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Lorca y el Premio Internacional de Novela Ciudad de Zaragoza

 

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los-amores-oscurosUn 5 de junio de 1898 nacía para la posteridad el andaluz universal Federico García Lorca. Muy pocas voces tan reconocibles en el mundo de nuestra cultura. Quizá la más afamada y prestigiosa, después de Cervantes. Lorca y Zaragoza, me han traído mucha fortuna y, gracias a la novela Los Amores Oscuros, uno de los reconocimientos más importantes de mi carrera con este Premio Internacional de Novela Histórica Ciudad de Zaragoza. Un premio del que me enorgullezco por estar entre los premiados figuras como Doctorow, Ben Pastor, Luis García Jambrina, Noah Gordon o Lindsay Davis. Con el motivo del cumpleaños de Federico, y de esta distinción, me van a permitir dejar plasmado en este blog algunas de las consideraciones hechas sobre la novela histórica, sobre esta historia lorquiana en Los Amores Oscuros, que pronuncié en el Salón de Plenos del Excelentísimo Ayuntamiento de Zaragoza, al recoger dicha distinción.

 

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          Muchas son las preceptivas y cánones que se han aplicado al género denominado Histórico. Tantos que, a menudo, algunos de los estudiosos más reduccionistas lo han considerado un subgénero si no fuera porque, algunos de los nombres más importantes de las Letras Universales han escritos obras fundamentales de la narrativa y la literatura. Desde Walter Scott a Tolstói, de Flaubert a Robert Graves, de Marguerite Yourcernar a Naguib Mahfouz, de Manuel Mújica Laínez a Umberto Eco, de Alejo Carpentier a Mario Vargas Llosa, de Charles Dickens a Gabriel García Márquez, y así un largo etcétera de los astros  más rutilantes de las constelaciones literarias que han dado al mundo un puñado de libros sencillamente esenciales para entender nuestra naturaleza, nuestro devenir, lo mejor y lo peor de lo que somos, de la forma más hermosa y emocionante posible. Estos nombres y argumentos  invalidan los prejuicios que se ha tenido desde el mundo académico por esta fórmula literaria. Bien es cierto que, al mismo, además de la miopía de algunos críticos, han contribuido la ristra de autores que han buscado la fórmula del bestseller, como si esto existiera,  en argumentos pseudohistóricos, pastiches sin cimentación documental y, lo que es más grave, sin ningún brillo o temblor literario, sin ningún afán por la reconstrucción del espíritu de una época, sin la emoción y la verdad de unos personajes psicológica y emocionalmente vivos.  Aunque  hay quien circunscribe el género histórico al siglo XIX y los modos de la literatura romántica, es preciso recordar que, desde la antigüedad grecolatina, la historia era también un género literario que usaba tanto de la poesía, como de la prosa o del tratado, indistintamente, pero siempre con la exigencia del estilo literario más depurado, y la obligación de contrastar, incluso cuando se referían a hechos pseudomitológicos, los datos históricos en las fuentes y tradiciones. Autores como Estrabón, Herodoto, Tito Livio, Julio César, Plinio o Suetonio se enmarcarían en esta tradición mucho más antigua que la que indican ciertos estudiosos. Creo que, llegados a este punto, debemos ser ambiciosos, como lo fueron antes otros, y empezar a incorporar  recursos a este género que lo enriquezcan y ensanchen.

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         A finales de 2010 llegó a mí, gracias a un amigo médico, la historia de este hombre excepcional, llamado Juan Ramírez de Lucas con el que yo había coincidido vagamente en las entregas de premios de ABC donde entonces yo trabajaba como cronista cultural. He de decir que, como la confidente de él en esta novela, Los Amores oscuros,  no quise creer al principio. Esa pregunta que llevaban décadas haciéndose los estudiosos y los apasionados de la obra y la vida de Lorca, como yo, ¿por qué no se fue a México como estaba proyectado y le aconsejaron muchos de sus amigos en aquellos meses terribles previos a la Guerra Civil? tuviese una respuesta tan sencilla. Tan complicada a la vez: Estaba profundamente enamorado y no estaba dispuesto a marcharse sin este amor. Recordé entonces aquel pasaje del maravilloso libro de Agustín Penón, y su investigación de 1955, en el que se le citaba, con nombre y apellido como “la última ilusión amorosa de Federico”. Apuntaba ya Penón que esta pudo ser la razón de la postergación del viaje y, ahora, sabemos que, efectivamente, acertó, también en esto. Pronto tuve en mis manos la inédita carta estremecedora de Federico de tres folios, fechada el 18 de julio de 1936, además de un romance inédito de mayo del 1935, en el que el lenguaje es el mismo de los famosos Sonetos del Amor Oscuro, cuya expresión, literal, aparece en dicho poema. También dibujos y dedicatorias, y dos diarios, con datos corregidos, guardados celosamente durante 75 años.

