Hace un mes me rompí el dedo de un pie dándome un golpe con una puerta y vi las estrellas. Durante casi un mes sólo pude llevar mis EMU o unas sandalias rollo esclava. Tras dos días de EMU seguidos, me aburrí, desistí, y me dediqué en cuerpo y alma a las esclavas a pesar del tiempo tan lluvioso y torrencial que ha hecho. A veces me miraban como si estuviera loca por la calle, sobre todo cuando tronaba, pero a mí las que me parecía que estaban siendo un poco exageradas con los zapatos cerrados y las medias eran las demás, claro. Ya que no queda otra, por lo menos hazlo con convicción. Este es el mejor recurso para ser feliz, por cierto.
Ayer, tras esta tortura que ha durado mes y medio, decidí que mi dedo ya no me dolía y por tanto dejé los zapatos planos y me lancé con unos tacones.
No sabéis lo que los había echado de menos.
Todos mis zapatos – que la leyenda que dice que son más de cien, leyenda creada y alentada por MyMan, por supuesto – pero yo os aseguro que no pasan de veinte. Bueno, igual llegamos a treinta pero más no.
Ese poderío que se siente encima de unos tacones…
Esta mañana sentía que me iba a comer el mundo.
Y a pesar de que mi jefe hoy no me ha subido el sueldo ni me ha dicho que soy lo mejor que ha visto en mucho tiempo, yo me siento así, un poco pletórica.
Con que poco es feliz una mujer.
Quizás por eso empezamos a usar tacones, para sentirnos pletóricas y felices.
Quizás por eso coleccionamos zapatos de tacón de alturas casi insoportables, porque los cinco días que nos los ponemos al año compensan la inversión.
Y por supuesto, quizás por eso aguantamos aunque a veces nos duelan los pies, porque nos compensa la sensación de embriagadora que genera en nosotras.
Sí, quizás sí nos volvamos un poco locas las mujeres cuando se refiere a zapatos…






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