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18
abril 09

“EL CABALLERO, LA MONEDA MAGICA Y LA DAMA DORADA” (45)

Y así acudieron al pueblo. Y en él encontraron un mensajero que se dirigía a Asturias. Y después del pago, este trotó en su corcel con el mensaje del caballero, en el que tanta esperanza había puesto. Y antes de partir le había dicho que esperaría su vuelta en un mes, por si hubiera contestación. Tras lo cual, la joven estudiante, Anjana y el caballero se dirigieron al mercado de abastos para allí comprar avituallamiento.

El caballero compró leche y sobaos y el pago lo iba a realizar con su moneda de oro cuando un mercader le vio y le dijo:

- Noble caballero, os ruego me mostréis esa moneda, cuyo brillo y cuyo oro son sin duda sin igual. ¿Os importa?

- ¿Por qué habría de importarme? Vuestra curiosidad será harta.

Y elevando la moneda con su mano comenzó a brillar de forma inusual, cegando a todos los que estaban a su alrededor, incluido el caballero. Y de tal explosión de luz, ocurrió un milagro, pues, todos los presentes se vieron agasajados con riquezas. Los harapientos con ricas ropas, los descalzos con zapatos, los mendigos con monedas que les llovían del cielo. Todos tras esa brillante luz de riqueza se encontraron satisfechos. Pero, la avaricia hizo presa de todos los presentes y se abalanzaron a él para quitarle la moneda.

- Es mía -decía uno-.

- No, mía -decía otro-.

Y se armó tal alboroto y algarabía que no tuvo más remedio que desenvainar el caballero su espada, a la vez que Rasputín gruñía y se interponía en el camino de estos.

- ¡Quietos todos! ¿Quién será de todos vosotros el valiente que caerá primero? ¿Tu, acaso, el de la barba cana? ¿O tu, el del bigote grasiento?

Y dando un paso atrás todos los presentes, le dejaron en paz, pues, nadie estaba dispuesto a morir, conformándose con lo ya obtenido. Y la joven estudiante y el caballero retornaron a la paz del hogar. Y cuando se dirigían por la senda obligada, justo al pasar al lado de la fuente, apareció un fauno y sobre él, a caballo, un duende, que se interpusieron en su camino.

- ¡Devolvedle la moneda a la muchacha! ¡Tampoco a vos os pertenece! Metisteis la mano y sacasteis la única moneda que no debisteis de tomar, La Dadora, cuyos designios están por encima de vuestras entendederas! -gritaba el duende con una vocecilla cortante como el silbo de un afilador-.

- ¡Se la di porque él me ayudo! -explicó Anjana-.

- ¡No podéis huir de vuestro destino, bella dama! ¡Tomadla ahora! -vocifero el duende, mientras el fauno bufaba-.

Y el caballero, lleno de estupor por lo incomprensible, tendió la moneda a esta, que tomándola, cayó al suelo y elevándose de este se trasformó entre chispeantes rayos dorados. Y bajando el duende de los hombros del fauno, de cuyos cuernos se sujetaba, se inclinó ante ella, al igual que el bípedo de pezuñas afiladas. Incluso Rasputín lo hizo y el caballero, pues era tal su belleza, que la dignidad de su presencia obligaba a ello.

- Alteza -dijo el fauno con voz caprina y continuó-, a vos os pertenece el reino de las riquezas y de los dones que apartará la miseria y la pobreza por allí por donde vayáis. Desde ahora seréis la Dama Dorada y en vuestra corona que ahora el duende os impondrá, ira incrustada la moneda mágica. Y vuestra grandeza será mucha, pues no hay en toda esta tierra corazón más noble y limpio que el vuestro para llevarla. Ese ha sido el designio y esa la razón. ¡Haced y será!

Y el duende, trepando por los brazos de la Dama Dorada, asentó en su cabeza la corona con la brillante moneda al frente. Y le avisó el fauno:

- Más, cuidaos de favorecer a aquellos que no lo merecen, pues, muchos serán los que os quieran poner de su lado para que los enriquezcáis. Si así actuarais, desaparecerá la corona y con ella vuestra nobleza, que no seriáis más que vagabunda por los parajes más tristes. ¡Y ahora partid, que el trabajo es arduo y el tiempo vuela!

Y el caballero maravillado por tal hermosura, todavía perplejo, vio como un corcel de majestuosa planta, de silla y aperos de oro, surgía como de la nada y vino a buscarla. Subiose y corales de oro saltaban de sus patas en chispeantes fulgores.

- Caballero -díjole la Dama-, debo de daros las gracias por todo lo que habéis hecho por mi. Y esta es mi meta, que tal vez en ayudar a los demás me ayude a mi misma y pueda olvidar mis desgracias. Gracias por enseñarme eso, gentil caballero. Y podéis tomar otra moneda de oro del puchero, que con ello aún me halagareis más que en la primera ocasión. Playas de oro y ríos de aguas ricas renacerán para que los pueblos no pasen nunca más hambre, que en el reparto de las riquezas se encuentra la equidad de la vida.

Y tal cual terminó desapareció por la senda que conduce a la Utopía. Y el duende y el fauno también se volatilizaron. Y el caballero sintió la caricia de Rasputín en sus piernas. Y volvió a la casa con el propósito de esperar allí el tiempo que hiciera falta al mensajero, pues, en él, un pensamiento permanecía latente, el de la esperanza. Y de nuevo retornó a la soledad.


15
abril 09

“EL CABALLERO, LA ESTUDIANTE Y LA OLLA DE ORO” (44)

Descansó el caballero en casa de la joven como hacía mucho tiempo, que dormir en catre es reconfortante para el cuerpo. Y despertose de un humor excelente, pues todo su pensamiento se entusiasmaba con el poema que iba a enviar a la dama de sus sueños. Y la joven, ya levantada, púsole el desayuno y fue a buscar agua a la fuente para sus abluciones matinales.