          Fundamental en la reconstrucción de esta historia fue la familia Ucelay-Ruiz-Castillo, en especial su nieto, el catedrático Javier Ruiz-Castillo Ucelay, en los recuerdos de sus abuelos, sobre la labor intelectual que ahora se ponen en primera línea. Su tía, Margarita Ucelay, que aún vive, propició los primeros estudios sobre Lorca en Nueva York, creando la primera  cátedra lorquiana, con el apoyo de Zenobia Camprubí, esposa de Juan Ramón Jiménez en la neoyorkina universidad de Columbia. Ella se llevó el único texto que existía de Amor con Don Perlimplín, y ayudó a la familia de Federico a instalarse en EEUU y conseguir trabajo, entre los restos de la memoria, recuerdos y vivencias del poeta. Fue por esta razón que del planteamiento inicial de convertir mi investigación en ensayo, saltase a la idea de la novela.   Incluso por su naturaleza, elegí, finalmente, la forma de la llamada Novela testimonio, que consolidara Capote en su fundamental A sangre Fría, que fijó magistralmente el canon de este tipo de narración. Esta modalidad narrativa, también llamada Relato Real, me permitía por su carácter híbrido de investigación histórica, ensayo, divulgación periodísitica, y novela de tesis pura, la construcción psicológica de unos personajes reales, muy significados históricamente, y un tiempo demasiado cercano, dolorosamente, al nuestro. Algunos de los maestros a los que admiro y he tenido la suerte de tratar han cosechado este género narrativo. Desde García Márquez en Crónica de una muerte anunciada o El Otoño del patriarca, a Mario Vargas Llosa en La guerra del fin del mundo, El Sueño del Celta o en La Fiesta del Chivo.

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          Abrumado aún por el honor de haber sido galardonado con este premio, he agradecido en primer lugar a mis cómplices en este trabajo de investigación que ha subyacido en la novela, indispensables para haber sacado a la luz una historia tan desconocida hasta el momento sobre la biografía de García Lorca, que dio la vuelta al mundo no sólo en la prensa del país, sino también en la extranjera, del inglés The Guardian, al americano New York Times. Ya estaba casi recuperado de esta borrachera de medios cuando ha llegado a mí esta distinción del Premio Internacional de Novela Ciudad de Zaragoza que me honra y del que me siento honrado por engrosar la nómina de nombres fundamentales de la narrativa histórica, tanto en su categoría de Premiado de Honor como en el del mejor libro del género del año. Estar junto a maestros de la categoría de Noah Gordon, Lindsay Davis, Doctorow, Manfredi, Antonio Gala, Jambrina, Antonio Garrido, Jesús Sánchez Adalid,  o Pérez Reverte es ya un premio en sí. Ya había sido finalista en dos ocasiones anteriores y, os aseguro, que estar en esas ternas era ya un enorme galardón. Sin lugar a dudas, el hecho de haber sido premiado, con este libro tan complicado por el trabajo documental que encierra, por la apuesta de meterme en la piel de figuras tan significadas de nuestra cultura como Lorca, Azaña, Alberti-al que yo conocí y tuve por amigo-, Ortega, entre un largo rosario de los nombres más importantes de nuestra cultura reciente, de reconstruir el convulso y riquísimo mundo de capitales como Madrid, Barcelona, Sevilla o Valencia en los días de la República y previos a la Guerra Civil Española, y sin renunciar a la exigencia literaria de los maestros que he nombrado y me precedieron, sin avergonzarlos, resulta un doble galardón. Mucho más cuando este premio Ciudad de Zaragoza se ha convertido por la pluralidad y diversidad de apuestas en los premiados, fruto de la insobornable dureza y rigor de sus jurados, en un referente no sólo nacional, sino internacional. Animo a continuar por esta senda, y a desoír, en momentos en los que el argumento de la crisis es también un ariete para demoler la cultura, a no decaer ni ceder a las trampas de los que, en realidad, sólo buscan el corto plazo, el bien personal, el mediocre corralito intelectual, frente a la necesidad de que la cultura sea una cuestión de interés general. Aquello que somos, que nos explica, que quedará, incluso, cuando ya no estemos.  Zaragoza ha vivido sus mayores momentos de esplendor cuando se ha abierto al mundo. Esto sucedió al convertirse en emporio romano, en la época andalusí, en el renacimiento y como no, con el descubrimiento de América que la hizo capital de la Hispanidad. Después de la grisura del franquismo, Zaragoza ha invertido con iniciativas consolidadas como este premio, en seguir siendo una referencia internacional. Lo he vivido como ponente y como periodista en la pasada Expo del Agua, que hizo que la organización de las exposiciones mundiales tomase de la iniciativa zaragozana el ejemplo de que la cultura, tanto en programas de conferencias, lecturas, e iniciativas teatrales, musicales, etcétera, de la que fue acto nuclear la entrega del premio de Novela Histórica, fuesen referenciales y contasen para las futuras exposiciones.  Piensen que, algunos de los escritores más importantes del mundo, llevan en las solapas de sus libros, vendidos por millones y en muchos países e idiomas, el nombre de este premio y el de esta ciudad de Zaragoza. Como diría el propio Federico García Lorca “los libros son tan necesarios como el pan”. Apostar por ellos y no contra ellos, sea cual sea el pretexto o la excusa, es también una declaración de principios y una carta de naturaleza a la que Zaragoza, sus ciudadanos y la corporación que rige su gobierno, no debe ni puede ceder.

