“EL CABALLERO EN EL INFIERNO”
SEGUNDA PARTE
“EL CABALLERO ANDANTE RESUCITADO” (Episodio 1)
Nada
hay de cierto en la vida mas que el trascurrir de estar prisioneros en un
presente continuo. Y ni la muerte por ello tiene sentido, que si bien es el fin
de ese presente, no deja de existir la posibilidad de renacer de nuevo
interrumpiendo el devenir de ésta. Que si de fantástico tiene la vida, ciegos
estamos por no verlo, que hay quien puede y no quiere y hay quien quiere y no
puede. Mas, no nos acongojemos por lo irremediable, que en los cuentos y en las
leyendas de fantasÃa todo es posible, porque en la mente humana la imaginación
trasciende la realidad misma y supera todo anclaje o prisión fÃsica. Y por
ello, el caballero no morirá nunca, porque este trovador de conveniencia hará
de ello realidad superior y verdad. Y de este modo, superados y explicados los
motivos, inició esta segunda parte con la sana intención de seguir deleitando y
deseando que el caballero andante, el sin nombre, tenga a bien perdonarme por
sacarle del olvido.
………………………………………
Y el
cuerpo inerte del caballero ascendió hasta la superficie en los brazos de su
amada Dama Blanca, allà donde aún estaba la Reina Mala, que sobrecogida, lloró
al ver a la muerte en los brazos del amor.
-
Tomadlo y revividlo, que vos podéis sobre lo divino y su alma jamás será
aceptada en este averno en el que habito -dijo la Dama Blanca-. Su amor me ha
hecho ahora prisionera de mis propios diablos, que me ha infectado y por ello
he sido castigada a vagar de forma incierta por las sendas del Infierno,
evitando todo lo terrenal. Esta ha sido mi última concesión y ahora he de
purgar los pecados cometidos guardando cárcel indefinida en este mundo del que
un dÃa huà por amor y al que retorno por amor.
- No
tiene un hueso sano, que todos están quebrados y ahà si que no puedo hacer
nada, que si le vuelvo a la vida volverá a morir de dolor -interrumpió la Reina
Mala-.
Y la
diablesa Minea, medio mujer ya, medio diabla, acercó su boca a la del caballero
y exhalando un aliento de fuego, éste entró por su boca, se adentró en su
cuerpo y un crujir de huesos y cartÃlagos estremeció el silencio. Muñeco sin
vida, blanco como la nieve, pálido por la muerte, el caballero volvió a tomar
forma.
- He
de marchar. Mi tiempo ha concluido. Haced lo propio y decidle que venció en la
batalla. Que mi corazón le pertenece, pero que me ha de olvidar porque hay
amores imposibles. Que el dolor que produce no volverle a ver, pues mi castigo
es de milenios, me aflige y seré diabla errante en los caminos del Infierno y
que no podÃa consentir que con su muerte vagara en mi búsqueda. Que mi corazón
a de purgar su amor y que no le olvidare nunca -dÃjole la diablesa Minea-.
-
Solo veo hipocresÃa en vuestras palabras y mentiras. Que solo os mueve la
lastima y el dolor infringido, la culpabilidad por vuestra villanÃa y querer
aparentar lo que no sois. Volvéis al Infierno, porque asà lo queréis y asà lo
decidisteis, más no culpéis a nadie de vuestra triste derrota, porque esa solo
es vuestra. Vuestra decisión estaba tomada desde antes de la primera separación,
que fue estudiada meticulosamente. No habÃa amor, sino solo enamoramiento y
capricho, que asà vais por la vida, buscando, y a quien tenéis que encontrar es
a vuestra propia alma. Sois recolectora de hombres y en vuestra vitrina solo
cabe lo que dejáis, que no son más que despojos humanos. Miedo decÃs que tenéis
y me rÃo de vos en vuestra propia cara. Quien tiene miedo no lo dice, a no ser
que le sirva como excusa, porque quien lo tiene no acude. Os excusáis en la
locura del caballero y en el miedo y no os dais cuenta que lo que faltaba era
amor, pero, asà y todo, seguisteis con el juego. De mujer a mujer, al caballero
no le diré nada, solo le daré la pócima de la clarividencia. Y ahora, si tenéis
que marcharos, hacedlo.
Y la
diablesa desapareció avergonzada de espanto entre pavesas que se llevo el
viento. Y la reina Mala, posando sus manos sobre el cadavérico caballero, pronunció unas palabras en lenguaje desconocido que hicieron contraer
sus músculos y volvió a él la vida, que aire tomó y la sangre se volvió de
nuevo liquido en sus venas. Y abriendo los ojos con espanto el caballero vio el
mundo nuevamente y a la reina Mala que entre lágrimas le sujetaba la cabeza.
-
Sois el Caballero Resucitado -le dijo, bautizándole en su nueva vida-.
-
Del infierno vengo y al infierno iré, que no pararé hasta recuperarla y
volverla conmigo. Que en él no están los que en vida hicieron mal, sino
aquellos que no han sabido descolgarse del dolor y el sufrimiento. De aquellos
que en vida ya sufrÃan, buenos o malos, y que siguen penando porque no saben
aceptar y asumir lo vivido, atascados en el llanto y el dolor. Mis ojos lo han
visto. Y en esta continuidad siguen vagando por los caminos infernales, que el
cielo es otro, donde se encuentra la paz y la esperanza que proporcionan
felicidad. He de buscarla y encontrarla -dijo el caballero con ojos perdidos
aún de donde volvÃa y continuó-. Amiga mÃa, preparadlo todo, que el Caballero Resucitado
bajará hoy mismo al infierno.
-
Loco moristeis y loco resucitáis. El amor es eterno sin duda y si asà lo queréis,
asà será, pero bebed primero este brebaje de la clarividencia -le contestó la
reina de las brujas y hechiceras-.
Y alzándose
ella, quedose el caballero aún en el suelo, apoyado sobre su costado y su codo
derechos sorbiendo de aquel brebaje, y la reina levantó su bastón de vidrio y haciéndolo
girar un camino construyó que bajaba en espiral por aquella grieta abierta
hasta las entrañas de la tierra. Y volviéndolo a girar, todas sus posesiones,
incluidos su perro y su caballo, se reunieron con él.
- DeberÃais
esperar a estar recuperado -le invitó la reina-.
- El
que muere sabe que el tiempo es vida, el bien más preciado, que sin prisa pero
sin pausa he de quemar, porque no hay vida que perder. Os agradezco todos
vuestros desvelos y muestras de cariño y sabed que os llevo en mi corazón.
-
Solo pronunciad mi nombre y estaré a vuestro lado.
Y
curiosos iban llegando a la grieta, los mismos que aquel dÃa vieron morir al
caballero y ahora le veÃan resucitado. Y un clamor se extendió por toda la
tierra. Y una alegrÃa bañada de tristeza. Y tomando sus aperos, todos nuevos y
relucientes, acarició a RasputÃn que lamió su mano y montando sobre Sayid entre
relinchos y ladridos descendió por aquel camino que daba vértigo, adentrándose
en el mismÃsimo infierno en busca de la amada.
Juan Calleja.