Y cuando volvía de ella con el cántaro lleno a rebosar, este comenzó a moverse y lo dejo en el suelo asustada. Giraba como una peonza y subía y bajaba el solo. Y parando de sus cabriolas, el agua, como si de un ente mágico se tratara, le habló a Anjana con estas palabras: “No os asustéis, bella joven, que mi húmeda lengua no lo pretende. Solo quiero avisaros de que debajo de la fuente, a poco que escarbéis, encontrareis una olla de oro”.

Y la joven perpleja, dejando el cántaro, corrió como alma que lleva el diablo a la casa en busca del caballero, para contarle tal maravilla. Y tartamudeando de los nervios y la impresión así hizo, con gestos de manos y de cuerpo de inquietante locura. Y al caballero pareciéndole todo aquello cómico, rió y así le dijo:

- Esta bien. No dudo de vuestras palabras; veamos que hay de cierto en lo que os ha contado el agua y saldremos de dudas. Más, no os asustéis por aquello que se escapa a la razón humana, que la magia se extiende en un mundo paralelo que a veces se manifiesta. Y brujas hay, como magos y duendes, trasgos y diablas; pero, su fin no es otro que el de ayudarnos y asustados recibimos esta, que el miedo a todo lo desconocido es libre -le comentó el caballero para tranquilizarla-.

- ¡Bus…bus…buscaré algo para cavar! -atinó a decir la muchacha-.

Y tomando ambos en aquella dirección, acompañados de Rasputín, que fue el primero en acercarse al cántaro para beber de él, el caballero examinó el recipiente viendo que no tenía nada anormal y caminando llegaron a la fuente y tomando la azadilla que había cogido Anjana, cavó en aquella parte que consideró más dura. Y al poco apareció el borde de una olla de unos dos litros de capacidad, que con cuidado extrajo y abrió, y estaba repleta de monedas de oro, relucientes como soles cegadores.

- ¡Una olla de oru! -exclamó Anjana-.

- Razón tenía quien os hablara, más, no entiendo el empeño, ¿o es qué acaso tenéis necesidad de él y de algún modo lo habéis solicitado?

- No, en absoluto -sentenció ella más excitada ahora tras el descubrimiento del que no apartó los ojos-.

- Entonces, queda claro que la Fortuna no siempre acude al más desfavorecido, ya que no es vuestro caso.

- Tomemos la olla y acudamos a mi casa, que con ella aquí, si viniera alguien, no tendríamos más que problemas.

Y así hicieron. Y ya en ella, la joven habló del reparto.

- No quiero parte alguna -respondiole el caballero-, que a vos pertenece.

- ¿No os importa el dinero?

- Para nada, Anjana, que mi sustento es poco y el dinero solo trae preocupaciones. Dicen que no da la felicidad, pero, ayuda a conseguirla y, sin embargo, el que lo tiene poco descansa y se encuentra malhumorado, pues siempre ha de vigilar que no le roben. Y te vuelves suspicaz y ladino y avaro, que ya en nadie confías. Prefiero otras riquezas, las del espíritu, que esas si me hacen feliz, aunque también son duras de conseguir, pues, en esta vida no hay nada fácil. ¿Para qué cargarme, pues, de más pesadumbre? Prefiero andar ligero.

- Tal vez tengáis razón. ¿Más, que hago ahora con tanto oro?

- Disfrutarlo y repartirlo si lo deseáis. No soy quien para saber de vuestros gustos. Tal vez, alguna vez hayáis soñado con algo que de él necesitaseis. Tal vez vaya siendo hora de realizar dichos sueños.

Y Anjana se quedó pensando.

- Tomad, caballero, al menos una moneda. Dadme ese gusto.

Y el caballero la tomó sin saber que con ella podría tener intendencia durante muchos meses. Y animando a la muchacha, ambos, tras guardar la olla en lugar seguro, bajaron al pueblo en busca de un mensajero que estuviera dispuesto a llevar la carta a la Dama Blanca.


14
abril 09

“EL CABALLERO, LA JOVEN ESTUDIANTE Y EL POEMA” (43)

Y ya ahítos de llanto, se miraron a los ojos y rompieron a reír estruendosamente, que si bien el llanto tiene su parte, es la risa el polo opuesto y el que se encuentra a las puertas de todo pensamiento, aunque no sabían a ciencia cierta el motivo de ella. Pero, el animo se les elevó a la que el sol iba bajando en el horizonte de aquella playa que empezaba a ser mágica. Y silbando llamó a Sayid y a Rasputín que se encontraban jugando con las olas. Y estos acudieron, el can con un palo en la boca y el caballo queriéndoselo quitar en ingenuas intentonas. Y ofrecióselo a la muchacha, que encantada lo tomo y de un grácil salto se puso de pie para poder jugar con el perro.

- ¿Sabéis que creo, caballero? -le preguntó a este mientras lanzaba el palo-. Creo que ella os ama, pero tiene miedo de que le hagáis más daño. Habéis sido torpe y sin embargo y con todo, os ama.

- No se que pensar. De ahí vienen mis dudas. Si tan solo me lo dijera una vez me conformaría.

- No olvidéis el miedo.

- No se.

- Escribirla, que sepa de vos. Seguro que baja a la venta La Esperanza todos los días por si llegan noticias vuestras.

- No se.

- No os hagáis el estupido. Os morís de ganas. Escribidla un poema. Eso llega al corazón más duro.

- No se.

- ¡No se, no se, no se! Parecéis un arado rayado en el mismo surco. ¡Escribidla!

