Que el maestro cocinero del restaurante vecino diga que el tuyo es el mejor del mundo, ya es un dato. Si quien lo dice es un tal Ferran Adrià, desde el Bulli, ya es más. Ahora también lo dicen las listas más prestigiosas, la última de los 50 Best Restaurant in the World.

El Celler de Can Roca ha llegado a lo más alto desde la modestia, desde el trabajo diario, pero de máxima calidad, tiene varios secretos para su éxito, el primero los tres hermanos metidos en la cocina. Uno Joan, el investigador, el creador de platos inspirados en el mar, en Asia, en África o en el suquét que preparaban sus padres en la casa de comidas.

Josep es el amante del vino, tanto que dentro del restaurante le ha instalado un templo que nos muestra con orgullo, un altar para los cavas, otro para el priorato, los vinos espumosos… los grandes cru, es una bodega majestuosa, con vídeo, con música, con olor y con tacto. Una catedral para el culto.
La locura, la fantasía, la imaginación está en los postres con Jordi, capaz de hacer pastel un gol de Messi, maestro en el chocolate y en cuantas piezas toca. Con todo esto tenemos un restaurante casi perfecto. Nunca la cocina y el vino vivían tan hermanados, nunca el postre estuvo a tanta altura…como dirían en fútbol, tienen estrellas en cada parte del campo.
El espació es elegante, como su comida, y equilibrado, como sus menús. Llegas y te recibe un edificio señorial que alberga la cocina, también de alta gama, al fondo tras los cristales el comedor, con los árboles y la luz acompañando de día y de noche. Tiene magia.

Nos reciben los tres hermanos, visitamos la cocina tras una entrada blanca, impoluta, postres nuevos, platos clásicos y mucha actividad para servir a los privilegiados que han reservado mesa.
Pizarra para anotar y visita guiada a la bodega de Josep, toda una ceremonia que te ayuda a amar más el vino entre sus cajas y botellas. La fiesta está en la mesa, con un menú que respeta raíces, productos locales y la vanguardia de las mejores cocinas del mundo desde Perú hasta Japón.
Eneldo, salmonetes a baja temperatura, caza impecable, carne con sabor multiplicado, y pescado rescatado del mar que les vio crecer. Su infancia transcurrió en las cocinas del restaurante de sus padres, mezclaban los deberes y los platos. Hoy la casa de comidas sigue y es un lujo comer a precios de regalo en el restaurante de sus padres.
La cocina popular forma parte del ADN de los hermanos Roca, eso ayuda a su perfección. El mundo de los restaurantes es inmenso, se renuevan cada día en todas partes del mundo, y que tengamos entre nosotros el mejor es un motivo de orgullo, y una alegría que se nos contagia. Que lejos queda cuando el padre de los Roca, conductor de autobús vio que se alquilaba un local para casa de comidas… el sueño americano estaba en Girona, tierra de la mejor cocina del mundo, si no que le pregunten a Ferran Adrià.