Tu peso podría ser una cuestión emocional

Con todo esto de la operación bikini parece que todos los años caemos en lo mismo. Y en cómo hacer una dieta express, cómo no engordar durante el verano… al final, muchas veces acaba obsesionándonos, y creo que es algo en lo que merece la pena sentarnos a reflexionar un poco. Sabéis que siempre he estado buscando nuevas maneras de cuidarse, alimentos, productos… siempre investigando para compartirlo con vosotros. Pero son eso, maneras de cuidarnos porque nos queremos, porque respetamos nuestro cuerpo y queremos lo mejor para él. Porque muchas veces hacemos cosas que no nos convienen, eso es así, pero también sabemos que hay que encontrar el equilibrio. Un equilibrio que a veces se pierde y que depende muchísimo de que nos conozcamos a nosotros mismos.

Una cosa que me está llamando mucho la atención últimamente es cómo están proliferando los programas de televisión en los que gente con problemas de peso intenta ponerles fin. Y no, no me estoy refiriendo a ese michelín o a esas cartucheras que nos salen a todos porque nos encanta salir a cenar los fines de semana, porque hacer ejercicio todos los días nos da más bien pereza o porque nos hemos ido de vacaciones. O, por qué no, porque nuestra constitución es así, porque tenemos un par de kilillos de más pero estamos completamente sanos, tenemos unas analíticas para enmarcar y del colesterol no hemos oído ni hablar en nuestra vida. Me refiero a problemas de un sobrepeso importante o, hacia el otro lado, de personas que están por debajo de su peso por problemas nerviosos. O porque se han pasado la vida fluctuando de peso, subidos a una báscula o saltando de dieta en dieta.

Todo eso nos pasa factura, y creo que es necesario hablar del, para mí, gran componente emocional que hay en ello. En primer lugar, porque está claro que nuestro aspecto influye directamente en la relación que tenemos con nosotros mismos y nuestra autoestima. Es agotador sentirse mal con uno mismo. En segundo lugar, porque el comer más o menos tiene un más que comprobado componente de ansiedad que va muy en relación con cómo nos sentimos. Muchas veces tenemos que hacernos la pregunta de si realmente tenemos hambre, si no estamos suficientemente llenos o, a la inversa, si no deberíamos comer. Hay muchas veces que comemos como compensación por un mal día, o por una mala época, o porque creemos que lo necesitamos… y acaba convirtiéndose en un hábito. Creo que es importantísimo tomar consciencia de estas emociones que estamos afrontando y cómo nos afectan, porque tal vez esos problemas se acaben viendo acrecentados con uno más: el del control de nuestro propio peso, que no es sino una forma de perder el control sobre lo que nos sucede.

El comer es uno de los placeres que tenemos, y como tal, libera triptófano y serotonina, y con ello nuestra sensación de ansiedad disminuye. Hoy en día estamos sobre estimulados: encontramos, de forma muy fácil, comidas muy sabrosas pero dudosamente saludables, y curiosamente es, además, mucho más barato comer mal que hacerlo bien. Encontramos también miles de dietas distintas, productos y fórmulas para mantener el peso, pero en lo que tal vez estemos fallando es en encontrar unos mecanismos para estar bien, saludables, a gusto con nuestro cuerpo. Ser capaces de disfrutar sin perder el control o sin sentirnos culpables, de no obsesionarnos con la báscula y, sobre todo, ser capaces de ser felices con quien y con cómo somos, y que eso se refleje en nuestro cuerpo, al que cuidamos y queremos.

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