Y el caballero tomando sus alforjas tomó las cuartillas y la pluma y escribió:

Candidez, amor, delirio afable,
que sonroja tu cara y mi alma.
Suavidad sin igual, calida almohada,
en la que descanso penas y alegrías.
Olor profundo, el del alma,
el de la misma vida,
que fluye por tu piel, tela encarnada,
que viste tu hermosura.
Que todo se ha de amar
en infinita entrega,
por un solo beso y una caricia.
Rubor sereno, timidez encumbrada.
Amor que vuela con alas de agradecida locura.
Gritaría tu nombre a las estrellas,
apretando los puños para ganar fuerza.
Y que tu nombre llenase el firmamento visto
y más allá, por si hubiera alguien que lo escuchara.
Amor quiero darte, un beso a cada paso,
que en tu mirada veo lo bello de la mía,
y no quiero pararme hasta ser esencia pura.
Amor, amando voy todo lo tuyo,
que he de morir amando si es preciso,
por no perder esta sorpresa que la vida
ha tenido a bien en regalarme.
No se que decirte para olvidar el pasado.
No se que decirte para que no nos afecte.
Es todo tan duro y enllagado
en esta prisión austera del presente,
que aúllo embravecido,
lobo estepario, que encontró su loba
y esta baja el sinuoso rabo
y le muestra los belfos de la muerte.
Vidrios rotos en el suelo de la vida,
cortes profundos en pies y en manos,
sangre que zumba en manantial sereno,
yéndose la vida a cada paso.
Solo tus palabras me sirven de consuelo,
y a ellas me entrego en plenitud soñada,
que son el lametón de la loba en celo,
que busca incansable el macho, acurrucada.
Curadas las heridas, ya todo esta olvidado.
Y correr sueña el lobo solitario por prados y praderas
junto a la loba que tanto le regala.
Mordisqueándose los cuellos, jugando entusiasmados,
oliéndose las almas, hambrientos de serena mansedumbre,
refrescando los sueños que soñaron.
La candidez te abriga y te sonroja,
con un soplo de mi boca trasgresora,
que nada pide, solo darte todo,
y ser por siempre tu amado que te ama.

Y concluido el poema, la joven Anjana, que este era su nombre, le preguntó:

- ¿Me dejáis leerlo?

- ¿Debo?

- Mi mirada será limpia, caballero.

Y el caballero tendióle las cuartillas y Anjana leyó. Y tras leer se quedo en muda contemplación mirando al caballero, para, más tarde decirle:

- Son hermosos, no me cabe duda, y sinceros. Envidio a la Dama, por haber encontrado a un hombre como vos, aunque os hayáis comportado como un estupido. Acerquémonos al pueblo. Allí pasareis la noche en mi casa y al amanecer nos iremos a buscar algún mensajero.

Y devolviéndole las cuartillas, montaron ambos sobre Sayid y al galope entre risas y los ladridos de Rasputín, recorrieron lo ancho de la playa que iba menguando con la marea.


10
abril 09

“EL CABALLERO, LA ESTUDIANTE CANTABRA Y LA DUDA” (42)

Duro es el caminar para quien no quiere partir. Y más si es amor lo que deja a su espalda. Tiempo le pedía la Dama y él le dio toda su vida, que más no podía ser. Y así cargado de lastima emprendió camino hacía el mar donde enjuagar sus lágrimas y fundirse con él en agua y sal. Y solo un brillo le mantenía vivo, el de la esperanza, que es lo último que se pierde, creyente en las fuerzas vivas de la Naturaleza, que ese amor que sentía no era otra cosa que una de ellas, contagiosa, sanadora, embellecedora, amable amiga que todo lo da en abrazo eterno. El consuelo del pobre diablo que ama y solo desea ser amado.

Y así anduvo hasta que en el horizonte vio como este se componía de dos azules, el del cielo y el del mar Cantábrico, que refulgía en crestas brillantes por la acción de la luz del sol. Y aceleró el paso, pues, no solo quería verlo de cerca, sino también oírlo, que sentía una llamada para la tranquilidad y el sosiego. Y llegado a la playa encontró en ella a una mujer hermosa, joven, que parecía bañara en aquellas aguas sus penas, pues, se encontraba llorando al borde de las olas.

- ¡Estamos buenos Sayid, que parece que de penas nos alimentamos todos y queriendo huir de ellas me las encuentro a cada paso! -dijo el caballero al jaco-.

Y bajándose del caballo se dirigió a la muchacha.

- Fría a de estar el agua, que no es época de baños. ¿O pretendéis ahogaros en ella? -le entró el caballero pensando que la joven tenía la intención de olvidarlo todo-.

- ¡Ay, caballero, que este mar lo he llenado con mis lagrimas! No llegáis en buen momento que sufro mal de amores. Que las fantasías de mi corazón me han hecho ver lo que no existía.

- ¿Fantasías de amor? Esas, joven, las tenemos todos y todos las sufrimos. Son sueños que queman.

- ¡Ceguera, caballero, ceguera!

Y juntando tablas y maderos, el hidalgo preparó una hoguera donde invitó a la joven para comer un bocado.

- Perdonadme, pero mi estomago esta encogido por el dolor.

- Haced un esfuerzo. También lo esta el mío y ya veis que voy a comer. Mi mal de amores no es mejor que el vuestro ni peor, que el corazón no entiende de esas semblanzas. Dudas se ciernen y lejanía.

- De dudas se mucho -contestó la muchacha-, y de engaños. ¿Queréis que os cuente?

- Tal vez, ambos lo necesitemos.

Y así pasaron el día contándose sus cuitas y sin probar bocado, que las penas y los dolores son de gruesa materia cuando se expulsan por la boca y no dejan sitio para otros menesteres. Y concluyó la muchacha.

- Soy estudiante y os hablare ya de la duda.

- Bien estará escucharos.

