Una vida dedicada al pueblo jíbaro

Para entender el post de hoy tenemos que volver a 1975 cuando comienza la apasionada historia que uniría a mi padre con el pueblo Aguaruna-Huambisa (Awajún-Wampis) para siempre. Un misionero jesuita pedía un crédito en el banco donde mi padre trabajaba. Necesitaban el dinero para luchar contra el narcotráfico, que por aquella época quería invadir la lejana selva Xivar de la Amazonía peruana para cultivar cocaína. Decidió entonces mi padre conocer en problema in situ. Desde entonces viaja cada año con ayuda económica, pero también moral. Lograron impedir que la cocaína arrasara la selva donde habitan los aguarunas y los huambisas.

A partir de entonces los esfuerzos se fueron concentrando en las necesidades que iban surgiendo. Crearon plantaciones agro-pecuarias para poder suministrar variedad de alimentos a los indígenas, no les dieron peces, les enseñaron a pescar. Crearon además una finca donde preservar los animales autóctonos en peligro de extinción.

 

Se construyeron colegios e internados para que los niños de las comunidades pudieran, si era su deseo, estudiar bajo el amparo Jesuita.  Allá donde no llegan los gobiernos, están los misioneros.

(Colegio de secundaria Yamakientza, donde 280 niños estudian internos todo el año. El colegio está dirigido por el padre jesuita Carlos Riudavelt, al igual que en sus casas de la selva los niños duermen sobre troncos de madera)

Han pasado muchos años, más de 40, pero la implicación de mi padre con los indígenas aguarunas y huambisas no conoce la saturación. El trabajo aumentaba con la llegada de petroleras, madereras y minas de oro a la zona. Las concesiones otorgadas por el Gobierno aumentaban cada día y los indígenas eran ninguneados. Su selva es su casa, su modus vivendi, y se estaba destrozando.

(Mina de oro en el alto Marañón)

Entre poblados no hay carreteras, los desplazamientos se hacen siempre con chalupas y barcos de madera. Así llegan los niños al colegio o los indígenas acceden a sus chacras (huertas)

 

 

Las carreteras para acceder a Bagua, la ciudad más próxima a la Amazonía, suelen estar destrozadas por las lluvias torrenciales que provocan desprendimientos y socavones. Mientras, los tubos de las petrolíferas atraviesan la selva.

Los intentos de conciliación con los sucesivos gobiernos peruanos caían en saco roto hasta que en 1995, un convenio (el 169) se convierte por decisión del gobierno del entonces presidente Fujimori, en Constitucional. Aquel convenio obligaba a las instituciones y empresas peruanas a consultar a todos los indígenas sobre asuntos que les afectaran directamente a sus territorios. Pero en los años previos a 2009, este mandato constitucional no se cumplía. Las empresas llegaban a la selva, extraían su oro, su petróleo, sus maderas. Todo era riqueza en aquel lugar que ni los mochicas, ni los incas, ni los conquistadores españoles consiguieron nunca dominar.

(La familia del Apu José transmite de padres a hijos la cultura y las tradiciones awajún)

El pueblo aguaruna-huambisa reaccionó en agosto de 2008 con el llamado ‘Paro Amazónico Indefinido’ para pedir la derogación de los decretos presidenciales que incumplían el Convenio Constitucional. Trece días después, el Congreso derogaba algunos de los decretos y prometía más derogaciones, que nunca llegaron. Por eso, en abril de 2009 se activa de nuevo el ‘Paro Amazónico’. Los indígenas solo piden que se les consulte y que parte de las riquezas extraídas de la selva sirvan para mejorar también sus precarias condiciones de vida. El 5 de junio de 2009, quedó grabado a sangre en las comunidades indígenas de la Amazonia peruana y de todo Perú. La policía, armada con AKMs y apoyada con tanquetas y helicópteros, desalojaba con violencia la pacífica manifestación indígena que tenía lugar en la Curva del Diablo. El Guerrero de la Paz, Santiago Manuin fue baleado cuando brazos en alza, mostrando sus manos en son de paz, intentaba calmar los ánimos de los dos bandos solicitando un alto al fuego.

Más de un año se debatió este hombre entre la vida y la muerte. Mientras tanto, 18 indígenas eran apresados. Aquel día, 35 peruanos murieron a balas y machetes, aquel día cambió el nombre de la curva donde se mascó la tragedia, pero también y más importante, la conciencia de miles de peruanos. La curva del Diablo es ahora la curva de la Esperanza.

