Conduje sin rumbo durante más de una hora, hasta que comprendà que habÃa un lugar que debÃa visitar, y que era el momento de hacerlo. Después de dar muchas vueltas por Westwood, finalmente encontré el cementerio, en el lugar más insospechado: dentro de un altÃsimo edificio con aspecto de hotel, como un exótico jardÃn interior, pequeño y pulcro.
Primero encontré la tumba de Truman Capote. Una placa, sucia, en la que se lee “Truman Capote, 1924-1984″, junto a una rosa blanca y ajada. Pobre Truman, parecÃa tan solo atrapado en esa sobriedad. Después, en un rincón sin nada de particular, la de ella.
“Marilyn Monroe, 1926-1962″. Flores más o menos frescas, besos de carmÃn, unos zapatos con una carta dentro y un bolso feo y anticuado apoyado en el mármol. Gracias a Dios, no habÃa ningún turista. Sólo ella y yo.
Me senté en el banco de enfrente, tratando de experimentar la emoción de tantos otros que habÃan pasado por allà antes que yo. Ahà era donde Joe DiMaggio, que le hacÃa llegar flores cada
semana, debÃa de sentarse cuando la visitaba. Pero yo no sentà nada de particular, porque me impresionaba demasiado tocar el lugar donde yace su cuerpo, el único lugar en el que ella está al alcance de mi mano.
Me quité los zapatos para pasear sobre el césped deliciosamente fresco, sorteando tumbas ilustres. Natalie Wood, Jack Lemmon, Walter Matthau -la extraña pareja yace junta-. Dean Martin: “Everybody loves somebody sometime”, dice la placa. Billy Wilder: “I’m a writer but then nobody’s perfect”.
Quise tenderme
en la hierba entre todos ellos, cerrar los ojos y dejarme caer en un sueño profundo. Y quizás una musa de las que flotan por allÃ, velando por todos ellos, se acercarÃa a regalarme el beso de la inmortalidad.
La tristeza y la serenidad me embargaron por igual. Allà me sentÃa a salvo, pero me volvÃa mustia como las flores que decoraban las tumbas, igual que en la casa de Morty. Me pregunté si ya se habrÃan dado cuenta de mi ausencia y si les importarÃa. Si yo les dejarÃa alguna huella.
Abrà el libro que llevaba conmigo desde que subà al avión que me llevó a Hollywood, y leà el final del retrato que Truman le dedicó a Marilyn: “La luz se iba. Marilyn parecÃa esfumarse con ella, mezclarse con el cielo y las nubes, disolverse a lo lejos. QuerÃa elevar mi voz sobre los chillidos de las gaviotas y llamarla para que volviese: ¡Marilyn! ¿Por qué
todo tuvo que acabar asÃ, Marilyn? ¿Por qué la vida tiene que ser tan terrible?”
Marilyn, Truman, Natalie, Billy: ¿Qué dirÃan si pudieran hablarme? ¿HabrÃan sentido consuelo si, antes de desaparecer, hubieran sabido que millones de personas se emocionarÃan con sus creaciones, se enamorarÃan de una mirada o una carcajada suya, se molestarÃan en visitar el lugar donde reposan sus cuerpos y dejar una flor en señal de devoción? Que vivirÃan eternamente, de un modo mucho más hermoso que los años que pasaron en la Tierra…
Eso era lo
que yo deseaba, lo único que me impulsaba. Vivir, como ellos, para tocar los corazones de millones de personas.
Y entonces me puse de pie. Mi cuerpo, mucho más liviano, se encaminó de nuevo al bullicio y la incertidumbre que aguardaban fuera. Me di la vuelta para lanzarles a todos ellos un beso de despedida, lo más teatral que pude.
Después miré al cielo y sonreÃ.
TenÃa por delante un precioso dÃa bañado por el sol de California.















Una pequeña decepción. Otra más…
en bikini le rodeaban, amenazando con desnudarle del todo.
ontestar. Jimmy volvió a mirarme con aquella sombra de piedad en los ojos y entonces fue cuando ya no pude más. Incapaz de reprimirme, le abofeteé y me marché caminando a zancadas en dirección al garaje, alejándome de las burlas de aquellas malditas putillas. 









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