- La duda mueve. Es motor que mueve hombres, mundos incluso. Hay dudas que matan. Esa que te pregunta: ¿Lo sabrá? ¿Y no estará haciendo todo esto para jugármela en el caso de que lo sepa? ¿Será vengativo? ¿Cuánto? Y claro, deja inmóviles de acción a quien las tiene. Uno no sabe ni que pensar. ¿Estará enredando? El tiempo lo dirá, porque este siempre da sorpresas y pone a cada uno en su sitio. La duda mata. Es el arma homicida, el modus operandi, el cadáver cierto, el entierro entre flores.

Y hay mentiras que hay que ocultar de por vida una vez lanzadas. Porque hieren como puñales. A quien esta acostumbrado a mentir esto no le supone un triunfo. Es sencillo. Aunque se lo ves en los ojos cuando les preguntas y no quieres hacer caso, porque es mejor vivir en la ignorancia. ¡Divina ignorancia! O mejor dicho, hay que ser muy hábil para mentirse así mismo. y no querer ver las evidencias. Y la mentira mata. Es arma homicida, modus operandi, el cadáver y el mismo entierro.

Y hay soles que abrasan. Por muchos afeites que te des en la piel te acabas quemando. Soles que calientan como infiernos y son infiernos. Llenos de diablos que saltan con tridentes llenos de dudas y mentiras. Y te los clavan aquí y allí. Diablos cojuelos, diablos como soles que brillan en los firmamentos. Soles que donde ponen su mirada no crece más la yerba. Soles doloridos, a veces, ignorantes, que no saben lo mucho que abrasan y van por el mundo sin miramiento alguno. Y otros conscientes buscan venganza. Su amargura mata, es el arma homicida, el modus operandi, el fiambre y el entierro.

- ¡Niña -le dijo el caballero-, que profundo penar!

- Un día tuve un sueño, caballero andante, y tarde me di cuenta que lo soñado fue un retazo de la realidad tomado del aire. Él estaba con otra. Eso soñé y fue cierto. Habrá que olvidar -dijo la joven bajando la mirada-.

Y concluido el discurso, el caballero lloró desconsolado y ella le abrazó y acompañó en el llanto.


7
abril 09

“EL CABALLERO Y EL DESEO DE MORIR” (41)

Y anduvo hasta la venta como alma en pena, que de penas iba sobrado. Solo la esperanza de poder escribir a quien amaba sin esperar respuesta. Rotos los corazones por el dolor del desamor que había vencido en el campo de batalla. Dura pelea para quien vivir no tenía sentido y para quien la muerte sería un alivio y dejar de sentir esa condena que el mismo se había buscado. Y un mar de dudas alcanzaba por los ríos y arroyos de la vida. Apesadumbrado, cabizbajo, con oxido en la armadura de tanta lágrima incontenida. Que ya la vida había dejado de tener el sentido de la aventura, pues, su alma se había apagado en la tristeza que da el haber rechazado y sentirse ahora correspondido en la misma medida.

Que hay errores que se pagan. Unos más que otros. Y si bien algunos de ellos no matan, este le estaba causando tal penar que estaba muriéndose de amor. Y a cada paso que daba y se alejaba de lo que más amaba, más opresión sentía en el vientre y en el pecho. Y el deseo de volver se acrecentaba. Más decidió dejar pasar el tiempo y dejar que la Dama, de algún modo, volviera a desear estar con él. Y que en ese deseo mutuo y en ese amor ya vivido, se volviera a construir de nuevo todo lo perdido. Que en definitiva la vida la construyen las mujeres y los hombres que caminan por ella.

Y ya en la venta se hospedo y allí estuvo esperando y escribiendo en aquellas cuartillas todo lo que sentía, que era mucho, mientras amarilleaban por las lágrimas y la espera. Poemas que pedían a voces la vuelta a lo perdido. Al tiempo aquel en donde solo veía por los ojos de ella y ella por los de él. Difícil lo tenía el caballero. Un caballero ahogado por la miseria de su propia sangre, sabedor que había perdido lo más amado por la insensatez de una reflexión no hecha a tiempo, que la impaciencia y la locura que esta conlleva, no son buenas para el espíritu de nadie. Y ahora se veía solo, sin el abrigo de tanto amor que se había derramado por todos sus sentidos. Y no eran añoranzas lo que sentía por la perdida, sino la misma perdida que le mordisqueaba las vísceras.

Y si alguna vez hubo un hombre arrepentido, este ha sido el caballero de la triste figura, que tanto tiempo sin encontrar el amor y ahora hallado, tenía que despedirse de él incapaz de retenerlo. Solo un milagro, si es que alguien cree en ellos, podía hacer volver a ambos por el sendero que un día anduvieron asidos de la mano, pues, el rechazo de la Dama, comprensible, era tal, que parecía que no iba a perdonarle nunca el tremendo error cometido. Y aunque el veneno añilado de la Rosa Negra todavía andaba entres sus venas y arterias, lo desestimaba a cada primer pensamiento, sabedor de que había sido por ello, por lo que se había alejado de la realidad soñada. Sueños hechos carne. Carne de mujer entregada en cada mirada, en cada beso y en cada abrazo y de todo ello no podía olvidarse el caballero ni darlo por perdido, que ya solo el amor le daba la vida requerida para continuar vivo, que ahora solo deseaba morir para no tener que sentir la inmensa pena que le abordaba a cada instante. Y olvidose de dormir y de comer, mientras el posadero y su hija no hacían más que servirle vino.

Sin embargo, este en vez de ayudarle a olvidar, más le abría las carnes y la mente y más le hacía ver con claridad lo mucho malo y enfermizo que había cometido. No en vano se repetía el caballero que era hombre. Y no hay mayor debilidad que la de un hombre que duda de si mismo en la inseguridad del descubrimiento de lo nuevo. En este caso del amor revivido. Que si bien esperaba recibirlo un día, su corazón no estaba lo suficientemente preparado. Y ahora era tarde. Tarde para enmendar un error que como un mal poso siempre flotaría por encima de las aguas más claras.