El Guerrero de la Paz y otros líderes de las comunidades aguarunas y huambisas fueron imputados con la certeza de una cadena perpetua. El entonces presidente de Perú, Alan García, justificó la matanza diciendo que los 400.000 indígenas no eran ciudadanos de ‘primera clase’, y que sus exigencias no se podían anteponer a las de los 28 millones de peruanos (de primera clase).

 

(Santiago baja las escaleras de su casa, la camiseta reivindica los derechos indígenas)

Desde entonces, todos los esfuerzos jesuitas se encaminaron a conseguir la absolución de los condenados. Y mi padre comenzó a escribir el libro que acaba de ver la luz, gracias a la Editorial Planeta en Perú. El 22 de septiembre de 2016, La Sala Penal de Apelaciones y Liquidadora Transitoria de Bagua absolvió a las 53 personas procesadas durante más de 7 años por la muerte de 12 policías. Ese día era el cumpleaños de mi padre y os puedo asegurar que fue el mejor regalo en su 73 aniversario.

(Santiago Manuin, el Guerrero de la Paz, con sus nietos)

Unos meses antes, y con un Santiago Manuin recién amputado de una pierna como consecuencia de la diabetes que le causaron los disparos del Baguazo, llego a la Amazonía peruana con una misión concreta. Continuar la labor de mi padre y concienciar a los peruanos de la importancia que estas comunidades indígenas tienen para su país y para el resto del mundo.

 

Allí comprobé cómo en la zona con más agua del planeta la gente muere de tifus y no tienen acceso a agua potable. Pedir alcantarillado, al menos en las comunidades más habitadas, sería pedir demasiado.

El Gobierno ofrece clases de primaria en algunas comunidades, y el resto de los niños se desplazan hasta allí en los barcos de sus padres para poder asistir a clase. Tan sólo el 2% de las niñas jíbaras llegará a Secundaria. Y solo los niños con mejores calificaciones podrán entrar en los centros jesuitas para secundaria y tener así opción universitaria.  En la comunidad de Villa Gonzalo, los niños aprenden español gracias al colegio jesuita. Las familias tienen entre diez y dieciocho hijos, de los que la mayoría muere pronto. Las niñas se ocupan de sus hermanos pequeños mientras las madres están a cargo de la comida y los bebés.

No queda un animal autóctono, se han desplazado ante la contaminación y el saqueo de riquezas. Las comunidades indígenas aguarunas y huambisas son testigos directos y víctimas de la aniquilación de su territorio, de su modus vivendi, de su cultura y de lo único que tienen, la selva. Han tenido que recurrir a animales de granja que conviven con ellos y son fuente de enfermedades e infecciones que antes no tenían.

Santiago Manuin, el Guerrero de La Paz, es jefe del Consejo Permanente Aguaruna-Huambisa. En su chacra en plena selva, y sentado en una silla de ruedas, sus palabras son tan emocionantes como sinceras y hermosas: “La selva es de todos, no queremos dejar de compartirla, tan solo pedimos que también se tengan en cuenta nuestras necesidades, ya nos lo dijo Bicut, la selva hay que compartirla”

El awajún y el wampi viven con la naturaleza y por eso la defienden como si fuera su vida, por que lo es. “Dios creó la naturaleza y la dejó a nuestra administración, debemos preservarla, y para nuestro pueblo la naturaleza es sagrada”, explicaba Santiago.

(Mi padre repasa el libro, La otra cara del Baguazo, con Santiago Manuin y su familia)

Los Aguarunas y Huambisas formaban parte de las comunidades Xivar (de ahí viene el nombre de Jíbaros), junto con los Achuar y los Shuar que tras la guerra de Perú quedaron al otro lado de la frontera amazónica, en Ecuador. Fueron un pueblo guerrero que defendió su hábitat incluso con la vida. Nunca nadie a lo largo de la historia amazónica consiguió conquistarles. La selva es su propia vida y de ella dependen, a ella respetan.

(Con el Apu José en su casa)

Las madereras están acabando con su flora, pero también con su fauna. Están acabando con su alimento. Las minas de oro que se cuentan por centenas a lo largo de sus ríos, es la zona de el Dorado, ya no extraen el valioso mineral como antaño, con cribas y manualmente. Ahora se utiliza mercurio, más eficaz, rápido y ventajoso. Pero el mercurio es vertido sin escrúpulos ni control alguno sobre los ríos. Las petroleras tampoco son ejemplo de economía sostenible en una zona sin ningún control medioambiental. El Amazonas, el pulmón del planeta Tierra, ya no tiene los recursos naturales que alimentaban a los indígenas. Miles de niños y adultos mueren de tifus por beber aguas contaminadas.

