causa es causa del mal causado.
-¿Eso es por mí o por él?
-Por los dos.
-¿Qué hago?
– No le sueltes otro leñazo.
-¿Le digo que me duele la cabeza o algo así?
-No, no, que tú tienes muy mala mentira. Dile la verdad.
-La verdad duele.
-Sí, pero es un dolor sano, el golpetazo es menos grato y te puede denunciar.
-Me está diciendo que sea leal con nuestro pasado. Pretende que me entregue como no hice en aquella romería hace sesenta años.
-No se puede ser leal con el pasado siendo desleal con el presente.
-¿Le digo eso?
-Venga, no se me ocurre algo menos libidinoso.
-No ha funcionado, le ha gustado. Me persigue por el dormitorio llamándome Diosa de la Inoportunidad, acaba de aferrarse a mis adiposidades abdominales. Me ha inmovilizado. ¿Qué hago?
-A ver, es evidente que nuestras posibilidades de acción han sufrido una merma considerable.
-No te enrolles, esto es desesperante y desesperante es también tu aparente pasividad.
-Tranquilízate. Prueba a decirle que no quieres intimar con él- intenté aplacarla con mis palabras- ¿Gabina? ¿Qué ha pasado? ¿Gabina? ¿Sigues ahí?
-Que lo ha entendido perfectamente y me está poniendo un Martini. Fíjate, ahora que le veo desde aquí me está dando ganas de la concupiscencia esa.
-Entonces te dejo que tengo a un señor asomado al balcón de mi escote.
-Disculpe señora, deje que la prevenga de los caballeros de dudosa caballerosidad que frecuentan este bar.
-Comete usted un error psicológico garrafal, no quiero conocer de antemano los sinsabores eróticos que me deparan.
-Pero no debería usted estar aquí sola coqueteando con desconocidos.
-¿Viene usted a matar la esperanza que abrigo de tener esta noche un maravilloso destino de lujuria y desenfreno?
-Pues se va a llevar usted un chasco.
-Muy bien, deje entonces que disfrute hasta que llegue el chasco.
-Merece usted mejores compañías.
-Oiga usted, yo nunca le acusaría de no ser ni mucho menos tan honorable como parece, podría usted tener una vida privada abominable o más probable, perder un ojo enganchado entre mis pechos. Además ha de saber que a este sitio venimos mucho.
-¿Venimos?
-Yo y mi amiga, que no está porque se ha reencontrado con el amor.
-Quien ama, principalmente ama el amor y desea que el amado ame a aquel que a su vez le ama.
-Te ha dejado tu novia y me vas a dar la tabarra.
En ese momento volví a escuchar la voz en off de Gabina, más exaltada, pletórica, ufana y satisfecha que nunca.
 -¡Bobarín! ¡Bobarín! ¡Por fin me he convertido en todo un hombrecito!
Había merecido la pena esperar un tiempo.

La Potasada del día

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