Y el vino le hablaba en los largos días y en las oscuras noches y le decía: “Estupido ser vivo que buscas en mi el olvido de lo encontrado y escupido. Date cuenta que solo refrescare la herida y que esta solo la cerrara la nueva entrega de la Dama. ¿Estas arrepentido? En cualquier caso, nunca te perdonaras a ti mismo. Esa es tu condena, que, aunque ella, vuelva a ti, las agujas de tu error seguirán clavándose en tus entrañas. Vino soy, que aunque te pueda aturdir y darte a veces la sensación de muerte, despertaras de nuevo, que mucho has de beberme para que acabe contigo. Y tu tiempo es más efímero que el mío, que guardado en pelleja he sobrevivido a muchos hombres. Encuentra la paz que necesitas y lucha por conquistarla de nuevo y piensa cada paso, no vaya a ser, que vuelvas a tropezar en la misma piedra”.

Locura tras locura. Lágrima tras lágrima. Que el caballero no encontraba el consuelo deseado por más días que pasaban. Y por el contrario, el sufrimiento iba aumentando sin clarificarle las ideas. Y lo insoportable que se le hacía que la Dama Blanca también estuviera sufriendo el desamor en lo oscuro de su cueva, culpable él de tanta pena y zozobra. Y así pasaron los días, entre vino y cuartillas tintadas de letras y de palabras, porque el caballero había descubierto que este amor, en vez de ir camino del olvido, más crecía y más le atormentaba, por no ser correspondido en ninguna medida, con la esperanza ajada de que tal vez, en el futuro, pudiera volver a los brazos de la amada.
Y una mañana, decidido a dejar de beber, refrescose en el tonel de agua de lluvia que había en el patio de la venta y viendo su rostro reflejado en ella, se dio cuenta de que nada en su vida tenía sentido más que la Dama Blanca y que solo le alimentaba ese amor perdido, que debía recuperar a toda costa. Fiebres de amor le dieron cuando enterose que la Dama había bajado en más de una ocasión a preguntar por él al posadero y dejado una carta. Y tras leerla le entregó otra a este y partió de nuevo con su caballo y su perro a tierras de Cantabria. La Dama le estaba dejando partir.


3
abril 09

“EL CABALLERO, EL DESAMOR Y EL ARREPENTIMIENTO EXTREMO” (40)

Y mientras amanecía, con rojos y amarillos de pomelo ácido, el caballero guardó ambas espadas. Se levantó tumefacto, agotado, helado, herido en el alma y en el cuerpo. Y convencido de que la Dama Blanca le había mantenido engañado. ¡Ingenuo! -se decía-. Y la sangre le hervía en la misma proporción que sus pensamientos. Con el dolor del desamor que crecía más a cada minuto que pasaba, enfermándole, odiándolo todo y así mismo. Convencido y por ello preso y encadenado a su propia locura.

Y no dudando, escribió en una de sus cuartillas. Palabras de dolor. Palabras con filo, hirientes, tempestuosas. Palabras que hablaban de engaños y mentiras, del amor que se quiebra, de la dicha perdida. Cada vez con más convicción. Sin darse cuenta del engaño real en que le había sumido Rosa Negra. Y dejando la cuartilla sobre el espejo en el que se reflejaba la hoguera eterna, montó sobre Sayid y llamando a Rasputín partió presto, pues, sentía que no podía permanecer ni un segundo más en aquella cueva, en donde el amor había crecido hasta niveles insospechados y que ahora tanto dolor le infringía.

Y tal era su dolor, que según caminaba sobre los lomos del caballo, este se iba desbordando de su cuerpo, escurriendo por las patas del jaco y esparciéndose por el suelo dejando un arroyo de penas. Y de lágrimas, porque el sufrimiento era extremo y no podía contener estas, que a cada suspiro le seguía un puchero de llanto. Y en su cabeza comenzó a surgir la idea del error, del pensamiento aliviador, de la cordura que va abriéndose camino en la oscuridad del pozo. Y parando, cuando llevaba ya dos días andados sin dar tregua al día ni a la noche, volvió sobre sus pasos, con la intención de arreglar lo que estimaba irreparable, maldiciendo a la Rosa por sus infectas intenciones, pues, el caballero se había tragado el anzuelo hasta el estomago.

Y con el supuesto de llegar a tiempo de destruir esa cuartilla, en la que las formas se habían trasformado en odiosas, con falta de juicio e inmadurez asombrosas. Y viose tonto. Y ahora una nueva congoja se fue agarrando a su alma, la de darse cuenta del error cometido. Y así anduvo, hasta que llegó a su punto y allí se encontró a la Dama Blanca sumida en el llanto. Y al quererse acercar a ella, esta le alejó.

- ¡No os acerquéis más a mi! ¿Qué pretendéis con vuestra vuelta? ¿Causarme más dolor, más pena? ¿Por qué no habéis hecho caso de mis palabras habiendo sido sincera y honesta con vos? ¿Por qué de este modo tan cruel y satánico? La desconfianza ha cruzado la línea y os separa de mí por vuestra locura. Os dije que no me olvidaseis y lo habéis hecho. Mi corazón ya no os pertenece. Frío esta como la noche más fría. Gélido en vuestras alforjas. Y del mismo modo que me habéis mancillado, seréis correspondido, y no por mi, sino por la misma vida.

Y el caballero apesadumbrado, tomo el corazón de sus alforjas y se lo tendió a la Dama postrado de rodillas, pidiendo su perdón por la cobardía cometida. Más ella no atendió a razones, a pesar de que él insistiera en el engaño. Y aquella noche, el caballero durmió fuera, y la siguiente y la otra, sin encontrar el perdón de la Dama, que rígida en su posición no cambio ni un ápice sus palabras. Y trascurrida una semana, el caballero partió con un dolor nuevo en su corazón, el del arrepentimiento y la pena de haber perdido todo aquello que tanto le había emocionado: el amor echo carne.