 “Nosotros somos un pueblo guerrero, lo llevamos en la sangre. Luchamos para defendernos de todo aquel que nos agrede, pero nunca atacamos primero”, explicaba Santiago Manuin. “Los gobernantes debían haber sabido esto antes de dar aquella fatídica orden, nos defendimos como siempre hemos hecho, si no tuvimos miedo luchando, menos miedo tenemos ahora con la palabra”. Santiago lloró al conocer que 35 peruanos, entre jíbaros, mestizos y policías habían perdido la vida aquel trágico 5 de junio. “¡Qué precio he pagado por defender mi territorio! Pero había que afrontar el reto y asumir las consecuencias”, decía emocionado. Quiere crear una escuela de líderes para formar a los awajún con su propia espiritualidad y unirla a la cristiandad. Como San Ignacio de Loyola, Santiago quiere “trabajar por la pobreza y la nobleza”

(Mi padre regaló a Santiago un retrato que ahora es portada del libro)

 La otra cara del Baguazo  recopila una documentación única y la más completa sobre aquella tragedia. Ningún peruano debe olvidar el Baguazo, sirva este libro para continuar la lucha de concienciación por y para el respeto de las comunidades indígenas de todo el planeta. La avaricia y el descontrol solo conducen a la aniquilación del ser humano.

 

“La desolación que me produjo aquel, tan mal montado, y peor dirigido, operativo del 5 de junio del 2009, en el que murieron treinta y cinco peruanos, todos ellos jóvenes, buenos y con familias a las que querer, cuidar y mantener, me han animado a escribir este libro, con dos únicas intenciones: que se sepa el porqué de aquella masacre y se conozca y respete, a esos peruanos que son los jíbaros y a esos muchachos que integran la Policía Nacional, quienes con una clara vocación de servicio a la Patria, nos permiten a cada uno de nosotros, vivir en paz nuestras vidas con nuestras familias, en el más profundo y amplio significado de la expresión” (Jaime Royo-Villanova Payá).

Enhorabuena, padre, quienes te conocemos sabemos de tu profunda vinculación con la Amazonia peruana y con el pueblo jíbaro. Pocos europeos conocen y son queridos en esta comunidad como tú, a excepción de los padres jesuitas que allí viven desde hace más de 50 años. Desde aquí un abrazo y todo mi cariño y respeto a Carlos Diharce y su fabuloso equipo, a las madrecitas de la Compañía Misionera del Sagrado Corazón, a Roger, al Apú José, a Miguel, Andumela, Gloria, Mauricio Champi y a todos los que allí me esperan.

Y como dice la canción que a Santiago Manuin dedicaron, “Amigo Santiago, todo el pueblo te ama”.

  • La otra cara del Baguazo. Por Jaime Royo-Villanova Payá. Editorial Planeta.

 

 

 

 

 

  • Impresionante!! “Todo el pueblo les ama..” Y es lógico, cuando hay personas como Jaime Royo-Villanova, que ha dedicado y dedica, desde hace años, con su presencia, su ayuda económica, su ejemplo, parte de su tiempo libre, y de su vida, a la Amazonia peruana y al pueblo jíbaro.
    Felicidades por este libro, y todo lo que significa.

    • Muchas gracias Julia, esperemos que el libro sea un éxito, sobre todo por su labor de concienciación y porque todos los beneficios van al pueblo jibaro.

  • Que gran relato Carla y que trabajo el de tu padre. Que buenos recuerdos me traen, estuve en aquella zona y conoci a Santiago y a Carlos Diharce, quien me acogio en un gran viaje que ya nunca ha cesado!

  • Muy bien Carla, es necesario, importante y precioso que se sepa lo que personas como tú padre hacen por aportar, ilusión , esperanza y apoyos Morales y económicos a estos pueblos que muchas veces no son respetados por quienes debieran cuidar de ellos. Enhorabuena por tu descripcion

  • Estimada Carla:

    He leído tu post y a pesar que como peruano y conocedor del interior de mi país, me ha impresionado tu narración y saber que estas comunidades, además de valientes, tienen cerca gente buena como ustedes. Si vienes nuevamente al Perú, Avísame por favor, me encantaría charlar contigo al respecto. Saludos y gracias por lo que vienen haciendo por estas maravillosas comunidades.

  • Este articulo y la pasión de D. Jaime Royo-Villanova y Payá son un acto de amor y entrega a los valores antiguos y positivos del hombre y de la naturaleza. ¡Enhorabuena!

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