Rogelio, la historia real de una estrella desértica

Desde que nací, mis veranos han transcurrido entre Santoña y Cabo de Palos. Estoy contando los días para reencontrarme con familia y viejos amigos de infancia repartidos entre el Cantábrico y el Mediterráneo. Hoy os traigo la historia de uno de los hombres más queridos del pequeño pueblo pesquero de Cabo de Palos. Un lugar especial con gente muy especial, como el protagonista de este post.

Esta es la historia real de un hombre hecho a sí mismo, de un hombre valiente y siempre enamorado. Enamorado de la vida, de la sabiduría y de la única mujer que ocupa su corazón, Lola.

Es Rogelio García Galindo. Nació en Orán, en 1931. Durante el siglo XIX Argelia recibió miles de emigrantes españoles y a principios del siglo XX ya eran más de 115.000. Entre ellos, los padres de Rogelio, jornaleros y agricultores que tras muchos años de trabajo en tierras lejanas, decidieron regresar a España en el peor de los momentos: El estallido de nuestra Guerra Civil.

A partir de ahí fui surcando los mares de mi estrella desértica, a la que nunca maldije por respeto a los designios del Cielo”, escribe en su biografía. Cuenta sin vergüenza que su primera clase fue recoger las sobras de la comida de los militares y con 9 años tuvo que empezar a trabajar como pastor de ovejas en los campos entre Sucina y los Martínez del Puerto para ayudar a su familia.  Y así hasta que con 12 años le ofrecieron trabajar en las minas de la Sierra de la Unión. Sin rechistar trabajó duro, su estrella así se lo pedía. Un nuevo trabajo le llevó hasta una finca en La Puebla de Cartagena como mulero y pastor. Tenía 15 años, y al poco tiempo se enamoró perdidamente de Lola, una joven que vivía con su abuela. “La mujer de mis sueños, luminaria de un verdadero paraíso, hasta que la muerte la separó de mis ojos, aunque para mí sigue viva en mi corazón”

Rogelio siempre se emociona al recordar a Lola…

Con 19 años y motivado por dar una mejor vida a Lola, aprendió a escribir. Me contó en la conversación, que tuve hace escasos días en su puesto del Paseo Marítimo de Cabo de Palos, que un día regresó a casa de la mina y le dijo a su familia que le parecía indigno tener que firmar el contrato como minero con la huella de su dedo. En cuanto tuvo ocasión, no sin muchas reflexiones que le llevaron a buscar un nuevo horizonte a su vida, atendió a clases nocturnas, aprendió por fin a escribir su nombre y acabó consiguiendo el título de maestro industrial. Cuando Lola tenía 17 años se fugaron juntos, la abuela no le quería como esposo, él mismo me contó que le parecía poca cosa para su niña, pero que la abuela era una gran persona y había cuidado muy bien de Lola cuando él aún no había llegado a su vida. Durante ‘la mili’  era él quien ayudaba a otros jóvenes a escribir, y  muchos le pedían poemas de amor para sus novias. Su pasión, la literatura y la generosidad de plasmar con letras los propios pensamientos y conocimientos, siempre habían formado parte de Rogelio. Ahora ya era capaz de hacerlo.

 

A finales de los años noventa comienza a publicar sus propios libros que vende desde entonces al frente de una mesa en el Paseo de Cabo de Palos. Una mesa que ya acoge doce obras, entre historias locales y poemas dedicados a Lola. Reconoce que sigue su propio instinto y por ello resta mérito a su legado. Pero son ese instinto y la sinceridad de su vida y pensamiento, los que hacen que sus libros vibren por si solos. Sus personajes viven porque están recién salidos de su enorme corazón. Al leer sus libros, que cada año compro en el mismo puesto del paseo, siento retroceder en el tiempo, como si fuera un padre o el viejo abuelo quien me relatara los cuentos, historias y leyendas de su infancia, ese hermoso intento de contar las historias para que pasen de padres a hijos. Y al leer los poemas a Lola, no puedo evitar que las lágrimas caigan como si quisieran regresar al mar.

 

Rogelio García Galindo, gracias por tu tiempo, por tu conversación y por recitarnos los versos con los que siempre te emocionas y por ello emocionan. Eres el ejemplo de español hecho a sí mismo, que nunca se apocó, que nunca se rindió y que sin renunciar al esfuerzo consiguió que su estrella desértica brillara más allá de donde alcance la mirada, más allá del fondo del mar, de tu querido mar de Cabo de Palos.

 

 

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