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          He querido dejar para el final los agradecimientos a propósito, y seré breve en ello porque aunque “a las cosas del amor le sienta bien su poquito de exageración”, que dice Machado, no quiero agotarles más con mi perorata. Este trabajo hubiera sido imposible sin todos los que han colaborado en mi investigación, desde los primeros amigos que me hicieron llegar los documentos a mi agente literario, Ángeles Martín, los que supieron y me alentaron en continuar con la investigación, amigos y familiares, pasando por todos los confidentes, que tan generosamente me hicieron partícipe de secretos guardados en el dolor y en el tiempo durante décadas. A la editorial Temas de Hoy, en particular a las editoras  Belén López Celada, Raquel Gisbert, y el equipo de prensa, que apostó por esta historia nada convencional, y que ha sabido hacer frente a la avalancha informativa que suscitó. A los medios, que se han hecho eco dentro y fuera del país de esta historia llena de descubrimientos, de intensidad y de pasiones. A Francisco Quintero, cómplice de muchas noches de insomnio a la búsqueda de la palabra exacta, de la frase que transmitiese las emociones de esta historia. Ya lo dijo el Clásico: Amor Omnia Vincit. No quiero dejar de nombrar, sin nombrarlos por su deseo de discreción, a los amigos de Vicente Aleixandre, Luis Rosales y Rafael Alberti, partícipes de la relación, que me confirmaron muchos detalles de la misma. A los miembros del jurado, algunos conocidos de la común lucha porque la cultura no sea un mero pretexto sino un valor en sí, otros desconocidos salvo por la intimidad que produce la lectura en la admiración de la obra de otro, todos personas de reconocido prestigio y rigor que han querido otorgarme por unanimidad, cosa que sé no es habitual en este galardón, el premio de este año. También a todos los escritores que han ayudado a consolidar este premio con el peso que hoy tiene, bien desde su intachable labor como jurados, bien como receptores del honor de dicha distinción. A los lectores, interlocutores necesarios a los que acaba perteneciendo cada libro, cada historia, cada pensamiento, multiplicados por los suyos. Y en último lugar, pero más importante, a la ciudad de Zaragoza y su gente, cuyo nombre ha de figurar ya, con orgullo, en el periplo de mi vida y de mi trabajo. Aseguraba el filósofo Descartes que “la lectura es una conversación con los hombres más ilustres de los siglos pasados”. Mucho más añado yo, si la materia de esa lectura es el alma, las circunstancias de su historia, que es la nuestra. No permitamos que esa conversación con esos ilustres hombres del pasado se interrumpa. Ahora es más necesaria que nunca. ¡Feliz Cumpleaños Federico!

 RosayLOrca

4 comentarios

  1. Felicidades Manuel!
    Me alegro muchísimo, sé que es un premio muy merecido porque la novela es una maravilla. Estoy segura de que habrá muchos reconocimientos más a lo largo de tu carrera, pocas personas transmiten a través de sus palabras la misma pasión por el ejercicio de su oficio, el respeto por la belleza, el arte, la cultura y la honestidad que se desprenden.
    Muchas gracias por la parte que me toca, me encantará seguir teniendo el privilegio de conversar contigo, a través de tu obra.
    Un saludo!

  2. Gracias querida Helena por tu generosidad. He recordado en estos días las palabras de unos de los maestros de las letras españolas Gabriel García Márquez que decía que él escribía para que lo quisieran. También en esto, como en su trabajo, tiene razón Gabo. Esta novela es muy importante pra mí no sólo por lo que está moviendo, sino además por todo lo que cuenta de nosotros como país, con lo bueno y lo malo. Pero, sobretodo, porque desde el princìpio de empezar a investigar y trabajar mi compromiso era con Federico y Juan y su historia. lectoras como tú hacen que me sienta respaldado en mi decisión. Muchas gracias y cuento con seguir teniéndote por aqui, y al otro lado de la página.

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