Y ella al ver que partía salió a despedirle con sus mejores deseos.

- Dejadme que os escriba -le rogó el caballero-.

- Podréis hacerlo. Más difícil tenéis que cambie de opinión, que quien lo hace una, lo hace mil. Y ya no confío en vos. Difícil lo tenéis si es que intentáis que cambie de pensar.

- ¿Y adonde puedo hacerlo? -le preguntó él-.

- Al pie de esta montaña encontrareis una venta. Allí recogeré vuestros envíos. Id ahora con Dios. Os deseo lo mejor caballero. Dejadme con mi dolor, pues, mucho ha sido lo que he perdido y que no creo pueda recuperarlo. Muchas han sido mis lágrimas, que de tantas, la hoguera se ha apagado. Id con Dios, caballero y que el camino os devuelva la razón y el equilibrio.

- Os amo -concluyó el hidalgo, sintiéndose menos caballero, sintiendo lo perdido y lo nada ganado-.

Y dando la media vuelta con Sayid emprendió el camino donde le esperaba Rasputín ansioso de emprender la marcha, sabedor de que solo alejándose de allí podría aliviar las penas de su amo. Y el hombre se irguió en la silla y echo su rostro al viento para que este secara aquellas lágrimas que no podía ahogar.
(Continuará).


1
abril 09

“EL CABALLERO, LA PARTIDA DE LA DAMA BLANCA Y LA MALA CONCIENCIA DE ROSA NEGRA” (39)

Un mes pasaron ambos, la Dama y el caballero, en la ingravidez absoluta que proporciona el amor. Conociéndose, intimando, observando como el amor se abría paso entre las tinieblas del pasado, del presente y dando lugar a una luz cegadora, donde ambos nadaban envueltos en una pureza sin igual. Hasta que cierto día ella tuvo que partir, explicándole los motivos y los días que iba a estar solo.

- Dejadme ir con vos -le pidió el caballero-.

- Recordad lo pactado. Tened paciencia que en el futuro habrá momento para ello. Ahora tengo que irme. Estad tranquilo. Se que os echare de menos y que mi corazón esta a buen recaudo. No os preocupéis por mi y no me olvidéis.

Y entre besos y abrazos se despidieron ambos, con el pesar que dan estas situaciones. Y aunque el caballero entendía de soledades, esta era distinta y le pisó con aplomo, que no hay peor soledad que la del amor que no quiere estar solo. Y cuando se disponía a dar de comer a su caballo, oyó una voz conocida, que le hizo apretar los dientes. Era Rosa Negra.

- ¿Os creéis muy listo, caballero? ¿Creíais acaso que me habíais perdido de vista? Sois ingenuo, imbécil, como todos los hombres. ¿Os ha dejado solo? Y vos os creéis sus patrañas a pies juntillas.

- ¡Maldita bruja! Muerta os creía y aparecéis en estas montañas. ¿No tenéis frío tan alejada del Infierno, entre estas nieves?

Y rió Rosa Negra retumbando la carcajada en el eco de las cimas nevadas.

- ¡Sois idiota, ciertamente! No solo os fiáis de ella si no que además la esperareis pacientemente. Sigo ardiendo de deseos por vos. Ámame y te enseñaré la verdad de las palabras de la Dama Blanca.

- ¡Aléjate de mi si no queréis probar el filo de mi espada!

- Me hacéis temblar, dulce caballero. ¿Qué os ha dicho? ¿Qué iba a casa de su abuelita? El amor os ciega y os produce un estado de imbecilidad que tiende al infinito. Solo os engaña con artimañas y vos creéis sus palabras. ¡Ingenuo!

Y el caballero desenvainando la Infalible, habló así a Rosa Negra:

- ¡Venís a importunarme con vuestras míseras ideas, a minar mi alma, más no lo conseguiréis! ¡Y si no calláis probareis mi espada, os lo aseguro!

- Tenéis miedo. Miedo a la verdad. En el fondo de vuestro corazón sabéis del engaño y no lo queréis aceptar. Es solo una cuestión de principios, hombre ingenuo y mortal. En el próximo encuentro os traeré una bacinilla con agujeros, para que metáis por ellos los cuernos y quedéis protegido del sol -y carcajeó como una posesa, arrojando en ella toda su ira-. ¿No veis que ella misma os lo dice con sus palabras? Tened paciencia -imitando a la Dama con burla-. El amor es efímero, caballero, como la vida. Eso es lo que espera ella, que pase todo compromiso.

- ¡Juro que os mataré si no calláis! -y lanzó un tajo de advertencia, que la bruja esquivó desapareciendo y apareciendo a su espalda abrazándole, mientras le tomaba de los más suyo-.

- ¡Dádmelo y la olvidareis!

Y deslizándose como una culebra comenzó a darle placer sacándole su miembro y tragándolo.

- ¡Maldita perra! ¡Muere! -y elevando su espada con ambas manos y apuntando a su cabeza, la clavó en tierra, pues, ella ya se había volatilizado. Y una nueva carcajada reverberó en el cielo.

- ¡Cornudo animal! ¡No penséis que me olvidaré de vos! ¡Volveré! -concluyó ella y volvió a oírse el rumor del aire-.

Y el caballero cayó de rodillas, apoyándose en la espada, mientras se deshacía en lágrimas. Las palabras de Rosa Negra habían caído como añil en su alma transparente, tiñéndola a cada instante que pasaba, envenenándole de la sinrazón de los celos. Y así pasó la noche, a la intemperie, con su pene fuera, sin sentir frío, sin sentir hambre…, mientras el veneno arraigaba cada vez más en su corazón.
(Continuará)


30
marzo 09

“LA DAMA BLANCA ENTREGA SU CORAZÓN AL CABALLERO Y ESTE LE CORRESPONDE” (38)

Fin del sueño. Despertose el caballero en la tibieza de unas pieles de blanco inmaculado, con los que la Dama le había cubierto. Solo, en la caverna de bóveda iluminada por aquella eterna hoguera que parecía no extinguirse nunca. Y pasaron los días, mientras el temporal no amainaba. Y el caballero continúo en el refugio de la Dama Blanca, que atendía determinadas obligaciones que el caballero desconocía.

