Y al
igual que la duda alimenta al mundo, esta alimentaba al caballero, que sin
despedirse, ciego en su idea y en realizar la acción, comenzó el descenso, y
llevado medio dÃa el calor era tan abrasador que decidió ponerse la armadura
negra y asà protegerse con su magia. Y como en otras ocasiones, perro y caballo
también vistieron el vidrio protector. Y en silencio sin pronunciar palabra fue
descendiendo al Infierno lleno de ira, de pavor y de amor a un mismo tiempo,
decidido a desentrañar el enigma de la diablesa, el por qué de su huida, y de
si mismo el para qué de su vida y de su resurrección. Y a cada zancada del jaco
más calor hacÃa; un calor sin llama en rocas incandescentes, calcinadas. Y el
suelo, laminado de cenizas secas y ardientes, crujÃa a su paso, rompiéndose en
fragmentos diminutos, sin polvo y lleno de ausencias. La que sentÃa el
caballero, cada vez más irritado, siendo superior la cólera que sentÃa al calor
que emanaba de aquella fosa que irradiaba desde su fondo rojos y amarillos que
lo iluminaban todo.
Y
mirando hacÃa arriba vio que en la boca del abismo habÃa llegado la noche y
tres puntos de luz, presumiblemente de tres antorchas, relucÃan como
luciérnagas en celo. No sabÃa el caballero que aquellas luces siempre estarÃan
encendidas esperando su regreso. Y perdida la noción del tiempo en aquella
cavidad donde no existÃa ni el dÃa ni la noche, continuó el descenso conocedor
de que allà el dolor y el sufrimiento reinaban por encima de cualquier otro
sentimiento humano.
Y
trascurrido otro dÃa tocó fondo sin sentir ni él ni los animales hambre ni sed,
como si sus bocas y sus estómagos hubiesen desaparecido en el espacio y el
tiempo y se hubieran quedado atrás en el recuerdo, siendo otros los que
llenaban los vacÃos del estomago: encontrar a la diablesa Minea y romper la
coraza que le separaba de él. Solo la obsesión del reencuentro, del beso
fugitivo, del abrazo ardiente y la mirada apasionada, le alimentaban y
alimentarÃan hasta su retorno lleno de incertidumbre y desasosiego, pero seguro
de si mismo, de su empresa, de sus deseos, de su amor, superiores en voluntad a
los de la propia diabla, a sus quehaceres, a sus cuitas. Superiores a las
cadenas que pudieran atarla al inframundo en el que se habÃa sumido, que el
caballero solo querÃa con ella la luz de la esperanza, la luz del sol, de la
luna y de las estrellas.
Solo
una duda le consumÃa: si ella le amaba o habÃa sido el simple capricho, el
juguete de una diabla-mujer aburrida por la soledad, o un reto perdido por la
propia voluntad del caballero andante. Y en aquel fondo, vacÃo de vida y lleno
de infinitas desembocaduras de mil caminos, de mil rÃos a ninguna parte, dudó
por donde tomar y decidió darle paso al azar, hasta que RasputÃn comenzó a
ladrar y a correr en una dirección, por una galerÃa, como si hubiera encontrado
su pista. Y el Caballero Resucitado se dejo llevar.




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