Un día, levantose y oyó ruido en uno de los extremos. Le pudo la curiosidad y acercándose, tras unas cortinas pudo verla desnuda mientras se aseaba. De espaldas, su cuerpo nacarado de perfectas líneas frotaba con sus manos y refrescaba su espalda, sus hombros y girándose por su lado izquierdo al oírle, mostró su pecho del mismo lado, en armonía con el resto de su cuerpo. Se miraron, sin palabras, y acercándose ambos se abrazaron y libaron de sus bocas, sintiendo el caballero que aquella imagen de ella y aquel abrazo y beso, perdurarían por el resto de los tiempos en su memoria.

Temblaron como gacelas recién paridas. Lo que sintieron sus corazones estaba más cerca de lo divino que de lo humano. Y una profunda sensación de vértigo se hizo con el caballero, mareado como si de una atracción de feria se bajara.

- Dejadme sola ahora.

Y él sujetándose en una nada consiguió darle la espalda y andar hasta el centro de la cueva. Volviose y perdiose en pensamientos y sensaciones que no creía que existieran, pues, jamás hasta aquel momento los había sentido con aquella intensidad arrebatadora. Y vio al cabo de un instante, donde el tiempo se había detenido y no podía decir a ciencia cierta cuanto había trascurrido, como la Dama se aproximaba a él con un tarro de vidrio en la mano. Y ya cerca vio en su desnudez, plena, una cicatriz que la cruzaba el pecho y en el frasco una víscera. Y aquella imagen le dejo turbado. Y ella con sus enormes ojos fijos en los de él, le dijo:

- No se, caballero, porque confío en vos, pero, me habéis arrebatado lo más mío y me estáis haciendo sentir lo inimaginable. Os entrego mi corazón y espero de vos el respeto y el cuidado que requiero, pues, miedo tengo a que en mi entrega podáis hacerme daño.

Y alargando los brazos le tendió el corazón que el caballero tomó, no sin antes temer por todo aquello. Pues, no sabía bien que sentía y estaba claro que era el amor, que como un vendaval había entrado en su alma, limpiándolo todo, rasgándolo, purificando unos sentimientos, que creía no iba a encontrar nunca. Y dudaba si sería ella la que tanto anhelaba en su caminar sin fin. Si sería ella la que le estaba esperando en aquellas blancas y frías montañas. Si era ella la que tanto deseaba encontrar, la dama de sus sueños, que ahora materializada le producía un miedo atroz, tal vez, por la sensación de inseguridad que sentía en si mismo.

Y tal cual vio aquella cicatriz, se borró como si nunca hubiera existido y el frasco, con aquel corazón caliente y que por siempre lo estaría, lo guardó en sus alforjas. Y aún inclinado, ella lo abrazó y él pudo sentir su vientre palpitante.

- Mi corazón tenéis entre vuestras manos, caballero. No lo rompáis y su calidez será por siempre vuestra. Más, si osáis en algún momento ultrajarlo no os perdonará y se tornará frío en la desconfianza. Nada os pido y todo os lo doy, más de igual modo os sería retirado. Mirad que solo estoy protegiéndome de las dudas, que retiro mi coraza y ahora ando a pecho descubierto. Mi corazón es vuestro ahora. Cuidadlo y lo será por siempre. Me habéis raptado de mi mundo y mi experiencia, la que me lleva a la memoria de las vivencias ya pasadas y sufridas, me dice que tal vez me equivoque con vos. Más, os he entregado mi corazón en la confianza que vuestra sincera mirada me produce. Ser sincero conmigo y el amor crecerá en total ofrenda. Respetad también mis momentos de soledad y mi libertad, pues, tengo compromisos de los que tengo que ocuparme. No tengáis prisa, sed paciente.

Y el amor creció como un torbellino, no sin encogerle el vientre y el pecho al caballero, que más se abrazó a aquella cintura.

- No se, mi bella Dama, si soy merecedor de tanto. Dura prueba y duro compromiso, para un amor que acaba de iniciarse, pero que tiene la fuerza de cien mil ciclones. Soy un hombre y como tal débil. Mi valor y mi inteligencia me dicen que me ande con cuidado, más mi corazón me arrastra a vos como un torrente desbocado, arrastrando puentes y asideros. Soy vuestro, me siento vuestro. Y es mi deseo que también toméis mi corazón al igual que he tomado el de vos.

E inclinándose la dama se tumbaron entre las pieles donde se sumergieron en inusual abrazo, amado con amada, como si nunca antes hubieran estado separados.
(Continuará).


26
marzo 09

“EL CABALLERO, LA DAMA Y EL SUEÑO”(37)

- Podría ser un sueño -habla el caballero a Sayid-, que bien podríamos estar agonizando en la nieve. Sin embargo, la visión es demasiado real, y si aquel no es Rasputín, ¡voto a Satanás!, que bien se le parece y aquella mujer, más parece un ángel que otra cosa. Caminemos a su encuentro.

Y así fue. Aquella bestia negra que se abalanzaba a ellos era Rasputín, que en su alegría y de un salto tiró al caballero al suelo nevado y le lamió la cara entre risas, y tras oír el relincho de saludo del jaco, se abalanzó a sus patas para, jugando, gruñirle y mordisqueárselas, como siempre hacía. Y la dama aproximándose a un palmo del caballero le miró. Una mirada sin ojos, porque estaba cubierta por entero por un enorme abrigo blanco con capucha que la encerraba por entero la cabeza, que precedió a unas simples palabras: “Seguidme”. Y tras finalizar el túnel se adentraron en una caverna.

Y ya en ella, confortable y sencillamente acomodada, donde una enorme hoguera daba luz y calor a la gigantesca estancia abovedada, el caballero se ocupó de Sayid acomodándole en una esquina acondicionada como establo, donde había abundante comida y agua para el animal. Y tras dejarle tranquilo y al girar la cabeza, encontrose con la dama que al mirarla se retiró la capucha y una hermosa mujer morena, de grandes ojos amarillos, se le quedó mirando. Y él, ante aquella mirada no pudo por menos que bajar la suya, pues, era de tal intensidad, que el caballero se sintió desnudo.

- Encontreme a vuestro perro vagando solo, y como me dijo más tarde, siguiendo vuestro rastro. Parecía que volvía del mismísimo infierno -le dijo ella-.

- ¿El perro os dijo que seguía mi rastro? -le preguntó él un tanto sorprendido-.

- Efectivamente fue así y es más, fue él quien os ha encontrado.

- ¿Sois acaso maga o bruja, que podéis hablar con los animales?

- Mi caballero andante -le dijo intimando-, soy una mujer, simplemente, que conoce de la magia blanca. No temáis que no voy a haceros ningún daño.

Y sus ojos sonrieron como el caballero no había visto sonreír a ojos algunos, perforándole, enamorándole, desnudándole el alma, lo más profundo de ella. Unos ojos, que, en su oscuridad, brillaban la claridad de la sinceridad y de la pureza. Tal vez, porque viera en lo profundo de ellos, en su espíritu, en las entrañas de su ser.

- Sois extraña. Más, debo de agradeceros que hayáis salvado las vidas de mi caballo y la mía. Y no temo por vos, sino por mi mismo, que algo esta rompiéndose en mi interior, pidiendo paso y temo reconocer este sentimiento que me sobrepasa.

- Vais muy rápido.

- Temo que mi corazón se ha acelerado al veros, que tengo la sensación de que ya nos conocemos.

- ¿Conocernos? Es la primera vez que os veo. Más ya entiendo por donde van vuestras palabras. Os ruego no me alteréis, que conseguir el equilibrio de mi soledad me ha llevado tiempo. No queráis romper lo que con tanto trabajo he conseguido. Respetadme y lo haré con vos.

- Sois clara y fría como el agua de estas montañas. Así será, más no os prometo nada, que mi corazón a cada instante que pasa esta más y más confundido.

- Si tenéis hambre acercaros al fuego y os serviré.

Y así hizo el caballero, inquieto, emocionado, sin poder dejar de mirarla, observando sus movimientos, sus gestos. Y de cómo Rasputín no se apartaba ni un instante de su lado, como si él supiera que en ella, la bondad, gobernara el mundo de los cielos. Y tras comer y charlar, le venció el sueño y en él viose rodeado de personas desconocidas que le vitoreaban y arrojaban flores mientras trotaba a lomos de Sayid por un camino empedrado. Al fondo una luz brillante y la Dama Blanca desnuda, de pie, sobre un altar de sueños y palabras. (Continuará).


23
marzo 09

“EL CABALLERO ANDANTE Y LA DAMA BLANCA” (36)

Lejos estaba el caballero de civilización alguna, que entre peñas escarpadas y montañas nevadas continuaba su cabalgadura. Frío en el cuerpo y en el alma, que solo las piernas sentía calientes por el calor que le daba Sayid en su montura. Helados temporales, fríos días, en los que decidió parar mientras amainaba, echando de menos a su perro, Rasputín, pues mal le había acostumbrado a traerle la caza, además de su compañía, que en la intimidad de ambos, mostraba alegremente.

- Amigo Sayid, tal vez, Rasputín ha decidido tomar su camino, que perra ha encontrado y ha decidido quedarse con ella. En cualquier caso, aceptemos lo que nos trae el destino, que ante él nada podemos hacer, a veces, como es el caso, y resignarnos. Más se le echa en falta. Pues, hemos vuelto a estar solos, como en los viejos tiempos, caballo y jinete.

Y Sayid relinchaba, afirmando con su cabeza, mientras por su hocico, un vaho caliente se quedaba helado al encontrarse con el aire y parecía más un dragón que apagase en su garganta el fuego de sus entrañas, que un caballo.

Y en el campamento provisional pasaron los días. El caballo escarbaba en el blanco suelo en busca de algo verde y comestible, pues, el caballero ya le había comenzado a racionar la poca avena que quedaba. Y el temporal, en vez de amainar, más crecía, por lo que el caballero decidió retomar el camino antes de que se acabasen todos sus recursos. Y así, caminando y llevando a Sayid de la brida, inició de nuevo el camino sin camino, que la blanca nieve había ocultado.

El frío, la nieve, el viento, azotaban a caballo y caballero en pose de ir cortando el aire, alargados, estirándose hasta el horizonte blanquecino, que en su corta visión no andaba más allá de la legua. Ojos entornados, y el fuerte zumbido del viento, ahora silbido, ahora trueno. Y las vestiduras batiéndose en este, como banderas heladas, cubiertas de nieve. Cada paso una tortura, una sinrazón, asegurando cada pisada por no encontrar un traspiés y caer pendiente abajo. Y Sayid, se paraba, quería rezagarse y tomando el caballero un pañuelo, tapó sus ojos. No fue bastante y el caballo a cada paso más tiraba del correaje.

Y ante ellos más visión blanquecina. El temporal arreciaba. Y en un instante, un túnel de nitidez se fue formando, y al final de él dos figuras lejanas, una negra y una blanca. El viento dejó de azotar, pudiendo abrir los ojos. Nada se oía. Y las figuras se aproximaban a ellos con rapidez. Era un perro negro y una Dama Blanca.
(Continuará).


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